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Ganadora y finalistas del décimo concurso de relatos #cuentosdeNavidad

Ganadora y finalistas del décimo concurso de relatos #cuentosdeNavidad

Más de 1.000 relatos se han registrado en nuestro concurso de cuentos navideños #cuentosdeNavidaddotado con 2.000 euros en premios y patrocinado por Iberdrola. Desde el 9 de diciembre hasta el 3 de enero, hemos recibido historias en las que la Navidad ha cobrado el protagonismo desde todas las miradas posibles.

María Sergia Martín González, con Costumbres, ha resultado ganadora —con un premio de 1.000 €—; y Raúl Clavero Blázquez, con Los Reyes, y Plácido Romero Sanjuán, con El árbol, han sido los dos finalistas—han obtenido 500 € cada uno—.

El jurado ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez. A continuación reproducimos el relato ganador y los dos finalistas.

***

GANADOR

COSTUMBRES

María Sergia Martín González

Algunas costumbres llegan con la sangre, sin pedir permiso, como el color de ojos, la calvicie o la mala letra. En mi familia nunca hablamos abiertamente de ello, pero todos sabemos que algo raro, espeso y silencioso nos corre por dentro.

Mi abuelo coleccionaba dientes. Los guardaba en cajas de galletas danesas, bien ordenados por tamaño y estado. Decía que eran pequeñas pruebas de que la gente que pasa por tu vida siempre deja algo atrás.

Mi padre coleccionaba amantes. No las guardaba en cajas, claro, sino en agendas escondidas y mentiras mal contadas. Aseguraba que el amor se multiplica cuando se reparte. Mamá asentía y seguía cortando cebolla, como si no hubiera oído nada.

Yo heredé lo mío sin darme cuenta: colecciono cadáveres. En mi caso, mi afición empezó una Nochebuena en Velahuesos, nuestro pueblo.

La vecina del tercero fue la primera desde que nos mudamos a la capital. Todavía sonrío al recordarla, con su bata floreada y su costumbre de regar las plantas de noche. Nadie la echó de menos durante días; la Navidad se acercaba y todo el mundo estaba demasiado ocupado comprando turrones, lotería y envolviendo regalos. Cuando por fin alguien preguntó por ella, ya era tarde y, además, no estaba entera.

Pronto la familia entera se involucró. No hizo falta hablarlo; simplemente ocurrió, como montar el belén cada diciembre. Mi hermana, que siempre había querido ser esteticien, descubrió que tenía un talento especial para maquillar. Dejaba a los muertos con un aspecto sereno, casi agradecido.

—Para que ganen dignidad —decía.

Mamá empezó a experimentar en la cocina y descubrió un don innato para los estofados. Decía que el frío abría el apetito y que no había nada como un buen guiso para reunir a la gente.

—La carne tierna es un regalo —decía, mientras removía la olla con una devoción casi religiosa.

Papá se ocupaba de las invitaciones y de distraer a los curiosos con su sonrisa encantadora, como si por fin entendiera que cada generación aporta algo distinto al linaje.

Cada uno tenía su pequeña colección, su secreto. El abuelo, ya muerto, nos observaba desde una repisa, convertido en una discreta urna junto al espumillón. Nadie preguntaba demasiado. En casa, la normalidad siempre fue una cuestión de formas.

La comida de Navidad con los vecinos supuso el gran evento del año. La mesa larga, el mantel rojo, las luces parpadeando. Era una tradición en el edificio, una de esas costumbres que nadie disfruta realmente, pero que todos cumplen por miedo a parecer antisociales.

Decoramos el salón con velas rojas y un belén que mi madre insistió en colocar justo encima del aparador donde guardábamos, en ese momento, al vecino del segundo.

—Da ambiente —dijo.

Y tenía razón, porque la casa olía a canela, a pino… y a algo más profundo, más denso, que solo nosotros reconocíamos.
Mamá sirvió su estofado estrella, oscuro y espeso, con un aroma que hizo salivar hasta al más reticente. Alguien elogió el plato con la boca llena.

—Está exquisito.

—Cocina de aprovechamiento —respondió mamá, ruborizada—. Aquí no se tira nada.

Todos aplaudieron. Todos menos el viudo del tercero. Viudo, aún sin saberlo.

