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El chorrito mortífero

Les hablaba hace unas semanas de pijohoteles de moda, de las nuevas maneras que convierten al cliente en víctima de siete mil chorradas cursis, y todo eso. Pero me dejé fuera, porque no me cabía, contar una experiencia personal que ilustra el asunto con cierta propiedad. Ocurrió hace poco, en un hotel europeo cuyo nombre no menciono porque, si vuelvo alguna vez, me expongo a represalias. Hablo de un hotel superelegante, de diseño ultramoderno, donde me vi obligado a alojarme porque en el mío habitual no había habitaciones disponibles.

Por supuesto, averiguar cómo funcionaban las luces de la habitación me llevó cinco días, y me fui sin controlarlas del todo. Pulsabas un sensor –había una docena, sin indicación alguna– y se encendía todo, o se apagaba, o se iluminaba la cama, o el saloncito, o se corrían las cortinas. Por supuesto, el efecto de luces era precioso, pero ninguna estaba donde hacía falta para leer, y tuve que hacerlo con la luz del teléfono móvil. Al fin descubrí que el mejor sistema era pulsar sensores al azar acompañando el acto con sonoras blasfemias que cuestionasen virginidades y santidades diversas. Así, utilizando unas lámparas y desenchufando otras o retirando las bombillas, resistí de forma razonable.

Pero lo más infame, el Gólgota del asunto, fue sin discusión el cuarto de baño. Y juro por mis muertos más frescos que lo que cuento es rigurosamente cierto. Apenas cruzo el umbral, el lugar empieza a zumbar. Piiiii, hace. Al mismo tiempo se enciende una luz tenue, más bien azul, y luego varios pilotos luminosos. Como estoy paralizado por el estupor no ocurre nada más, pero en cuanto me muevo surge del techo un sonido de nave espacial soviética despertando tras siglos congelada en Siberia. Me acerco al inodoro, lo miro y éste –que caiga muerto ahora mismo si les miento– me lee la pupila con sensores fotoeléctricos. Y antes de comprender qué demonios sucede, la tapa se abre sola con una lentitud dulce como la escotilla de una cápsula de 2001: Una odisea del espacio.

Esto no puede estar pasando, me digo. No es real. Miro alrededor buscando cámaras ocultas, pero nada. Sólo el inodoro y yo –observo que no hay bidé– contemplándonos como Clint Eastwood y Lee Van Cleef en La muerte tenía un precio. Miro la marca impresa en el blanco recipiente. Grohe, leo con asombro: el fabricante de inodoros fruto de los avances más punteros entre Alemania y Japón, unidos por el sueño húmedo de informatizar el retrete occidental.

Ha vuelto el silencio y ahora la lucecita azul parpadea. Eso acojona mucho, como si fuera la cuenta atrás de algo. Con suma cautela, temiendo hacer un movimiento fatal, estudio la situación. Hay un cuadro de mandos frente al inodoro, en la pared. Es una especie de panel de submarino nuclear, lleno de sensores con dibujos inquietantes: gotas negras, siluetas humanas atravesadas por chorros misteriosos, flechas y símbolos que parecen instrucciones para lanzar misiles sobre Kiev. Y entonces cometo el primer error. Me acerco al inodoro, todavía vestido con mis pantalones chinos beige y la camisa azul remangada. Curiosidad pura o instinto suicida masculino, llámenlo como quieran. La misma actitud con que James Bond desmontaría bombas artesanales en Beirut fumándose un pitillo.

Con una mano tapo el sensor, a ver qué pasa, y con la otra pulso al azar un dibujo esquemático donde chorros de agua apuntan alegremente hacia figuras humanas. Al principio no pasa nada. Permanezco inclinado frente al inodoro igual que un artificiero indeciso entre el cable rojo y el azul. Y entonces, lentamente, ocurre. Como en esas películas de ciencia ficción donde un brazo articulado manipula residuos nucleares, en su interior empieza a emerger algo. Del hueco donde apenas cabe el pico del Pato WC surge una especie de dron extensible biónico: un mecanismo telescópico de precisión quirúrgica, acompañado por zumbidos de distinta intensidad y tono. Aquello avanza lentamente hacia el centro del inodoro como un francotirador tomando posición. Luego gira, se enciende una pequeña luz roja intermitente, suena una musiquilla, y antes de que yo pueda reaccionar, aquel Mazinger de la higiene íntima dispara hacia arriba un fino chorro mecánico, helado, violento, que me impacta directamente en el pecho, justo sobre el corazón, empapándome la camisa.

