Hubo un tiempo —lo viví— en que para cruzar Europa hacía falta un pasaporte. Luego bastó un billete de avión. Hoy vale una aplicación móvil y la convicción de que Florencia existe para hacerse selfis delante de una estatua cuyo nombre importa un carajo. Pero quizá haya llegado el momento de invertir el proceso. Modestia aparte, he dado con la solución.
Puestos a legislar cosas, se me ocurre algo más práctico, aunque deliciosamente irrealizable. Justo por eso me pone caliente. Con tanto gritar que el lobo viene de afuera, me parece que estamos atentos a la frontera equivocada. Los nuevos bárbaros —en el sentido histórico del término— sólo vienen a dar la puntilla, el empujoncito final. Porque la verdadera frontera de Europa nunca fue geográfica. Es una frontera intelectual, y a los auténticos bárbaros los tenemos dentro desde hace mucho. Somos usted, yo mismo, nuestra hija Silvita y nuestro cuñado Manolo.
Examen previo para obtención del pasaporte cultural. ¿Ya visitaron París?… De puta madre. Respondan a unas preguntas sencillas. ¿Quién fue Viollet-le-Duc? ¿Por qué la Torre Eiffel es más que un decorado para fotos nupciales y vídeos de TikTok? ¿Qué novela escribió Victor Hugo sobre esa catedral ante la que gente de toda raza, idioma y color se toma ochocientas mil fotos haciendo posturitas idiotas?
¿Ah, que ya estuvo usted en Florencia? Estupendo. Entonces, explique brevemente quién era Lorenzo de Médici. Distinga a Giotto de Botticelli. Diga por qué Brunelleschi resolvió un problema arquitectónico que muchos consideraban imposible… ¿Visitó los Uffizi? Perfecto, criatura. Indique una diferencia entre el Renacimiento y el Manierismo. Sólo una, oiga. Tampoco pedimos una tesis doctoral.
Y, bueno. Si después de haber visitado Madrid o Atenas responde que Leonardo da Vinci pintó Las meninas, o que el Partenón es un monumento romano, ni pasaporte ni pepinillos en vinagre: su solicitud de acceso a museos, monumentos y patrimonio cultural europeo quedará rechazada. No es nada personal, imbécil. Simplemente, no lo merece. Váyase a hacer puñetas o viaje por quince euros a una playa del Caribe, pero no ande por aquí formando colas y dando por saco.
Además, para redondear la cosa, los aeropuertos podrían incorporar una zona de control previo que no sería con perros y tal, sino una aduana del conocimiento:
—¿Algo que declarar?
—Sí. Como acredita mi pasaporte, leí a Burckhardt, conozco la historia de los Médici y sé distinguir el Quattrocento del Cinquecento.
—Excelente. Puede pasar… ¿Y usted?
—Yo vi un vídeo de treinta segundos en TikTok donde un influencer explicaba todo el Renacimiento mientras bailaba salsa.
—Lo sentimos mucho, sala de espera número siete. Allí encontrará una biblioteca.
Naturalmente, habría recursos. La denegación sólo implicaría un período de formación voluntaria: tres meses con Tucídides, un curso sobre Dante, un verano con Montaigne, nociones elementales de Goya… Millones de turistas irían a un saludable limbo pedagógico, las colas desaparecerían, el Prado recuperaría el silencio, la Biblioteca Ambrosiana volvería a parecer una biblioteca, Venecia dejaría de funcionar como un parque temático…
El problema del turismo contemporáneo no es la cantidad de personas que viajan, sino la turba voluntariamente analfabeta que satura aeropuertos, museos y lugares sin intención de explorar en serio la única geografía que realmente explica el mundo que patean y degradan: la del conocimiento. Ese utópico pasaporte cultural preservaría no sólo tres mil años de memoria, sino también la idea misma de cultura: la única frontera que a estas alturas del disparate europeo vale la pena defender.
No faltará quien diga que, bromas aparte, se trata de un concepto elitista del asunto. Y tendrá toda la razón. Elitista, por supuesto. Sí. De eso precisamente se trata.
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Publicado el 26 de junio de 2026 en XL Semanal.


¿Algo que declarar?
