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12 de enero de 1936: Primeros mítines monárquicos

12 de enero de 1936: Primeros mítines monárquicos

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Domingo, 12 de enero de 1936: Primeros mítines monárquicos

A las diez de la mañana, una riada humana bajó por la calle Tetuán, camino del cine. El éxito de afluencia sorprendió a los propios responsables del acto. Nadie, en la minoría monárquica, había imaginado tal concurrencia. Ni siquiera los periódicos afines habían podido predecirlo. En el cine Monumental, Calvo Sotelo se preparaba para su intervención. En el teatro de la Zarzuela, la conexión radiofónica estaba lista para retransmitir las palabras de los oradores desde otros locales. Y aquí, en el cine Madrid, a pocos metros del bar en que se había fundado el Partido Socialista, Antonio Goicoechea, líder de Renovación Española, ya subía al estrado.

La sobria arquitectura de la primera sala de proyecciones del cinematógrafo de la capital estaba acostumbrada a este tipo de actos. El cine Madrid nació como frontón: el frontón Central, uno de los más grandes de la Villa. Además de partidos de pelota, por las noches acogía espectáculos de varietés al más puro estilo parisino, cuando no se convertía los fines de semana en local de bailes nocturno. Con el tiempo y los cambios de dueño, sus actividades deportivas fueron decayendo, para acabar transformado en sala de proyecciones. La pista de pelota era la platea. Estaba ocupada por butacas, y en la otrora pared del frontón se fijó la pantalla. La amplitud del local lo hacía idóneo para estos lances. Por allí habían desplegado su mejor oratoria desde Antonio Maura hasta Azaña.

"Elegante, de gesto serio y solemne, Goicoechea representaba las virtudes de una raza nacida para gobernar"

La platea estaba repleta: al fondo del pasillo central y en los laterales se agolpaba el público que no encontraba butaca. Arriba, en la primera planta, la situación no cambiaba. Faldones con la cruz de Santiago sobre las aspas de Borgoña, señas de identidad de Renovación y del carlismo, decoraban los palcos. Varios hombres con boina roja controlaban el acceso. Las damas monárquicas, armadas con huchas, realizaban una colecta para sufragar los gastos del acto. El ambiente se teñía de humo de cigarro, de perfume rancio. De repente, alguien por la megafonía pidió la retirada de los requetés. Se intentaba desterrar del acto toda imagen autoritaria, y los tradicionalistas desfilaron hasta la salida, entre aplausos.

Ante este aforo, el muy alfonsino Antonio Goicoechea apareció en el estrado junto con varios diputados tradicionalistas y la plana mayor de los monárquicos: Maeztu, Lamamié, Zunzunegui, De la Cierva. La ovación hizo temblar las paredes. Elegante, de gesto serio y solemne, Goicoechea representaba las virtudes de una raza nacida para gobernar. Pronto, gracias a la conexión radiofónica, se escucharon las palabras de Calvo Sotelo y del conde de Rodezno, desde el Monumental. Cuando le llegó el turno a Goicoechea, la satisfacción no podía borrarse de su cara. En pie, entre aplausos y vivas que tronaban en el antiguo frontón y, ante el micrófono, saboreó el momento e impuso silencio con un movimiento de las manos.

—Vamos a participar en los comicios, no os engañéis —exclamó—. Vamos a presentarnos, aunque todos los presentes seamos monárquicos y enemigos irreconciliables de la democracia. A la República, nosotros no la odiamos, porque no se puede odiar lo que se desprecia. Comparecemos como miembros de un vasto frente nacional antirrevolucionario. Porque un frente es la colocación de tropas en la línea de batalla, y en batalla estaremos, no solo en los comicios, sino en cualquier lugar donde el combate se produzca. La revolución no es únicamente el desorden, sino la ideología que lo alienta. La ideología son las entrañas maternas que solo se vacían cuando alumbran el feto monstruoso y criminal, ante el tenebro que lo oculta y el brazo que ejecuta. Para nosotros, el frente nacional ha de ser antilaicista, antiseparatista y antimarxista, lo cual es decir sencillamente… antirrepublicano —concluyó, entre aclamaciones.

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