Retrocedo horrorizado mientras la máquina sigue funcionando con serenidad asesina; secándome la camisa con una toalla y dando gracias a Dios porque el chorro no me haya pillado sentado, indefenso, expuesto a lesiones íntimas irreversibles. Tecnología germano-japonesa aplicada al colon humano, pienso. Tiene huevos la cosa. Y todo para ahorraros un maldito bidé, cabrones.

____________

Publicado el 19 de junio de 2026 en XL Semanal.

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Sonia Martinez
Sonia Martinez
16 ddís hace

La verdad usted es demasiado buen escritor, como para arriesgarse a publicar esta crónica sin humor.

basurillas
basurillas
16 ddís hace

Y en el inodoro descubrió una plaquita con el nombre y número del modelo del inquisitorial artefacto: HAL 9000.
Bienvenidos al terror revertiano del tercer milenio.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
15 ddís hace
Responder a  basurillas

¡Tal cual! Solo faltaba que el bicho te susurrase con voz monótona aquello de «Lo siento, Ángel, temo que no puedo dejarte hacer eso». El verdadero terror del tercer milenio.

Canopeli
Canopeli
13 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

¡Tengo que ver esa película ya! Gracias.

Koldo Burdin
Koldo Burdin
15 ddís hace

Ja, ja, ja, ¡ay don Arturo! Me imagino lo q le dirían mis hijas (solo un año menores que la suya y yo sólo 6 menos que usted). Hágase a la idea: los bidés ya no existen.
Pero lo que sí le digo yo es que el problema tiene fácil cura, limítese a hotelitos como mucho de 4 estrellas y prescindirá de esos inconvenientes.
En cualquier caso, muchas gracias por las vitaminas de la risa que siempre son bienvenidas.

Aguijón
Aguijón
15 ddís hace

El trono de referencia

Si La Trinca ya cantó
Al chorrito del bidé,
Y, luego, se despachó
Con higiénico papel,

Hoy le toca a un servidor
Referirse al WC,
Y aprovecho la ocasión
Para saludar también.

Don Arturo nos sumerge
En cuestiones de inodoro,
Maestro Pérez Reverte
Analicemos a fondo:

“Es más fácil que mear”,
Expresión que manifiesta
La nula dificultad
Que dicha acción representa,

Ya no se podrá decir,
Pues para eso está la ciencia,
Para siempre interferir
La sabía naturaleza.

El hombre al mear de pie
Demostraba su indolencia
Y, en cuclillas, la mujer
Desahogaba su conciencia.

Ahora se invita a que,
Por higiene y por prudencia,
Sentarse en el WC
Sea universal sentencia.

Ya que el wáter, como ve,
Cual trono de referencia
Pretende hacer de bidé,
Asúmalo con paciencia,

Puesto que bien sabe usted,
Fuente de total solvencia,
Que en La Moncloa a su vez
Mea tiesa la parienta.

(Nadie se enoje, ¡por Dios!,
No es por maledicencia,
Es por el invento woke
De novedosa excrecencia.)

Así pues, a disfrutar
De la triste incongruencia
Pues ahora hay que estudiar
Hasta “pa” orinar. ¡Qué herencia!