Se había mantenido callado durante toda la cena, con esa sonrisa educada que se les queda a los que han perdido algo importante y aún no saben cómo llenar el hueco. Cuando terminó su ración, inclinó el plato para rebañarlo. Se quedó quieto, el tenedor suspendido en el aire y dejó de sonreír. Entre la salsa brillaba algo blanco, demasiado perfecto para ser una patata: el puente dental de su esposa.

El silencio surgió de inmediato, como si alguien hubiera apagado la música de golpe. El viudo levantó la vista. Me miró. Le miré. Me sonrió, como quien entiende el último una broma, y yo le devolví la sonrisa por educación, por respeto a la Navidad, por mantener las formas. En mi familia no nos gustan los escándalos, y menos en estas fiestas.

Luego, dejó el tenedor sobre el mantel, se limpió los labios con la servilleta y dijo, con una calma que solo da la costumbre:

—Está deliciosa.

Hizo una pausa.

—¿Queda un poquito más?

**

FINALISTAS

LOS REYES

Raúl Clavero Blázquez

Es sencillo. Decepcionantemente fácil. Sólo tenemos que bloquear la salida de su garaje con unos cuantos troncos y esperar.

Cerca ya de medianoche la puerta se abre, el Gordo ve los troncos, grita palabras en un idioma que no entiendo y baja de su carro. En cuanto sale al frío cortante del exterior se enfrenta a la figura imponente del Negro, entonces comienza a temblar. Sabe que algo malo está a punto de sucederle, pero no puede hacer nada por evitarlo. Me acerco por su espalda, le doy un codazo en la nuca y cae. Se desploma con el estrépito de un edificio en ruinas. Por un instante temo haberme excedido con el golpe y me inclino sobre su boca. Aún respira, es una enorme masa de carne que respira. Su pecho se hincha y se deshincha de modo desmesurado, similar al de las estúpidas risotadas con las que pasea habitualmente por los centros comerciales, se hincha, se deshincha, como si de su movimiento dependiera el oxígeno del mundo. Algunos gruñidos llegan del interior del garaje y se mezclan con los aullidos lejanos del bosque.

-¡Rápido! – dice el Negro.

Tenemos que cogerlo entre los tres para arrastrarlo de vuelta a su casa. Está vacía, todos sus ayudantes se han marchado ya, dejando en su ausencia el rastro de un olor dulzón a caramelo líquido que nos envuelve en cuanto entramos. He de reprimir una arcada y abro las ventanas.

-¿Qué haces? – me reprende el Colorado -. Nos vamos a congelar.

No me importa, necesito aire limpio. Busco unas cuerdas y atamos al Gordo a su chimenea. Con esto bastaría, con paladear tranquilamente el paso de los minutos hasta más allá del amanecer ya sabríamos que la victoria es nuestra, pero el Negro parece tener otros planes. No es de los que se conforma con un triunfo plácido. No. Le gusta regodearse, siempre ha sido así, un fanfarrón con cadenas de oro. Comienza a abofetear al Gordo hasta que lo despierta.

-¿De verdad pensaste que nunca descubriríamos dónde vives? – le dice.

-¿Qué… qué queréis? – farfulla el Gordo.

Su papada se agita en un balanceo hipnótico. Veo el terror en sus ojos, sus mejillas de borracho encendidas. Intenta incorporarse, aparentar que domina la situación, pero una mancha en la entrepierna lo delata. No me da pena. Nunca debió meterse en nuestro territorio.

Hasta que llegó él, nosotros éramos los reyes. Los únicos. Nos creíamos tan fuertes que pensamos que nada podría afectarnos, por eso, al principio, le dejamos que hiciera sus negocios, pero poco a poco, año tras año, nos fue arrebatando parte de nuestro mercado. Ahora tiene más poder que nosotros, y no nos queda más remedio que eliminarlo antes de que consiga borrar nuestros nombres para siempre.

-Podéis llevaros mi mercancía. Os diré dónde está, hay suficiente para todos – propone en tono suplicante.

El Negro sonríe.

-No es tu mercancía lo que hemos venido a buscar.

-¿Vais… vais a matarme?

-Sólo si nos obligas.

-Entonces qué queréis, ¿qué cojones queréis?

-Pero que sucia tienes la boca – bromea el Negro -. Está muy mal hablar así, ¿lo sabías? ¿Qué pensarían de ti tus clientes si supieran que dices esas palabras tan feas

-Queremos acabar con tu prestigio – le digo -. Eso es lo único que queremos. A eso hemos venido. Hoy no harás tu entrega, y a partir de mañana ya nadie volverá a confiar en ti.