Pues ahora que lo dice, sí: Que los atardeceres son más relajados que las mañanas. Que a los amigos hay que mirarles a los ojos en lugar de a las pantallas. Que, como decía el sabio griego, hay que comer con el que come. Que el hombre deja de jugar porque envejece y envejece porque deja de jugar. Que ya sabemos lo que significan las Ítacas. Que la felicidad es un arma de fuego siempre descargada. Que hasta a los enemigos les daremos agua. Que más valen cien pájaros volando que uno quieto en la mano. Que el problema del mundo es que está edificado en torno al dinero en lugar de alrededor de las personas. Que Roma no se destruyó en un día. Que hagas el bien y mira con amor a quien. Y, en especial, que escondida detrás de una ranita siempre puede haber una princesa esperando un beso, si nos lo pide.
Sí, mejor…no me deje entrar.
Como un péndulo, o dando bandazos, pasamos de la miseria a la abundancia, de vacas flacas a vacas gordas, de esfuerzo por sobrevivir a dolze farniente, y poco a poco, viviendo, creando, se acumula la Historia, se levantan los monumentos, se ancla la mitología… se comparte una Cultura, de una civilización.
Lo singular del presente es, si me permiten la tozudez, el tremendo impulso del “pulso energético” en estos a penas dos siglos en los que hemos quemamos lo que tardó literalmente millones de años en acumularse y consolidarse. Lo consumimos como si no hubiera un mañana (carpe diem, colegui) y en efecto quizás no lo haya, o no como lo soñábamos. La trayectoria es de colisión, la “gran simplificación” está en curso: escasez y conflictos crecientes, perseverando en dañarnos, contumaz y orgullosamente, señalando con el dedo el rumbo de nuestra deriva.
“Alzen la mirada”, miren a su alrededor y encuentren un objeto cotidiano que no haya pasado por un contenedor y un camión, que no sea de plástico o similar, o de la siderurgia del carbón, que no haya crecido con fertilizantes de síntesis, que no dependa de la minería de múltiples rincones del orbe… que no le afecte el declive geológico.
De qué otro modo se habría generalizado nuestra modernidad: los estudios superiores, las jubilaciones, la emancipación de la mujer, los derechos laborales, la dispersión urbana… Se hizo, porque se quiso, y ante todo, porque se pudo. Las leyes humanas siguen a las físicas; jamás fue al revés.
Podemos alejarnos un poco y empezar a conocer incluso las historias de otras civilizaciones, avanzadas, complejas, pero que no alcanzaron una “revolución industrial”. En esto habría que reconocer la herencia católica y cómo la Iglesia modeló occidente desde el medievo propiciando el intercambio de conocimiento… Piip, piip… ¡Alerta digresión!
Será quizás aún más inalcanzable, pero les ruego me permitirán tirar del hilo argumental y les proponga también otro pasaporte del conocimiento.
Para subir en ascensor, deberíamos al menos distinguir entre corriente continua y alterna. Si quieres un bocata de calamares, aprende primero qué es la vernalización o cómo afecta la acidificación de los océanos a la base alimentaria. Disfrutar de una ducha solo precisará entender el ciclo del agua, de la potable, desde su extracción hasta su depuración. Antes de consultar su teléfono, pagar con tarjeta, o apoltronarse con la tedeté, cabilen en qué sucedería con las antenas en el caso de un apagón de más de unas horas (harto imrpobable, claro). Y para meter un pie en la playa con bandera azul, de fina arena (regenarada con draga y bombeo durante la primavera), instrúyanse antes sobre la relación entre temperatura creciente del mare nostrum y los fenómenos de danas o medicanes (improbabilísisimos, convendrán).
Sería un no acabar. Quiénes estaría en las élites. No nos han enseñado a comprender nuestro entorno. Hemos descartado las fórmulas ancestrales en equilibrio con el ambiente. Hemos venido a dominar, domesticar, domeñar. Lo rural se desprecia, lo natural se explota. No queremos saber sobre las consecuencias de nuestros actos cotidianos. No cambies. Persigue tus sueños…
No se trata de culpabilizarse, ni de sentirse deudores o de añadir otro pecado original. Basta con ser humildes, tomar conciencia de la realidad, plantear un virage cultural, una estrategia de futuro, compartida, apetecible, ilusionante, desde hoy mismo.
Gracias.
Y discúlpenme esa ge gabachil errada en “viraje”, y otros tantos posibles lapsus calami. 😉
Hombre, hablando de elitismo y de élites, han sido estas las que han propiciado esta invasión (Iba a decir pacífica, pero las invasiones nunca lo son).
Europa ha puesto en el mercado lo único que le quedaba por vender, antes de prostituirse: las joyas de la abuela.