Enrique
Enrique
13 ddís hace
Responder a  Aguijón

Genial

Aguijón
Aguijón
12 ddís hace
Responder a  Enrique

Gracias

Javier
Javier
15 ddís hace

Yo, aprovecho la ocasión que me brinda este espacio, y el motivo de su artículo, relatando su experiencia con las nuevas tecnologías aplicadas al mundo de los sanitarios, para reivindicar nuestra patriótica, señera y tradicional marca de inodoros, Roca.
Albos, elegantes, marmóreos y sólidos; han significado para España algo más que un inodoro. Si hay algo en el mundo que nos une a los españoles, son los inodoros Roca. Mucho más que la bandera o la constitución. Los verá usted instalados en todos los baños, públicos y privados, desde el Cabo de Finisterre hasta el Cabo de Gata; desde el de Matxitxako hasta la punta de Tarifa, desde el Cap de Creus hasta el Cabo de São Vicente y la punta de Sagres, en el Algarve portugués.
Un amigo mío se sacó la carrera de derecho y la de filosofía y letras, sentado en uno de ellos. Otro, compuso una sinfonía inacabada, una ópera, aún inestrenada, y varios poemas sinfónicos, sentado en otro. Otro se leyó todo el Siglo de Oro español, los románticos, la generación del 27 y las obras completas del filósofo danés Søren Kirkegaard.
Dada la aportación de esta marca de inodoros al ejercicio de la lectura, y a la cultura en general, hago votos porque la Real Académia de la Lengua lo incluya en su mobiliario, sustituyendo así a los pesados y anticuados sillones, con letra mayúscula y minúscula, que actualmente ocupan un lugar inmerecido en tan docta y egregia institución, guarda y guía de nuestra lengua.
Y lo más importante: los inodoros Roca, no tienen, ni falta que les hace, chorritos modernistas, automáticos e inoportunos, ni otras zarandajas, que disturbien la paz de nuestros esfínteres y nuestra curiosidad gatuna, como le ocurrió a usted el dia de autos, hecho tan profusamente relatado en su artículo.
Saludos.

John P. Herra
John P. Herra
15 ddís hace
Responder a  Javier

Hombre, y aquello de decir “voy a ver a Roca” es una de las maneras de excusarse más completas que he oído.

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
15 ddís hace

En la academia de Úbeda, teníamos los típicos wáteres del agujero y dos huellas en relieve para los pies, había que defecar en perfecto equilibrio, si no querías terminar sentado en una montaña de excrementos. Después de eso, cualquier reto de luces y botones es una nadería.

Celso
Celso
15 ddís hace

Arturo, me he reido mucho con la frase del submarino nuclear, 🙂

Mónica
Mónica
15 ddís hace

Tanta violencia me supera pero es tal el placer de leerle que me aguanto el dolor

John P. Herra
John P. Herra
15 ddís hace

He pasado miedo en esta lectura. Creía que iba a acabar peor que mojado por un chorro de agua. De una cabeza capaz de ponerse a idear estas chorradas, nunca mejor dicho, se puede esperar cualquier cosa. Cualquier día se hace realidad la canción de Siniestro Total sobre el asunto.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
15 ddís hace
Responder a  John P. Herra

¡Es que es literal! (Como dirían mis alumnos 😀 ) Al final resulta que los de Siniestro Total eran unos visionarios. Al paso que vamos, la piedra pómez va a ser todo un lujo asiático comparado con el terrorismo domótico.

Saludos veraniegos.

John P. Herra
John P. Herra
14 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Ya te digo, Rodrigo. Supongo que a los tatarabuelos les horrorizó la llegada del bidé, vulgo lavabóvedas, que a mí me parece artilugio sine qua non para un lugar civilizado. Me parece degradante el chorrito en la zona noble, pero supongo que acabará imponiéndose y el bidé se verá dentro de unos años como un horror del pasado. Sarna con gusto…

Saludos

Amanda Itzas
Amanda Itzas
14 ddís hace
Responder a  John P. Herra

John, lo del «vulgo lavabóvedas» me ha hecho soltar una carcajada. No lo había oído nunca y, con tu permiso, lo adopto:D. Y sí, el bidé es patrimonio (y bien común) de la civilización, vamos como llegue a desaparecer…, presento una queja formal ante quien haga falta.

Saludos veraniegos.

John P. Herra
John P. Herra
11 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Es una pedrada mía… Detesto los galicismos como bidé, pompis, etc.

Un saludo.

José Prats Sariol
José Prats Sariol
15 ddís hace

Lo peor es que tales inventores nos desprecian, nos consideran medioevales, escasos de neuronas, recua de ancianos. Mientras ellos añaden otro botón a sus chatarras.

