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Envejecer no es ningún arte

Envejecer no es ningún arte

Fernando Vallejo practica una prosa de casi imposible clasificación que resulta, sin embargo —o quizás por ello mismo—, absolutamente inconfundible. A poco que uno se haya acercado a alguna página del colombiano, tomará cualquier novedad editorial suya con la certeza de que aparecerán los ingredientes habituales de la casa. A saber: en primer lugar, el libérrimo uso del género autobiográfico, con un narrador en primera persona que se llama Fernando Vallejo y que jura no mentir mientras miente con descaro. Tampoco han de faltar: una construcción fragmentaria, con un discurso sin rumbo, e incluso a ratos delirante, que fluye a modo de monólogo interior; un lenguaje procaz, más allá de cualquier convención o respeto por lo políticamente correcto; un tono provocador que nos escupe, sin filtro, tabúes a la cara; una obsesiva sensación de desarraigo, ejemplificada en la dualidad México (la patria de acogida) – Colombia (la «mala patria» abandonada pero imposible de olvidar); la defensa incondicional de los animales, en contraste con una despiadada percepción del ser humano que se concreta en ingeniosas invectivas, bien contra determinados gremios o colectivos (odia, entre otros muchos, a médicos, físicos y mujeres embarazadas), bien contra sujetos concretos (como la especial inquina que despliega hacia Einstein y el papa). Pero, por encima de todo ello, si hay una constante verdadera y profunda en la obra de Vallejo es la de un dolor agónico marcado por la omnipresencia de ella, su vieja amiga, comadre perpetua, siempre escrita con mayúscula: la Muerte.

"La trama de Escombros —si es que puede calificarse de trama a la maraña de cavilaciones por las que discurre— parte de un suceso traumático a nivel nacional"

Las obras de Vallejo oscilan continuamente entre tres géneros —ficción, autobiografía y ensayo— que copan espacio y protagonismo variable según el título concreto. Así, por ejemplo, el narrador autobiográfico predomina en la pentalogía El río del tiempo, mientras que la fabulación se sobrepone en obras de tema menos intimista como La virgen de los sicarios (1994), donde aborda el normalizado ejercicio de la violencia de los cárteles colombianos o Mi hermano el alcalde (2004), que retrata la corrupción política de un país en el que hasta los muertos votan. Se acerquen más o menos a uno u otro género, en todas ellas sobrevuela, imperturbable, la muerte. La muerte —perdón, don Fer, quise decir la Muerte— constituía ya una de sus obsesiones a principios de los noventa, cuando escribió la quinta y última entrega de El río del tiempo, titulada Entre fantasmas (1993), a la que él mismo ha denominado en numerosas ocasiones «tratado de tanatología». Y qué decir de los ecos rulfianos que aparecen en El desbarrancadero (2001) —para mí, sin lugar a dudas, su mejor obra, la más cruel y tierna, desgarradora y divertida a un tiempo—, donde llegó a dar sepultura a su narrador, el personaje Fernando Vallejo, para que viniese a narrarnos desde el más allá. Así la cosa, no puede extrañar que, en su última novela, con setenta y nueve años ya a cuestas, la muerte, la Muerte, esté más presente que nunca.

La trama de Escombros —si es que puede calificarse de trama a la maraña de cavilaciones por las que discurre— parte de un suceso traumático a nivel nacional que, en lo biográfico, se eleva a símbolo anunciador del origen del fin: el terremoto que devastó México en el año 2017. Aquel 19 de septiembre en que la tierra empezó a temblar y no paró hasta que medio país se vino abajo, el narrador y su pareja, David, se hallaban en su casa del barrio de Laureles. Por suerte, el edificio en que vivían no se derrumbó, pero los dejó nadando entre cascotes, sin luz, agua o ascensor con el que llegar al séptimo piso; dos viejitos (sobre)viviendo entre escombros, abriéndose paso entre los pecios de un naufragio. A los pocos meses del terremoto, particular jinete apocalíptico, David fallecerá. Perseguido por la senectud y los primeros avisos de la demencia, abandonado a una angustiosa soledad, Vallejo vuelve a Colombia con su perra Brusca, rayo de luz que, entre tanta desolación, ilumina sus días y lo «condena» a la vida. Ahí queda, esperándola a Ella.

