La escritora y periodista Laura Fernández descubre en el ensayo Dos tardes con Jules Verne el perfil más humano del autor francés que, asegura, fue “un incomprendido, padecía trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y además era bulímico”.
En una entrevista con EFE, Laura Fernández ha indicado que su idea era “aproximarse a otro escritor siendo escritora y dando una visión personal de él”, un planteamiento que ya utilizó en el relato de viajes hacia territorios reales y fantásticos ‘Hay un monstruo en el lago’.
El resultado de Dos tardes con Jules Verne (Alianza Editorial) es “una crónica biográfica” resultado de un viaje de tres días a Nantes, donde visitó su casa Museo, que “no fue realmente su casa” y en ese lugar pudo captar una visión de alguien que se sintió profundamente incomprendido siempre y eso le llevó a querer expandir el mundo y hacerlo mejor.
Alguien que apenas se movió de su casa, aunque tuvo tres barcos y escribió en alta mar, pero supo hacer volar su imaginación, describe Fernández, para quien, “Verne era una persona muy maniática, con un trastorno obsesivo compulsivo importante y además era bulímico”.
Sobre esto último, señala Fernández, Verne tiene una escena muy divertida en su vida, de la que habla en el libro: “Un día invitan a comer a gente y cocina una pierna de cordero con su mujer, Honorine, una viuda que se convirtió en su segunda esposa. Al ver que los invitados tardaban, Verne se comió la pierna de cordero entera, y cuando ya los amigos estaban en la mesa él estaba vomitando en el baño”.
Esta anécdota es “una tónica constante en su vida” pues, según la autora, “no podía evitar comer muchísimo y muy rápido, y luego tenía además siempre problemas de control de esfínteres desde muy joven”.
Para Fernández, lo valioso es que Verne “imaginó la realidad antes de que la realidad llegase”, y pone como ejemplo el libro ‘Cinco semanas en globo’, donde los personajes disponen de un timón en su globo que luego los científicos desarrollaron para poder decidir en qué dirección iban los globos aerostáticos.
Globos con timón y cohetes espaciales
Lo mismo pasó con los cohetes espaciales: “La forma que tiene el cohete en De la tierra a la luna es la que finalmente dieron los ingenieros, pero Verne ya lo había imaginado mucho antes”.
Cree la autora de Wendolin Kramer y Connerland que “desde un lugar muy pequeñito como su casa en Amiens, donde se autoexilió, porque en la capital lo consideraban solo un escritor para niños, Verne hizo avanzar de alguna forma la trama de la humanidad, a nivel técnico y a nivel futurista”.
Fernández confiesa que su relación personal con Verne arrancó a los 8 años, cuando leyó Viaje al centro de la tierra, que le impactó muchísimo y con el que pasó mucho miedo, porque “cuando eres niña te lo crees todo en el mejor de los sentidos, e imaginas que los personajes están viajando en el momento en que estás leyendo el libro y cada noche te metes en la cama y lees un trozo más pensando si esta gente estará viva o no, si se habrán quemado”, comenta.
La virtud de los libros de Verne es, en su opinión, que “llevan al lector a un lugar lejano, como el volcán de Islandia en Viaje al centro de la tierra, pero también que le hace vivir una experiencia que no va a vivir nunca”.
Después de escribir el libro, Fernández siente a Julio Verne como “una especie de familiar lejano al que quieres mucho en la distancia”.
Aprovecha el ensayo para interpelar a Verne en primera persona y decirle cosas como ‘aquí estoy Jules, no te preocupes, yo te entiendo, pese a todo el tiempo que ha pasado, sé cómo te sentías, sé que se portaron mal contigo”.
Es curioso que durante años Verne creyó que iba a ingresar en la Academia francesa y cada vez que moría un académico su editor, Pierre-Jules Hetzel, le decía “este es tu año” y él se emocionaba y esperaba que le llegase el telegrama para anunciarle que iba a ser nuevo académico, pero el ansiado telegrama nunca llegó, relata.
Verne, añade, es el ejemplo más claro de “ser un escritor que genera sueños, pero nunca reconocido por la supuesta intelligentsia culta de los literatos”.
Fernández se refiere asimismo a Nelly Bly, primera reportera de periodismo de investigación, que dio la vuelta al mundo en 72 días, no en 80, siguiendo los pasos de Phileas Fogg a principios del siglo XX.
Fernández concluye su ensayo con la visita que Nelly Bly hizo al autor de 20.000 leguas de viaje submarino en Amiens: “Ese encuentro es precioso porque Verne se dio cuenta de que había cambiado la vida de gente concreta, como aquella joven periodista”.
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Fuente: EFE (José Oliva)




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