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La llamada de… Cristina Fernández Cubas

La llamada de… Cristina Fernández Cubas

Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo para muchos más confuso: la literatura.

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Hubo en casa de Cristina Fernández Cubas una niñera que contaba historias al caer la tarde. Cada noche, Antonia García Payés, Toto para la pequeña, entraba en el dormitorio a la luz de una vela y las sombras de la habitación se echaban a temblar de inmediato. Caminaba en silencio hasta la cama, rozando a su paso la compuerta de hierro de la salamandra, y acariciaba la cabeza de una chiquilla, en ese momento todo ojos y deditos agarrados al embozo de la sábana. Arrancaba entonces la narración de un cuento, de uno que aseguraba ser cierto, por ejemplo el de una familia tan pobre, tan pobre, tan pobre que no tenía ni para avivar el fuego, hasta que una noche, habiendo decidido echar a las brasas la silla en la que se sentaba la abuela, descubrieron que tenía los travesaños y los largueros repletos de monedas de oro. Ese tipo de historias contaba Toto a la niña que habría de hacerse escritora y, cuando llegaba al final del cuento, soltaba siempre la misma frase, “así me lo contaron y así lo cuento yo”, mientras cerraba despacio la puerta del dormitorio.

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Tuvo Ana María Matute una niñera con nombre de princesa rusa, Anastasia, aunque también podría decirse que era una guerrera vasca: Anastasia Arrizabalaga Zubia. Aquella mujer olía a pan tostado y tenía los ojos de un color así como gris ámbar, y cada noche contaba a la niña un cuento estilo Andersen, hermanos Grimm o Charles Perrault, por tanto, un cuento protagonizado por un par de niños abandonados en las profundidades del bosque, torturados por adultos que vivían en cabañas oscuras y, en general, víctimas de injusticias nunca reparadas. Pero Ana María Matute tuvo también una cocinera, de nombre Isabel, que aseguraba ser bruja y que una vez, habiéndose ausentado los padres, preguntó a la niña si quería ver un alma volando hacia el cielo. Y como la pequeña dijo que sí, la mujer extendió un pescado fresco sobre la encimera, apagó la luz y pidió silencio. Unos segundos después, un destello azul se abrió paso entre las escamas y se elevó como una voluta hasta el techo, dejando a la chiquilla con la certeza de que la magia realmente existe.

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Hasta hace bien poco, se decía que Rosalía de Castro fue criada por sus tías paternas, María Josefa y Teresa, para evitar que el escándalo de su nacimiento fuera a mayores. La niña fue el resultado de los amoríos secretos entre una hidalga soltera y el sacerdote del pueblo, y las habladurías sobre este romance se propagaron con tanta rapidez que, temiendo que las autoridades mandaran a la pequeña a la inclusa, se otorgó la custodia a las hermanas del cura. Y se contaba hasta hace poco que fueron esas mujeres, y en especial María Josefa, las que llenaron la cabeza de la pequeña con tantas leyendas populares, tantas historias ancestrales y tantos cantares regionales que la niña no pudo más que, al hacerse mayor, convertir el gallego en una de las lenguas más hermosas de la literatura española. Los biógrafos actuales aseguran que todo esto no sucedió exactamente así pero, seamos sinceros, ciertas leyendas tienen más valor y contienen más verdad que la más documentada de las realidades.

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También circulan rumores torno a la vida de Enid Blyton, autora de la saga juvenil Los Cinco, de quien se dice que mantuvo un romance con la institutriz de sus hijas. Dorothy Richards era una enfermera titulada a la que la escritora contrató como niñera, pero que pronto se hizo inseparable de la madre, convirtiéndose en su asistente personal —se cree que revisaba los borradores de sus libros, algo que hasta entonces hacía el marido, Hugh Pollock, un alcohólico irreversible que aseguró sentir que sobraba desde que la cuidadora entró en la familia— y en su acompañante en las noches de soledad y frío.

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George Gordon Byron, más conocido como Lord Byron, tuvo como institutriz a May Gray, una calvinista escocesa, además de alcohólica, que se aprovechó de la sensibilidad, de la cojera y de la soledad del niño para someterlo a castigos desmesurados, como recitarle las Sagradas Escrituras mientras le golpeaba con una fusta hasta que le dolieran los huesos o como contarle historias de fantasmas y encerrarlo después en una habitación a oscuras. No hacía esas cosas para instruir al pequeño en el arte del terror gótico, sino por el mero placer de torturar a un niño, llegando su sadismo a tal punto que fue despedida incluso en su época, cuando la mano dura era habitual en el sistema educativo. Hay quien dice, pero de esto faltan pruebas, que May Gray también inició al futuro poeta, probablemente cuando apenas había alcanzado los nueve años, en los secretos más denigrantes del sexo.

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En su novela En el pensamiento (Random House, 2024), el protagonista de César Aira recuerda que, cuando preguntaba a sus niñeras si su madre iría a darle un beso de buenas noches, éstas le respondían que no, que no lo haría, que cómo iba a hacerlo si había muerto. Y añade el narrador: “En ese entonces se decía que a los niños había que asustarlos, de vez en cuando, en lo posible siempre, enseñarles lo que era el miedo”.

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El último libro de cuentos de Cristina Fernández Cubas es Lo que no se ve (Tusquets, 2025).

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Raoul
Raoul
1 mes hace

Se agradece mucho esta semblanza de la gran Fernández Cubas, hace demasiado tiempo que no se hablaba en Zendalibros de algún buen escritor.