En los próximos años, prepárese, va a tener que ver cosas peores que las vistas hasta ahora: por ejemplo, la privatización de museos como el Prado, para pagar la factura de la juerga que nos estamos corriendo en estos locos años.
En ese momento, usted tranquilo: poca gente va a poder acceder a un museo, y Velázquez, Goya o Zurbarán serán sólo para unos cuantos, aunque esos cuantos accedan a estos maestros, no tanto por su sensibilidad y conocimientos culturales, y sí por su dinero.
No hará falta pasaporte.
Ya le digo: las invasiones nunca son pacíficas, y siempre hay detrás una manita neo liberal y anarcocapitalista que las propicia.
Al tiempo.
Saludos.
Bernini vs Borromini
Imaginemos la Roma
De pleno esplendor barroco
Pero tomándolo a broma
Para reírnos un poco.
Pintemos así dos lienzos
Y, sin mostrarnos reacios,
Diferenciemos los tiempos
Pero compartiendo espacio.
Está en Piazza Navona
Un grupo de mozalbetes
Descansando, a la sombra,
Con sus dimes y diretes.
Unos junto a la Fontana,
Otros frente a Santa Inés,
Sentados, sin hacer nada,
O mojándose los pies.
Han llegado en procesión
Desde lejanos lugares
Para tomar posesión
De “intereses culturales”.
En el otro, dos fulanos,
Que aparecen de la nada,
Discuten acalorados
Alborotando la plaza.
Son Gian Lorenzo y Francesco
Reprochándose un pasado,
Que aunque parezca grotesco
Aún no han olvidado.
Gian Lorenzo, presumido,
Alardea de su ingenio
Con Francesco, contenido,
Que le mira con desprecio.
Tras ese discurso ufano
Francesco ya no se aguanta
Y, levantando la mano,
Hace callar a quien habla.
Le espeta, sin compasión,
Su nulo conocimiento
Para calcular tensión
De soportes y cimientos.
Entre tanto las cuadrillas
Sigue bregando en lo suyo,
Con selfies y chorradillas,
Ignorancia en grado sumo.
Han pasado ya tres horas
Y sigue la discusión
Del favorito de Roma
Con el que se suicidó,
Pero los desaboridos
Cuelgan vídeos en Tik Tok
De chistes y chascarrillos
O de bailes de hip hop.
Bernini y Borromini
Terminan por aceptar
Que ahora, entre tanto “nini”
Es mejor dejarlo estar.
Para qué han de discutir
Sobre estilos, sobre formas…
Si luego, en el porvenir,
Nadie apreciará su obra.
Magnífica composición. La futilidad en el presente de versadas opiniones.
Gracias amigo.
Aguijón, tu poema me ha parecido una delicia. Tiene el tono justo de sátira culta que tan requetebién manejas, con un fondo amargo disfrazado de humor. La contraposición entre la genialidad de Bernini y Borromini y la vacuidad de los turistas que los ignoran es de una ironía triste y certera. Y el final, con esos dos genios rindiéndose ante la evidencia de que nadie apreciará su obra, es más que demoledor.
Un poema muy bien construido, con ritmo y con mucha mala leche elegante. Nunca dejes de privarnos de tu poética, Sr. Aguijón, te lo ruego gentilmente.
Seguiremos en la brecha.
Gracias.
Elidere: elegir, uno elige, es elitista… Por cierto, el Caribe se satura de gallegos analfabetos funcionales que ponen a los mayas chontales en Machu Picchu y a los aztecas bailando rumba en los restos de La Habana. Hay hasta novelistas españoles con saleros en la revolución mexicana, que espolvorean dicharachos para darle, eso creen, color local.
….salerosos? los españoles? eso es cruel
Como añoro cuando la gente se vestía decente para ir a coger un avión y en los aeropuertos veías elegancia. Y no había aerolíneas de las llamadas bajo coste (low cost las llaman los que no saben hablar su propio idioma), ni pisos turísticos, ni paquetes ídem. Ni pantalones cortos ni camisetas en la ciudad, ni calzado deportivo todo tiempo, ni mochilas infames, ni tatuajes ni perforaciones en la piel excepto para los pendientes de las señoras, ni colas de caballo ni moños en los varones. Los españoles, más que turistas eran viajeros. Los guiris de baja clase empezaron a introducir todo lo arriba mencionado. Y los españoles lo copiaron con la fe suicida del converso.