Empieza a comprender. Hunde la cabeza en el pecho. Juraría que en cualquier momento puede romper a llorar. Los gruñidos del garaje son más fuertes y constantes. El Negro se gira hacia nosotros.

-Ocupaos de eso – nos dice -. No podemos llamar la atención.

Yo miro al Colorado. Él me mira a mí, suspira, se encoge de hombros y se marcha. Los gruñidos crecen antes de que escuchemos nueve disparos. Después el silencio.

-¡¿Qué habéis hecho?! ¡¿Qué habéis hecho, hijos de puta?!

El Gordo intenta desatarse, se convulsiona como un pistón enloquecido. Resulta perturbador ver a un hombre de su tamaño luchando por ponerse de rodillas. El Negro detiene su rebelión descargándole un simple puñetazo en los riñones. El Gordo calla, se repliega sobre sí mismo. Ya no es más que un bulto sollozante pero el Negro decide seguir y le hunde la rodilla en el estómago. El Colorado entra de nuevo en la casa y se suma a la fiesta. Con cada golpe el Gordo emite un gemido apagado, un ruidito minúsculo y agudo, irritante, similar al sonido de una fuga en un balón agujereado.

-Vamos – me dicen -, es divertido.

Me acerco. Zurrarle al Gordo es como zambullirse en un mar de gelatina. Un ejercicio desconcertante y adictivo. Pierdo la noción del tiempo, y sólo me detengo cuando noto una humedad viscosa y caliente en mis dedos. Me levanto. Veo como el charco de sangre del Gordo avanza lentamente por el suelo. Hace juego con el rojo de su traje. Diferentes tonalidades de un mismo color. Me recuerda a un cuadro de Rothko, pero me guardo el pensamiento en la punta de la lengua, si se me ocurriera compartirlo con mis compañeros estoy seguro de que se reirían de mí.

-Vale ya – les digo -. Un poco de compasión, joder, que es Navidad.

El Negro y el Colorado se incorporan. Jadean. Son dos leones hambrientos que se felicitan por haber dado caza a la mayor de las presas.

El Gordo se vuelca hacia un costado, escupe varios dientes, tose.

-Los niños… los niños – musita una y otra vez.

Los niños, sí. En pocas horas despertarán. Cuántas lágrimas habrá cuando no encuentren bajo el árbol ninguno de los juguetes que han pedido. Qué más da, pienso, al fin y al cabo dentro de pocos días llegaremos nosotros para resolver todos sus problemas.

Me acerco a la ventana y la cierro. El Colorado tenía razón, hace demasiado frío, pero en el ambiente aún flota el pegajoso hedor a caramelo líquido. No lo soporto.

-¿Alguien se ha acordado de traer incienso? – digo.

**

EL ÁRBOL

Plácido Romero Sanjuán

El vendedor tenía las manos sucias. Tierra bajo las uñas. Ojos minúsculos. También él era diminuto. Me vendió el árbol por veinte euros en una esquina de la calle Millán de Priego.

—Sobre todo —dijo—, no se le ocurra plantarlo.

No pregunté por qué. La gente nunca pregunta lo suficiente.

—Tírelo después de Navidad —insistió.

Asentí. Pagué. Me fui.

Mi hija Clara tiene dieciséis años. Quiere estudiar Ciencias Ambientales. Lleva camisetas con eslóganes sobre el cambio climático. Cuando vio el árbol en el salón, frunció el ceño.

—Es una barbaridad matar un árbol por menos de un mes, papá.

Mi mujer, Elena, asintió desde la cocina. Siempre asienten juntas.

—Deberías plantarlo —dijo Clara—. En una maceta grande. En la terraza.

—El vendedor dijo que no.

—¿Y qué sabe él?
No supe qué responder. Compré una maceta enorme. Costó cuarenta euros. La subí por las escaleras porque no cabía en el ascensor. Clara me ayudó. Su hermano pequeño, Marcos, de nueve años, nos miraba desde el sofá.

Elena lo decoró esa misma tarde. Bolas rojas y azules, espumillón dorado, una estrella en la punta. Quedó bonito. Cenamos mirándolo a través de la puerta corredera de la terraza.

A la mañana siguiente, tres bolas estaban en el suelo.

—Habrá sido el viento —dijo Elena.

No había viento. Colgamos las bolas de nuevo.

