Reiterar que somos seres con carencias, llenos de culpa, de miedos y atrapados en nuestros deseos, frente a algo que se conoce como realidad, y hacerlo sin perder la compostura es todo un arte. Esta es la intención y el temperamento que Gilda Holst (Guayaquil, 1952-2024) muestra a lo largo de toda su obra, que ahora recupera Pre-textos en un solo volumen. No se trata de un proyecto voluminoso, pues esta se reduce a tres libros de relatos y una novela corta, pero nos permite comprobar cuáles son las constantes en el proyecto de una autora bastante desconocida en nuestro país, y que estas constantes son vitales. Holst ama la distancia corta, en ocasiones tan corta como la del microrrelato, que es el arte del gesto, como si estuviera convencida de que al mundo se le puede retratar a base de retazos. Tal vez sea verdad, tal vez el mundo no tenga consistencia en la continuidad. Pero Holst sabe, también, que para retratar el mundo debe elegir una parte de él y convertirla en un microcosmos. Esa parte es la que mejor conoce, la ciudad donde nació, vivió y murió, Guayaquil.
Lo primero que llama la atención, cuando uno comienza la lectura, es la capacidad que tiene la autora para narrar y al mismo tiempo reflexionar acerca de la persona que narra. La voz va a ser siempre tranquila, correcta, sin alardes. Pero sí se irá permitiendo alardes de un carácter más posmoderno en lo narrativo, llegando, incluso, a las aproximaciones metaliterarias. De lo que se trata es de mantener activa la teoría del iceberg, esa que apunta que es mucho lo que no nos muestra, esa que nos sugiere, con intriga, que no estaría mal conocer lo que sucedía antes y lo que sucederá después, tras el fogonazo digno de relatar que ella ha elegido. El efecto es el de encontrarnos frente a vidas movidas, no agitadas. Hay que decir, eso sí, que estas vidas tienen lugar en un estrato social que nos atreveríamos a llamar, sin tono peyorativo, como burgués: no estamos entre gente muy adinerada, pero tampoco pisando el barro, estamos entre gente que se permite algo más que sobrevivir, pero no lo suficiente como para que sobrevivir no sea prioritario. Hay que hablar sobre lo que se conoce, parece indicarnos Holst, porque ahí está la esencia de lo que nos importa y atenaza: el miedo, la culpa, los deseos.
Esa presencia constante de lo que pesa en el alma produce un efecto bastante peculiar, que tal vez sea lo más logrado en la obra que estamos tratando: para el narrador los demás son tipos extraños, como si hubieran llegado a su vida desde un exilio, y uno se pregunta desde dónde han llegado estos exiliados. Lo que van a protagonizar es un trozo de vida, junto al narrador, que afronta la existencia como una sucesión de actos, de momentos que van encendiéndose y apagando en las existencias de los otros, ya que damos por supuesto que la propia tiene continuidad, aunque solo debido a la que da que la respiración no se detenga. El caso es que apuntar a estos apagados y encendidos se debe a tratar, tenga la edad que tenga, con gente en formación. Nadie estamos nunca cuajados del todo. Y cabe preguntarse, incluso, si nuestro entorno terminará alguna vez de cuajar. Todo esto supone un baile, que Holst resuelve con destreza narrativa, con ingenio sin destellos gratuitos, demostrando que puede ser más elegante el relato que la vida y provocando, al final de cada cuento, que nos baile alguna pregunta acerca de lo absurdo que es la vida, sobre todo, con qué grado de absurdo deberíamos catalogar la vida, si es que hubiéramos sido capaces de crear una escala para ello.
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Autor: Gilda Holst. Título: Obra completa. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.


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