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7 de septiembre de 1936: Más historias de Sama

7 de septiembre de 1936: Más historias de Sama

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 7 de septiembre de 1936: Más historias de Sama

El siete de septiembre, el Frente Popular nombró a Belarmino jefe del Comité Provincial del Frente Popular de Asturias, y en Sama se volvió a hablar de él en todas partes.

En el casino se comentaba que durante la revolución del 34 el general López de Ochoa había sido innecesariamente generoso. Se sugería que, por ser masón, le tenía simpatía. Todos eran críticos con la actuación de aquel militar republicano que en el 34 voló hasta León, y desde allí viajó en coche hasta Lugo para ponerse al frente de un batallón de ciento ochenta hombres con los cuales marchó hasta Oviedo.

El camino había sido difícil. Con las gasolineras vaciadas por los mineros, el suministro de camiones fue un primer problema. A ello se añadieron los árboles caídos que bloqueaban el camino.

La primera noche, López de Ochoa se acercó al casino a tomar una copa y alardeó de que tomaría Trubia al día siguiente. Sabía perfectamente que la información llegaría a los rebeldes. Por la mañana alcanzó Avilés, donde nadie lo esperó para «saludarle». Así logró sorprender a los mineros que sitiaban la casa-cuartel. Allí resistían guardias civiles y carabineros. Los sitiadores, unas seiscientas personas, huyeron.

"Como no llegaban los refuerzos esperados, López de Ochoa decidió marchar hasta Oviedo con su contingente. En la ciudad tuvo la suerte de poder rescatar a los novecientos hombres del cuartel Pelayo"

Hacerse con Avilés costó quince bajas. Como no llegaban los refuerzos esperados, López de Ochoa decidió marchar hasta Oviedo con su contingente. En la ciudad tuvo la suerte de poder rescatar a los novecientos hombres del cuartel Pelayo. A todos los exhortó a recuperar el honor perdido.

Con ellos empezó la batalla de Oviedo, a la que pronto se unirían los hombres de Juan Yagüe. Pese a la antipatía que sentía Yagüe por el general masón y las tiranteces entre ambos mandos, consiguieron coordinarse para someter, tras horas de lucha, a unos inexpertos pero bien armados mineros. Ya lo dijimos: Oviedo quedó convertido en un campo de ruinas.

Mientras tanto, en Sama, Belarmino Tomás, secretario general del Sindicato Minero y flamante general en jefe del Ejército rojo, convocó a los comités locales para explicar que se podía seguir luchando hasta morir, o bien negociar una rendición honrosa. Después envió al teniente de la Guardia Civil Gabriel Torrens, con una bandera blanca, a ver a López de Ochoa.

Este Torrens era un guardia civil exlegionario que había gestionado la rendición de varios cuarteles. El expuso las condiciones de Belarmino para la capitulación; la principal, que los regulares y los legionarios no entrasen en vanguardia de las tropas de ocupación.

López de Ochoa respondió que, si entregaban las armas, aceptaba, pero necesitaba garantías. Y escribió de su puño y letra una hoja exigiendo la sumisión de los grupos armados, la liberación de prisioneros y la entrega como rehenes de la cuarta parte de los miembros del Comité regional.

Como Torrens tardaba en volver, Belarmino creyó que los había traicionado. Lo veía tan negro que cuando apareció se puso loco de contento y aceptó todo menos la entrega de rehenes.

De vuelta en Oviedo, Torrens dijo a López de Ochoa que no se podía entregar rehenes porque la mayoría habían huido. Pero que Belarmino asumía su responsabilidad como jefe y firmaría el pacto de general a general. Entretanto, los mineros ya escondían su armamento.

"Belarmino Tomás, un par de años después, pudo ser nombrado jefe del Comité Provincial del Frente Popular. Mientras tanto, López de Ochoa había sido, literalmente, decapitado"

No mucho después, cuando Belarmino se vio con López de Ochoa, este, sonriéndole, dijo:

—Ya sabrá usted que por defender los principios liberales y republicanos fui desterrado durante la Dictadura. Puede estar seguro de que por mí no se verterá una gota más de sangre. El Tercio y los Regulares irán como usted pide, en la retaguardia, y las tropas harán la entrada en la cuenca minera mañana de once a doce. Ahora bien, si reciben un solo disparo, pondré en cabeza a las fuerzas coloniales. En cuanto a usted, ¿qué piensa hacer?

—Marcharme de España.

—No, hombre. Usted espéreme en Sama, que soy íntimo amigo del auditor de guerra y del presidente de la República. Yo le prometo que influiré en su favor.

Así fue cómo López de Ochoa salvó el pellejo a Belarmino Tomás, quien un par de años después, ese siete de septiembre, pudo ser nombrado jefe del Comité Provincial del Frente Popular. Mientras tanto, López de Ochoa había sido, literalmente, decapitado.

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