Ilustración de portada: David Bastos
Desde que vivo en el campo me ha dado por observar a los pájaros. No es que me aburra especialmente ni que la ornitología sea una afición que me hubiese llamado la atención con anterioridad. Más bien la tenía por una de esas extrañas costumbres más propias de ingleses —no tan British como ver pasar los trenes, claro está—, pero no era algo en lo que creyera poder acabar cayendo. La verdad es que empecé a observar a los pájaros porque ellos me observaban a mi. Algo así como los tuiteros de los primeros tiempos, ya saben: si me sigues, te sigo. Ahora vivo preocupada porque en el futuro acabe aficionándome al trainspotting, aunque teniendo en cuenta cómo fue mi juventud tampoco sería tan extraño.
Lo cierto es que todo empezó con la omnipresente presencia de un petirrojo al que llamé Pepe. Yo es que soy muy de poner nombre a todo, incluso a los árboles. Así que el petirrojo se llama Pepe, el membrillo Braulio y el limonero Atanasio, ya que por su edad no me pareció correcto que tuvieran un nombre más moderno. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, al principio no me fijé mucho en aquel pequeño pájaro; yo andaba ocupada a lo mío de un lado para otro y no me imaginaba que eso pudiera concitar la curiosidad de ningún emplumado. Pero vaya que si la despertó: allá donde fuera yo, allá que iba él.
Pensé que se debía a una simple cuestión de vagancia por parte del pajarito: yo me dedicaba a escarbar en la tierra para empezar mi primer intento de huerto, y en cuanto me daba la vuelta él aprovechaba para lanzarse sobre los insectos que mi manipulación había dejado al aire. ¿Para qué molestarse en escarbar si todos los gusanos, escarabajos, arañas y demás invertebrados que tan apetitosos le son le eran servidos sin esfuerzo? Así que en cuanto me veía salir de la casita armada con la azada o con cualquier otra herramienta, él se ubicaba en la rama del árbol más cercano y esperaba su turno para lanzarse sobre el almuerzo.
La cuestión se me hizo más extraña cuando dejé de cavar y el petirrojo todavía estaba allí, como el dinosaurio de Monterroso. Daba igual lo que yo hiciera: limpiar líquenes de árboles centenarios, reconstruir muros de piedra seca, lijar puertas… Pepe, pues por entonces ya se había ganado el nombre, seguía acompañándome. Creo que fue cuando empecé a darme cuenta de la enorme cantidad de pájaros que me rodeaba, y empecé a querer saber más sobre ellos. Empezando por este pequeño petirrojo.
Siempre he sido una urbanita. Para mí un petirrojo no era nada más que el bonito pájaro de las postales navideñas, con esa apariencia curvilínea que nos concita a subestimarlo. Unos lindos pajaritos bonachones y simpáticos, del cual Ernesto Pérez Zúñiga ya les habló con anterioridad, aunque desde mi punto de vista quizás demasiado poéticamente, porque en realidad estos pajarillos son los pequeños cabrones del barrio. Que me perdone Ernesto, pero son unos auténticos tíos duros al estilo Peaky Blinders. Si alguna vez podéis disfrutar de la observación de un petirrojo en un entorno natural fijaos bien en su mirada, que, lejos de ser suave, encierra en sus angulaciones toda la obstinación y arrojo de que son capaces.
Tanto los machos como las hembras son seres solitarios y muy territoriales, y a la mínima provocación no dudan en exhibir su pecho rojo, levantar la cola y desplegar las alas para enfrentarse a cualquier intruso mientras le dedican una retahíla de insultos. Su bonito canto aflautado, ese cadente “tiktiktik” que resuena por todas partes en cuanto abren el pico, probablemente traducido no nos parecería tan bonito si supiéramos los improperios que nos están dedicando. A nosotros o a cualquiera que consideren que está poniendo los pies en su territorio.
Y es que esas bolitas de plumas de pecho colorado marcan su territorio como lo haría el perro más fiero, tanto ellos como ellas, llegando a pelear hasta la muerte si se da el caso. De hecho no sólo pelean entre ellos sino también con otros pájaros de su mismo tamaño o un poquitín mayores, como pueden ser los herrerillos. Alguna vez me he encontrado con los restos de alguna de estas peleas: es decir, con el cadáver del perdedor. Porque de lo que se trata es de dar un buen picotazo en el cuello del contrincante con el cual se le secciona la médula espinal. No les hace falta tirar de navaja porque ya la llevan incorporada, al igual que la ferocidad. Una vez más, las apariencias engañan y decoramos las postales con la imagen de un ave que de caritativo y entrañable tiene más bien nada.
Conocer esto hizo que le cogiera más cariño a Pepe, si quieren que les diga la verdad. Los chicos malos siempre me han gustado, no lo puedo remediar. Así que los días en que tarda más de lo acostumbrado en aparecer empiezo a preocuparme, no vaya a ser que le hayan dado matarile en una de sus broncas. Alguna vez que otra aparece un tanto desmochado, falto de plumas en algún lado, pero de momento parece que sobrevive. Yo suelo sentarme a leer bajo el nogal nada más empezar la tarde, y él suele aparecer un rato después, vigilando desde la rama más cercana. Creo que ya no me considera una intrusa, porque ha dejado de trinar como un poseso y tan sólo me observa con curiosidad.
Supongo que se pregunta qué demonios pinto yo ahí sentada y cuándo pienso hacer de nuevo algo útil, como ponerme a revolver la tierra para proporcionarle algo apetitoso para comer. Quizás ya ni siquiera me tiene en consideración porque no me ve como un rival territorial a tener en cuenta, pero por si acaso tampoco me quita ojo. Lo cierto es que nuestra relación ha mejorado muchísimo desde que yo he dejado de usar camisetas de color rojo. Creo que se las tomaba como una provocación, y no quiero yo problemas con los vecinos. Ni siquiera con los emplumados.


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