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8 de mayo de 1936: Conspirando en Lisboa

8 de mayo de 1936: Conspirando en Lisboa

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 8 de mayo de 1936: Conspirando en Lisboa

Pues este, amigo Fal Conde, es el comedor particular del hotel Hispano Americano cuyos dueños me son tan afectos en Lisboa. Siempre tienen la delicadeza de reservarme este espacio cuando acuden a verme personajes tan insignes como ustedes.

Se hallaban en el reservado del hotel y los separaba del comedor una puerta que permanecía cerrada. La mesa aún no estaba puesta, pero había en ella una jarra de agua y tres vasos.

"Sanjurjo demostró lo desengañado que estaba de la monarquía de Alfonso XIII, a cuyo final asistió y hasta contribuyó, como director de la Guardia Civil. Algunos lo llamaban todavía, por ello, «la partera de la República»"

Sanjurjo se sentó encarado a la única puerta de acceso, como de costumbre. Pese a su delicado estado de salud y sus recurrentes achaques, se le notaba ilusionado. Aunque hacía años que no vestía el uniforme, quienes lo conocían como general no acababan de acostumbrarse. Llevaba el pelo peinado cuidadosamente hacia atrás, despejando la amplia frente salediza sobre dos ojos saltones, ojerosos.

Sus visitantes eran el andaluz Manuel Fal Conde, actual jefe de la Junta Suprema tradicionalista, un exitoso abogado de cara ancha, carrilluda, y Aurelio González de Gregorio, presidente de Juventud Tradicionalista.

La luz de una araña iluminaba la sala. Se desperdigaba por los muros empapelados con motivos geométricos. Había ruido de cubiertos y voces en el comedor vecino. Después de los preámbulos de cortesía, Sanjurjo demostró lo desengañado que estaba de la monarquía de Alfonso XIII, a cuyo final asistió y hasta contribuyó, como director de la Guardia Civil, cuando al ser consultado por Alfonso XIII sobre si lo defendería en caso de necesidad, su respuesta ambigua propició la partida del monarca. Algunos lo llamaban todavía, por ello, «la partera de la República».

—Yo fui quien acompañó a su familia en automóvil, hasta la frontera con Francia, y poco me lo agradeció nadie…

—Es que usted —insistió Fal Conde con su sonrisa más seductora— se equivocó de bando desde el principio. El padre del general Sanjurjo —explicó, volviéndose hacia Aurelio— fue capitán del ejército de Carlos VII. Murió heroicamente, en la batalla de Udabe. Sus restos están en Lecumberri. Toda la familia de su madre, los Sacanell, fueron carlistas. Y su tío, Joaquín Sacanell, fue ayudante de campo de Carlos VII, hermano de don Alfonso Carlos.

—Todo el mundo tiene una familia —dijo Sanjurjo. Al exgeneral le halagaban aquellas remembranzas que iban poco a poco desenterrando sus raíces carlistas—. Pueden ustedes, cuando vuelvan, enviar el testimonio de mi devoción y homenaje a don Alfonso Carlos. Pero no nos apartemos del asunto.

—No lo pretendía. Usted, general, por su historia y nombre, es el único que puede unir a alfonsinos y tradicionalistas. Y es que, pese a su fidelidad tan loable a Alfonso, es usted, por corazón y sangre, carlista. Por eso estimamos que es la única cabeza posible del movimiento que se está fraguando en Navarra en coordinación con Mola.

—Ustedes cuentan con mi compromiso de participar, ¡faltaría más! Siempre que di mi palabra, la mantuve. Inclusive en agosto del 32, cuando me sublevé por la patria y nadie me siguió. Por eso tuve que purgar pena en el penal de Santoña.

"Si contra lo que es mi deseo, los mandos se echan atrás, como puede bien ocurrir, en ese caso la sublevación será solo carlista"

—Lo recuerdo perfectamente. Fuimos a verle.

—La contraseña está acordada, entonces. Si el alzamiento es del Ejército, la señal será el recordatorio del fallecimiento de la esposa de Ramón de Carranza, nuestro común amigo, cuya mitad yo retengo. La otra mitad se la entregará usted a Mola. Pero, si contra lo que es mi deseo, los mandos se echan atrás, como puede bien ocurrir, en ese caso la sublevación será solo carlista. Y me pondré al frente de los requetés y los militares que quieran unirse a nosotros voluntariamente en las guarniciones y alrededores.

—Para ello, si le parece bien, la contraseña será también un recordatorio. El del fallecimiento del canciller de Austria, Dollfus —dijo Fal Conde, sacando la billetera—, que me fue enviado por la viuda del insigne mártir austriaco, por conducto de doña María de las Nieves. Aquí tiene su mitad; yo me guardo la otra.

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