Sí, tiempos en que la Ley de Arrendamientos Urbanos permitía pagar un alquiler bajo, con el que se podía ahorrar para comprar una casa y pagar su hipoteca en 10 años; y se protegía la permanencia de los inquilinos y a sus hijos durante toda su vida. Sí, tiempos en que en diez o quince años se construía más vivienda de protección oficial asequible en toda España que en cincuenta años de supuesta democracia en todas las comunidades autónomas juntas. Sí, tiempos en que se hicieron obras públicas en una ciudad de España que impidieron que las crecidas del rio y las danas arrasaran de nuevo la ciudad. Sí, tiempos en que en España había industrias donde se fabricaba casi de todo, inclusive bastantes de los mejores juguetes y textiles del mundo. En fin, eran otros tiempos, Ascua, que ya no volverán. Disfrutemos de lo que sí nos facilita aún el presente, pues los mañanas pueden ser muy diferentes, incluso oscuros y crueles. O más, según quien nos lo cuente.
Qué cierto todo. Hasta que no salgamos de la trampa del sectarismo que nos han metido los políticos, seremos un país en vías de subdesarrollo. No se trata de hacer una defensa o una crítica del franquismo, se trata de mirar la realidad sin el lastre de la ideología y aprender. Cuando hay gobiernos que actúan con flexibilidad y cabeza, mirando al largo plazo, gastando poco pero bien, sin endeudarse demasiado, aprovechando las posibilidades del país, mantenimiendo la estabilidad monetaria y controlando la inflación, la sociedad va sóla. En España hay mucho talento y gente muy válida para trabajar como el que más. Dicen que el país va muy bien… De acuerdo, pues hay margen para ir diez veces mejor!
¡John, qué razón tienes! Mientras la ideología siga siendo el lastre que nos impide mirar la realidad sin prejuicios, este país irá a medio gas. Y sí, hay talento de sobra y gente válida para ir diez veces mejor, pero para eso hace falta lo que tú dices, flexibilidad, cabeza, largo plazo y un poco de sentido común. Ingredientes, todos, que no abundan, precisamente.
Saludos estivales.
Gracias, Amanda. Eso o algo parecido es lo que dice mucha, mucha gente, diría que la mayoría. Así es como gestiona su casa esa mayoría silenciosa. Tal vez por eso, porque es silenciosa, y también porque interesa que lo sea, no se la oye. Y menos aún se la escucha. El papel que nos asignan es trabajar, aguantarlo todo, pagar impuestos y seguir la pancarta de turno. Pues no, oiga, váyanse donde ya saben.
Saludos acalorados y calurosos.
¡Muy buenas, Ángel! Tu lista no solo me ha hecho sonreír y pensar a partes iguales, sino que también me ha vuelto a confirmar lo requetebién que escribes. Lo de que el hombre envejece porque deja de jugar, lo de las Ítacas, lo de la princesa escondida detrás de una ranita…, pues todo junto parece un poema. Corrijo, es un poema.
Y sí, mejor que no te dejen entrar, con eso que llevas en la maleta, no pasas ni el control de equipajes. 😀
Saludos veraniegos y felices.
Gracias. Siempre consigues que tus palabras produzcan suavidad como un bálsamo para el alma. Es un don y una herencia familiar que has sabido conservar perfectamente para congraciar y congratular a las personas. No tiene precio la emoción y la paz que haces sentir.
Por cierto, veo, leo y escucho Veras por todas partes. Hay una serie nueva de investigación: Vera. El punto de contacto para familiares de posibles victimas del incendio: esta en Vera o en Vera de algo. Me hago unas patatas cocidas: y no tengo aderezo salvo pimentón de la Vera. Algo del mundial de futbol que leí el otro día: también salía Vera…
Ah, la frase de que el hombre envejece porque deja de jugar… no es mía. Unos la atribuyen a Oliver Wendell Holmes y otros a Bernard Shaw. Es mi frase favorita. Ante todo Veracidad.
Buenas, Ángel. Muchas gracias por tu preciosa respuesta, tú siempre tan generoso. Me ha gustado mucho saber que mis palabras te producen suavidad y son como un bálsamo para tu alma, eso me ha llegado hondo.
Es cierto que desde muy pequeñita mis padres me inculcaron el ser amable, educada, condescendiente, no egoísta con los demás, y con los años lo he ido poniendo en práctica. La amabilidad, o al menos así lo siento yo, es una de esas extrañas paradojas en las que somos más felices cuando hacemos a otros felices. Me pasa constantemente y me gusta, pues prefiero la felicidad, por efímera que pueda ser, a la amargura.