Al día siguiente, cinco más estaban caídas. Una guirnalda colgaba rota.

—Marcos —llamé.

—No he sido yo —respondió sin que le preguntara.

Decidí comprar adornos nuevos. Llevé a Marcos conmigo. Fuimos al Jaén Plaza. Eligió unos de madera, con animales tallados. Un reno, un búho, un elfo de aspecto extraño que me recordó al vendedor.

—¿Crees que el árbol está vivo? —me preguntó Marcos en el coche.

—Todos los árboles están vivos.

—No. Me refiero a vivo de otra forma.

No respondí.

Nochebuena. Mi cuñada Teresa y Javier, su novio, llegaron a las siete. Elena dice que Javier es malo para su hermana. Controlador, lo llama. Quizá lo dijo delante del árbol. No lo recuerdo.

Cenamos. Brindamos. Javier contó un chiste sobre ecologistas. Clara no se rio. Teresa miraba su plato en silencio.

Javier salió a la terraza para fumar. Se acercó al árbol. Lo observó con esa expresión de superioridad que tiene siempre.

Una rama se movió. Golpeó su hombro. Él retrocedió, riendo nervioso.

—Casi me cae encima.

Todos reímos. Habíamos bebido vino. Mucho vino.

A la mañana siguiente, Navidad, salí a la terraza. Los regalos que habíamos dejado bajo el árbol estaban… cambiados de lugar. No exactamente movidos. Redistribuidos. El paquete para Javier estaba enterrado en la tierra de la maceta. La caja de Marcos, intacta en una rama baja, como si alguien la hubiera colgado.

Elena me miró desde la cocina.

—¿Tú hiciste eso?

—No.

Volví a colocar los regalos en su sitio antes de que todos se despertaran. No hablamos más del tema.

Los días siguientes, los adornos comenzaron a desaparecer. Uno por uno.

—Es Marcos —dijo Elena—. Está jugando.

Marcos negó con la cabeza cada vez que le preguntamos. Sus ojos decían la verdad.

Dos de enero. El vecino de abajo tocó el timbre a las ocho de la mañana. Se llama Ramón. Tiene setenta años. Antiguo catedrático de instituto. Nunca sonríe.

—Hay una raíz saliendo de mi techo —dijo—. En la cocina.

Bajé con él. La raíz atravesaba el yeso. Gruesa. Oscura.

—¿Qué clase de árbol plantó? —preguntó Ramón.

—Un abeto.

—Los abetos no hacen eso.

Subí corriendo. Elena estaba en la terraza, mirando el árbol. Clara también. Marcos lloraba.

El árbol había crecido tres metros en una semana. Sus ramas se extendían sobre la barandilla hacia el vacío. Las raíces habían reventado la maceta y se hundían en el suelo de la terraza, levantando las baldosas.

—Tenemos que cortarlo —dije.

—No —respondió Clara.

—Clara, está destruyendo el piso.

—Está vivo, papá. No es su culpa.

Esa noche me senté en la terraza con una manta sobre los hombros. No sé por qué, empecé a hablarle al árbol. Le dije que no podíamos permitir que siguiera creciendo. Una rama se inclinó. Rozó mi hombro. Suave.

Elena salió a la terraza. Se sentó a mi lado.

—¿Qué hacemos? —preguntó Elena.

—No lo sé.

Cuatro de enero. El árbol mide seis metros. Sus raíces han atravesado el suelo de la terraza y crecen hacia abajo, invadiendo el piso de Ramón. Una rama atraviesa la puerta corredera del salón.

Ramón llamó a la policía. Vinieron dos agentes. Miraron el árbol. Miraron a Elena. Me miraron a mí.

—¿Cuándo lo plantó? —preguntó uno.

—Hace dos semanas.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

Se fueron. Dijeron que enviarían a alguien de medio ambiente.

Nadie ha venido.

Pasado mañana es Reyes. Deberíamos quitarlo. Contratar a alguien. Una empresa especializada. Sierras industriales.

Pero el árbol es parte de la familia ahora. Yo le cuento cosas que nunca dije a nadie. Que odié a mi padre hasta el día que murió. Marcos duerme junto a él en la terraza, envuelto en mantas. Clara le lee libros en voz alta. Elena le cuelga fotos viejas en las ramas y también le cuenta secretos. Le oí decirle que a veces deseaba no haberse casado tan joven. El árbol parece escuchar.