"Vallejo nos recuerda que el principal castigo de la vejez no se halla en el declive físico ni en el deterioro mental"

Si bien, como decíamos, Escombros sigue todos los patrones temáticos y formales ya enumerados de la prosa vallejiana, la voz otrora poderosa e irreverente se vuelve, en esta entrega, —y sin haber cambiado ningún elemento esencial— pesada, repetitiva, plomiza. Escombros hace honor a su título: se convierte en una pieza que se tambalea y resquebraja. La potente pluma de Vallejo, siempre cruel, sarcástica e inesperada, en Escombros parece flojear, pierde el pulso, se quiebra, seca y consumida. El libro agoniza, como agoniza el edificio del barrio de Laureles, como agoniza la patria de acogida (México), como agoniza la «mala patria» (Colombia), como agoniza el narrador y como agoniza —ya no en sentido metafórico— su compañero de vida, David.

Aun así, en el desolador regusto que deja la novela encontramos el principal motivo para leerla. La lectura de Escombros equivale a asomarse por un balcón con vistas privilegiadas al inexorable futuro y, con ello, el libro ayuda a nutrir la famélica lista de ficciones, reflexiones y representaciones que se han escrito sobre la vejez. Aunque no olvidamos algunos magníficos textos que han abordado el tema (pienso, a vuelapluma, en Hemingway, Hesse, Beauvoir, García Márquez o, por mencionar un ejemplo más reciente y del ámbito español, las excelentes novelas gráficas de Paco Roca), lo cierto es que, desde que la elogiara Cicerón, pocos autores han querido hablar de esa etapa de la vida en la que el ser humano parece ya desahuciado de la existencia. De la vejez no se habla y no se escribe. La vejez importa poco al que aún no la conoce y pilla demasiado agotado al que la sobrelleva. O quizás no se trate de una cuestión de voluntad sino de valentía. No se habla de la vejez, no vaya a ser que nos alcance. No queremos ser viejos —malas noticias, amigos: la alternativa es peor— y hasta nos molesta que otros lo sean (no puedo evitar pensar, al escribir esto, en esos ancianos muriendo solos en abandonadas residencias hace un par de años).

El narrador de esta obra va llenando su «libreta de muertos» sin poder apuntar el único nombre que querría dejar grabado, el de Fernando Vallejo. ¿Podemos culparle de que su voz flaquee? Vallejo nos recuerda que el principal castigo de la vejez no se halla en el declive físico ni en el deterioro mental. La verdadera condena de la senectud cuelga de la supervivencia lúcida (ya saben, aquello de «no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente»). Sobrevivir a todos los que alguna vez te importaron. Y no morir. Vivir sabiendo que la Muerte, implacable, acecha. Y seguir sin morir. Aguardar, en soledad, a que Ella venga. Sentarse a esperar la visita final. ¿Acaso envejecer consiste en otra cosa? ¿Qué hay de arte en eso, Marco Tulio?

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Autor: Fernando Vallejo. Título: Escombros. Editorial: Penguin Random House. Venta: Todostuslibros.

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Ricarrob
Ricarrob
2 años hace

Me alegra saludarte de nuevo, profesora. Encantado de leerte. Adivina quien soy. Es un placer. Aunque, como nos ha ocurrido ya anteriormente, no esté del todo de acuerdo contigo. En una época en que todo es arte, cualquier cosa, un urinario, por ejemplo, es curioso que no se pueda hacer arte de envejecer bien. Incluso de bien morir. Yo creo que si. Y lo intento, con todas mis fuerzas. Ya te comentaré cómo me ha salido el tema. Lo de morir, digo. Impagable tener a Cristina como profesora de literatura, insustituible poder discutir con ella, sobre todo de los escritores lumpen (por supuesto, no me refiero al gran Chirbes).