Me ha hecho mucha gracia lo de las «Veras por todas partes». Cierto, está por doquier. Y mira que es bonito, ¿eh? Tiene ese privilegio de estar dentro de primaVera y también dentro de Verano, como fusionando las dos estaciones a la vez, dos estaciones que a mí me encantan. No obstante, en los últimos años se ha puesto muy de moda. Hay muchas niñas pequeñas que se llaman Vera, cada vez más. E incluso J. del Val eligió ese nombre para la protagonista de su última novela, la del último Premio Planeta. ¡Jo! Cuando me enteré, casi me da algo. No por el nombre en sí, sino por ver cómo la literatura que a mí me interesa, la que se escribe con esmero y es literatura de verdad, convive con otros productos del corte best-seller de aeropuerto, que responden a inercias muy distintas. No he leído esa novela, solo la hojeé un poco en una librería, y confirmé, una vez más, que los premios del grupo Planeta siguen premiando exactamente lo mismo desde hace ya la tira de años. En fin… Me quedo con tu gusto, Ángel, que es infinitamente mejor.
Gracias, también, por lo de la frase tan buena. No sabía que era de Oliver Wendell Holmes o de Bernard Shaw. Sea de quien sea, es una maravilla, y tú, con tu Veracidad, la honras.
Un abrazo Veraniego.
Podría argumentar, discutir y hasta debatir, cada uno de sus párrafos. Pero me quedaría sin palabras y usted sabe jugar, y excelentemente bien, la esgrima del verbo, de las ideas.
En cualquier caso, y a mi favor (?), trabajo, desde hace más de 20 años, en un aeropuerto y usted se quedó corto.
Un simple ejemplo:
Familia que vive cerca de Lausanne, a unos 60 kilómetros largos del aeropuerto de Ginebra. Tiene un vuelo de Ginebra-Addis Ababa-Moroni. El chequeo comienza a 3 horas antes del despegue. Se presentan a 25 minutos, antes del cierre, y, en ese momento, se dan cuenta que de sus cinco pasajeros NINGUNO TIENE SU PASAPORTE, pero, eso sí, todos, sus inmensas maletas -dos por persona- y cualquier cantidad de bártulos.
La señora, muy alterada, me dice: “Nadie me informó que no puedo viajar con la licencia de conducir suiza o el DNI de los comorenses”.
Eso me sucedió ayer y el “chou”, del verano, ahora es cuando se inicia.
PS: La Doña, para más inri, trabaja en un organismo internacional y no paga los impuestos de este helvético territorio.
De ser así, muy poca gente podría viajar. Ni ministros, ni deportistas, ni famosos.
Muy bueno.
Maravilloso, voluntariamente analfabeta, describe nueestras clases políticas sin la menor duda.
Don Arturo, suscribo lo esencial. Ese pasaporte cultural es una utopía necesaria, y lo de elitista, por supuesto que sí, de eso se trata, ¿no?
Hola. Yo creo que todas las utopías deben ser elitistas; para que todos y todas o la gran mayoría que lo desee se pongan al nivel de quienes están en la posición más elevada. La vida humana toda debería ser una élite. Por ejemplo en la enseñanza y la sanidad, en general. Y en el mundo hay medios suficientes para conseguirlo si se hacen las cosas con cabeza y corazón. Pero parece que de lo segundo hay unas élites que no concuerdan con las que poseen el maldito dinero, que pasó de sustituir a una mera forma de cambio a un fin en sí mismo.
Totalmente de acuerdo con cada palabra. Has llevado la idea del elitismo como utopía un paso más allá, y esa lucidez tuya ya es marca de la casa. La utopía no debería ser que todos tengan lo mínimo, sino que todos puedan aspirar a lo máximo. Enseñanza, sanidad, cultura, todo lo que nos hace mejores. Me temo, no obstante, que mientras el dinero siga siendo un fin en sí mismo y no un medio, mientras haya élites que no concuerdan con las que deberían guiarnos, el corazón y la cabeza seguirán yendo por un lado y el mundo por otro, y no habrá tutía. Aunque, como bien dices, si se hicieran las cosas con cabeza y corazón, otro gallo cantaría
Un fin en sí mismo. Cuántas cosas dichas en una frase.
Si nos ponemos así, también para ser padres (la palabra incluye a las madres), se debería antes pasar un exámen…