No sabemos qué ocurrirá cuando pasen los Reyes. Si crecerá más. Si nos obligará a irnos.

Anoche, Elena me abrazó en la cama.

—Quizá debamos irnos nosotros —dijo.

—¿Y dejar el árbol?

—Es su casa ahora.

No respondí. En la terraza, el árbol respira. Sus raíces abrazan la estructura del edificio. Sus ramas sostienen nuestros secretos.

Mañana le contaré otro secreto. Uno que nunca dije.

Quizá así deje de crecer. O quizá crezca más.

Ya veremos.

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Óscar
Óscar
1 mes hace

Si estos relatos han sido los ganadores, puedo afirmar sin miedo al fracaso ni a críticas, que el próximo año puedo quedar en la tercera, segunda y primera posición.

Yanire
Yanire
1 mes hace
Responder a  Óscar

Envidioso. Xon geniales.

Danfre
Danfre
1 mes hace
Responder a  Óscar

Por lo visto, es raro que a alguien le guste más lo que escriben otros que sus propios textos. Con todos mis respetos, te diría que sí no tienes humildad o no crees en las decisiones de los jurados, no partícipes en concursos. O si, como según tú es poco menos que una cuestión de lotería, sigue intentándolo. Con un poco de suerte algún día puede que salga tu nombre premiado.

Elisa
Elisa
1 mes hace

Lo sorprendente de los relatos, excepto el segundo,poco original,es que los puedes ubicar en cualquier fecha. No tiene relación con la navidad, otro año más.

Ana
Ana
1 mes hace
Responder a  Elisa

La verdad es que cansa un poco tanta violencia, está por todas partes, y últimamente en los concursos de Zenda, la tragedia y lo macabro triunfa, igual que en Netflix, Prime, HBO, etc, etc…

Danfre
Danfre
1 mes hace

Felicidades a los tres.

Lissette
Lissette
1 mes hace

Los relatos están pésimos y no guardan ninguna relación con la Natividad -Nacimiento = Navidad del Señor Jesús = Dios que es lo que se celebra en Navidad. Más bien están terroríficos y sólo hablan de crimen, muerte y homicidio. El 1er premio por un relato sobre canibalismo, el 2do premio un relato de crimen donde tres locos creyéndose a su manera los reyes magos convierten a un cuarto en Papá Noel y lo matan a golpes de la forma más cruel y despiadada y el tercero es un relato sobre un Árbol natural de Navidad donde los personajes le atribuyen un valor desmedido cuya trama no tiene lógica ninguna. Por favor al menos no engañen a las personas. Tal premio no existe.

Martha
Martha
1 mes hace
Responder a  Lissette

Menuda reventada. Usted resume de manera simplista y obsoleta tres grandes y originales relatos.

Lissette
Lissette
1 mes hace
Responder a  Martha

Se resumen de forma simple y fácil por una simple letrada tres simples relatos que en nada se relacionan con la Natividad de Jesucristo ni se ajustan para nada al tema del concurso. A Jesucristo lo desangraron clavado en una cruz y realmente fue una historia terrorífica pero 33 años antes cuando Él nació (su natividad, su navidad) fue hermoso a pesar de sufrir una vida nómada. Esos cuentos son de terror, no son de Navidad. En el mundo contemporáneo la mayoría de las personas celebran con alegría la natividad o lo que es lo mismo la espera del nacimiento del niño Jesús ¿Acaso la tradición, la magia y lo hermoso de la Navidad está obsoleto? ¿Por qué se premia al terror, la violencia, lo abyecto, lo que no se ajusta al tema? Se trata sobre la Navidad de Jesucristo a pesar de que muchas personas carezcan de recursos ya sea psicológicos, económicos o espirituales para celebrarla normalmente pero creo que primero deben definir que significa Natividad aunque para muchos sea una ficción. Es simplemente por sadomasoquismo y mediocridad de los jueces, es lo que les gusta a ellos y no lo que realmente se ajusta a las bases del concurso. Si tal vez el tema del concurso hubiese sido terror, o si quizás esos mismos cuentos de terror hubieran sido, de un parto distócico o un aborto hemorrágico de la virgen María en el pesebre al dar a luz al niño Jesucristo, o que asaron a la vaca del pesebre aquella noche del 24 de diciembre, por poner un simple ejemplo tal vez hubieran ganado el premio nobel. El del árbol de Navidad es el que se acerca en un 0,99% a la Navidad. Y digo 0,99% porque no hace mención de ningún elemento de la Navidad de los tantos que hay lo que demuestra la falta de imaginación y la pobre creatividad. No me creo nada lo de estos concursos, esta sección de los concursos es demasiado inverosímil por la mediocridad de los textos de los seleccionados. Es sólo para plagiar lo que hacen otros sí realmente buenos y que ingenuamente pican la carnada del anzuelo.

Lissette
Lissette
1 mes hace

Busqué a los tres ganadores en Instagram y en Facebook y no aparecen, es raro, normalmente casi todo el mundo tiene cuentas en alguna red social.

Danfre
Danfre
1 mes hace
Responder a  Lissette

Sí escribes igual que buscas en internet, no es de extrañar…

Germán Pino
Germán Pino
1 mes hace
Responder a  Lissette

Normalmente, osea que si no estás en face o insta no existes? Vaya nivel de comentario.

Lissette
Lissette
1 mes hace
Responder a  Germán Pino

Con razón no existen, ya lo has dicho porque lo que tienen en su mente es pura macabridad, menos el tercero.

Ana
Ana
1 mes hace

El año que viene podríais cambiar la foto del papá con la niña pequeña, es muy entrañable, pero no sé si representa el gusto por el relato macabro

Lara
Lara
1 mes hace

Los relatos rompen con el buenismo navideño. Y me parece genial. Esto no es una iglesia ni tiene que hacerse ningún alegato religioso. Tienen que estar bien contados. Y a mi juicio lo están. En cuanto a las dudas sobre quién es la ganadora y que no se encuentra en ningún sitio, tal vez si buscaras por su seudónimo en facebook (Towanda) la encontrarías. Al segundo también lo conozco porque coincidí en la entrega de un premio. Gana muchos y es porque escribe muy bien. El tercero no lo conozco. Ni falta que hace. Ha escrito un buen relato. Las rabietas, en casa.

Germán Pino
Germán Pino
1 mes hace

Yo conozco a los tres y son grandes cuentistas con una trayectoria que podéis buscar en Google. Veo mucho llanto entre los comentarios. Escribid vosotros e intentar hacerlo mejor y convencer al pedazo de jurado que ha decidido el premio.
Otra cosa, para cuentos de Navidad al uso id a la misa del gallo. Aquí se trata de contar historias ambientadas en… Navidad.
Y cada uno la uno la vive como quiere. Esto va de literatura, no de moral cristiana.
Buen día, reventados!

Ana
Ana
1 mes hace
Responder a  Germán Pino

Se puede respetar a quienes no nos han gustado los cuentos, vamos digo yo.
La ganadora me encanta, amo sus cuentos, especialmente uno titulado “Desandar” que ganó otro concurso en Zenda, me parece un cuento precioso con una composición excelente.
Este no me gusta, me parece un tema manido, y el espacio y tiempo narrativos no están bien resueltos en mi opinión.
Y también opino que, un cuento navideño que se precie, no basta con que esté ambientado en Navidad, ahí reside la dificultad, en hacer de la Navidad otro “personaje” más sin el cuál el relato no sería posible.
Y ya puestos… ¿Los reyes contra Papá Noel? Jamás había visto algo tan original, ni siquiera en la película “Reyes contra Santa”.

Germán Pino
Germán Pino
1 mes hace
Responder a  Ana

Hay que leerse bien las bases. Ambientado es ambientado no dónde la navidad sea un personaje.
Te respeto, Ana. Tus opiniones son tuyas y ahí las dejas con total libertad.
Pero yo coincido con el jurado, al que se le presupone mayor y mejor criterio que tú, y estos tres relatos son buenísimos, perfectos en su narrativa, impecables en su ejecución.

Como en la vida, todo es cuestión de gustos y cada uno tiene el suyo. El mío es mío y felicito a los autores. Y al jurado.

Analía Montes
Analía Montes
1 mes hace

Raúl es el tío que más concursos gana, es un crack. A Plácido y María Sergia los conozco menos, pero también tienen sus premios. Me han gustado todos, no sabría quedarme con uno, a lo mejor Costumbres por esa forma tan entrañable de narrar lo macabro.

Gabriel Candelo
Gabriel Candelo
1 mes hace
Responder a  Analía Montes

Hola, Analía. ¿Dónde puedo encontrar más cuentos de Raúl?

Costa
Costa
1 mes hace

Qué buenos. Felicidades.

Joseantonio
Joseantonio
1 mes hace

Hace dos-tres días me llamó la atención El Árbol, y así lo expresé aquí mismo. Enhorabuena a los tres, es su momento.

Gabriel Candelo
Gabriel Candelo
1 mes hace

El segundo me gustó más que el mismo ganador (muchas veces pienso que son los verdaderos ganadores pero que por esas extrañísimas dinámicas de los jurados quedan relegados). El único detalle no tan bacano es que el final estuvo muy flojo. Me parece que sè cagaron la metáfora. O quizá esa era precisamente la metáfora: niños/regalos.. pero no funcionó porque juega con los mismos elementos del correlato original.

Isabel
Isabel
1 mes hace

A mí me han gustado mucho los 3, Costumbres el que más. Enhorabuena. Merecido ganador.

Lissette
Lissette
1 mes hace

Aquí les dejo mi relato ambientado en una época un poco antes de la Natividad de Jesús Cristo pero al mismo tiempo en esta época moderna dónde dicha ambivalencia se asemeja, en un juego con lo fantástico-real, a la dicotomía del creer y el no creer, de la religiosidad y el ateísmo sin cuestionar la palabra de Dios ni tampoco la del Diablo, el bien y el mal respectivamente, si es que el Diablo alguna vez tuvo palabras y no macabridades. Oigo comentarios así que siéntase libres de expresar porque por suerte los comentarios no son ni piedras, ni escupitajos, ni clavos ni coronas de espinas. Gracias por leerme. Lissette Sermat.

Titulo: 25 de diciembre

“El que estaba sentado en el trono me dijo: “Yo hago nueva todas las cosas.” Y también dijo: “Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza.” Después me dijo: “Ya está hecho. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed daré a beber del manantial del agua de la vida, sin que le cueste nada. El que salga vencedor recibirá todo esto como herencia; y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero en cuanto a los cobardes , los incrédulos, los odiosos, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican la brujería, los que adoran ídolos, y todos los mentirosos, a ellos les tocará ir al lago de azufre ardiente, que es la segunda muerte.” Ap 21,5-8″
Hacía un frío mortal, de esos que calan los huesos hasta el tuétano pero no donde cobijarse del infortunio. La mala suerte, no así la mala vida me había puesto allí en ese mitómano sitio junto al montón de los miles agonizantes y miserables que esperaban un milagro. Ya tenía en mi memoria dibujada la Navidad, como otras tantas fechas conmemorativas rutinarias y comunes de los homínidos, ya fuera como reliquia familiar de dos generaciones anteriores a la mía o porque no sólo la Biblia ocupaba mi red neuronal semántica pero realmente, en ese nefasto rincón de la estafa, el Árbol de Navidad y otras festividades religiosas eran prohibidas por el sistema-club político-económico de turno, y de cierto modo era lógico; no era un sitio transparente, ni honesto y mucho menos santo. Aquella tercera noche de Adviento la nieve caía aburrida e inmisericordemente pero no me era tan difícil escribir en unos minutos mil palabras vacías y abyectas que alimentaran al engaño, la estulticia y sobre todo a la ilusión de vivir del cuento de otros. Era un trago amargo, un puño gravado en mi pecho, un golpe bajo, una traición a mis sentidos pero aún así me arriesgaría a sentir el amargor del fracaso, el veneno de la crítica, la acidez de la burla, la fetidez de la petulancia y el dolor de la pérdida. Era tiempo de reyes magos y villancicos, de regalos nuevos, de pureza del espíritu, de nacimientos mesiánicos, de diversión, de alegría y sonrisas en la espera del Señor, pero sobreviviría a pesar de la desdicha de no poder vivenciarlo con mi propia experiencia, con mis cinco sentidos. Estuve el primero, el segundo, éste era el tercero y estaría también el cuarto de Adviento si se me antojaba porque desde hacía mucho tiempo ya era libre de pensamiento, no así de la gelidez, la oscuridad y el desamor, y porque siempre albergaba esa esperanza de poder ganarle al tiempo, de ganar esos quinientos, mil, al populacho o el reconocimiento aunque fuera por ser mediocre, arrogante, cursi, tramposo, trolero y cuentista. En realidad disfrutaba más ver a miles de ingenuos creerse la falacia de mi cuento que excretar mis diabólicas y hediondas ideas sobre hojas tan blancas y pulcras como mis anhelos. Me conformaba con imaginar que eran todos unos desvergonzados y materialistas a los que sólo les importaba el dinero, cuya fracción monetaria era su único y verdadero Dios, o que muchos de sus cuentos eran demasiado violentos, agresivos, viscerales, descarnados o llenos de erratas, discordancias, y abstrusidades. No sé si por casualidad o desdén nací el veinticinco de diciembre; pero si tal vez alguien pensó que sería yo el salvador del mundo como mi prójimo Jesús realmente no nací en Belén, ni soy un androide y mucho menos inmortal que resucitaría cada vez que me clavaran amorosa o brutalmente en una cruz de madera. A mí también me hubieran hecho falta un perfumado y elegante atuendo, unos crocantes turrones de nueces, un buen vino y un delicioso pavo relleno de queso aunque en esta temporada tuviera que vestir con los vetustos, repulsivos y tediosos andrajos de la bondad, la caridad y la beneficiencia que enmascaran el salario que ganaría cada mes por mi oficio de cuentero. Para mí es un buen negocio comprar o vender cada palabra a un euro ya sea a través del ultraje, aunque sé que después todos me olvidarán, me odiarán o me rechazarán; tal vez algunos llorarán o harán nefastos pero respetuosos comentarios por la inconformidad de la injusta selección, ordinarieces con las que alimento mi ego, pero de igual manera pasarán la página como yo también lo hago cada mes con la Fe de poder ser como ellos o mejor y de poder al menos sentirme como un real Santa Claus o como un gigante enardecido por cascabeles y contarles mis historias y hacerles creer que son fantásticas, emocionantes y geniales. Ahora son las doce de la noche, ya queda muy poca cera de la tercera vela, no es bonita, decorada ni perfumada pero es morada y saldré a contemplar el plúmbeo cielo porque tal vez haya otra estrella de Belén aunque sea en mi fatídica imaginación; quiero creerme Melchor, Gaspar o Baltazar y encontrar novatos y crédulos nazarenos que me sirvan de herramientas en mi infructuoso y tramposo plagio. Sus frases y palabras como cuchillas filososas o agazapada ternura serán escalones a mi magistral sapiencia. También se acaba el espacio en mi papiro y la tinta roja escarlata de la más pura de mi último estilógrafo, donde y con el cual escribo mi historia apocalíptica sin analgesia ni estandartes en este frío, húmedo, penumbroso y destartalado cuarto, por la humanidad y para la humanidad. Tengo la convicción de que lo encontraré, perfecto, fuerte e inmaculado, a imagen y semejanza del Altísimo que resistirá cuarenta días y cuarenta noches caminando solo en el desierto sin comer ni beber, que pasará mis pruebas y resistirá mis tentaciones para poder coronarlo Rey del Universo. Porque en esta Navidad lo único que deseo es que sea un único Dios, una única Fe, un único mesías, un único y sólo uno, un solo y santo sacrificio por los siglos de los siglos.¡Amén!

Martha
Martha
1 mes hace
Responder a  Lissette

Jajaja, qué bueno! Te dan el Nobel por los siglos de los siglos. Es ironía. Lo entiendes, verdad?
Suena a pregón de las testigas de Jehová. Menudo horror

Lissette
Lissette
1 mes hace
Responder a  Martha

Definitivamente y disculpa mi sinceridad usted es completamente
disléxica. Lea a continuación, y reitero, lo que significa mi relato independientemente de mi vida y mi persona. Pensaste por un momento con tu mente fronteriza que el personaje que narra la historia de mi relato era yo?
“Aquí les dejo mi relato ambientado en una época un poco antes de la Natividad de Jesús Cristo pero al mismo tiempo en esta época moderna dónde dicha ambivalencia se asemeja, en un juego con lo fantástico-real, a la dicotomía del creer y el no creer, de la religiosidad y el ateísmo sin cuestionar la palabra de Dios ni tampoco la del Diablo, el bien y el mal respectivamente, si es que el Diablo alguna vez tuvo palabras y no macabridades. Oigo comentarios así que siéntase libres de expresar porque por suerte los comentarios no son ni piedras, ni escupitajos, ni clavos ni coronas de espinas. Gracias por leerme”. Lissette Sermat.

Martha
Martha
1 mes hace

Enhorabuena a la ganadora, que disfruté mucho leyendo su cuento, y a los dos finalistas. Y también al jurado.