Javi
Javi
15 ddís hace

Me he echado unas buenas risas, de todas formas esos inodoros son muy prácticos, yo tengo uno en casa.

Diego Alejandro Ramírez
Diego Alejandro Ramírez
15 ddís hace

Don Arturo:
Intente programar el aire acondicionado en cualquier hotel -jajaja- “inteligente”.
Botón pa’rriba, botón pa’bajo…, güertica pa’llá, güertica pa’cá, intente aumentar el fluido de aire al máximo.
Y nada.
Vuelva a reiniciar todo el protocolo, desde el principio.
Y nada.
Luego de recordar medio santoral y las oraciones infantiles, vuelva a intentarlo.
A veces funciona.
Y, de repente, el halito de Belcebú puede soplarle, desde algún lugar de la habitación, para transformarla en una sucursal del infierno -me refiero al de Dante, el octavo círculo, para ser más específico-.
Y si es en Madrid, en Amsterdam, o en cualquier capital europea, en Verano, la cosa es celestial.

Natasha
Natasha
15 ddís hace

Me ha hecho usted reír con la referencia a Clint Eastwood, desde siempre he leído su columna y siempre me ha entretenido con sus historias, me ha acompañado mientras crecía. Gracias y espero que puedas leerlo durante muchos años más.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
15 ddís hace

Lo verdaderamente inquietante no es el inodoro asesino de don Arturo. Lo terrorífico es imaginar la tormenta de ideas en los despachos de Grohe, en su pecera acristalada de diseño aséptico y frío siberiano donde se aprobó el engendro:

—Hans, el váter ya cumple su función higiénica.
—Nein. Debe escanear córneas, emitir sonidos de submarino soviético averiado y desestabilizar mentalmente al huésped.

Yo ante tal bicho ya no busco alivio sino un tratado de paz. Te ves ahí, a las tres de la mañana, susurrándole a la loza que tú no quieres problemas, que no firmaste el Tratado de Versalles y que solo pretendes salir viva de ahí con la honra intacta y los pantys Marie Claire secos. Porque a don Arturo el chorro biónico le pilló de pie y le caló la camisa, pero piensen en el riesgo de sufrir lesiones irreversibles si te pilla sentada e indefensa. Eso ya es terrorismo sanitario.

Al final padecemos la paradoja cuántica de estos hoteles. Para encender una bombilla tienes que recurrir a las sonoras blasfemias que menciona el artículo para ver si aciertas el sensor, pero luego no encuentras un miserable gancho para colgar la toalla. ¡Ains! El progreso consistía en que un retrete te juzgue la pupila con frialdad germánica mientras tú sujetas el neceser con los dientes.

basurillas
basurillas
15 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Me lo has recordado muchísimo Vera. No tengo más remedio que dejarte ese relato corto que escribí ya hace casi diez años.

ESA COSA
Esa cosa se arrastraba por las paredes de la conducción. A pesar de su enorme tamaño, utilizando sus cientos de pequeñisimas pezuñas, podía alcanzar una increible velocidad. Incluso en un medio totalmente acuoso la forma de las mismas la impulsaba como un rapidísimo nadador, tal que un enorme filamento corrugado y sedoso que se deslizaba de manera inflexible como un torpedo hacia su objetivo. Podía variar su anchura a voluntad, desde unos pocos centímetros, similar al diámetro de un carrete de hilo, hasta un círculo mayor que la rueda de una bicicleta pequeña; lo cual la hacía adaptable a todo tipo de orificios, a todo tipo de huecos, a todo tipo de espacios y recovecos, dado que unía a esa cualidad la elasticidad del caucho. Se había originado probablemente en un laboratorio. Una aberración de un científico demente y descuidado o el resultado de un experimento fallido cuya existencia fue demasiado comprometedora como para mantenerse en las instalaciones y tanques de prueba. El hecho es que consiguió traspasar los materiales y los filtros y atravesar la entrada a la red de saneamiento de la ciudad.
Durante los primeros meses se alimentó del agua pútrida y maloliente de las cloacas, luego consiguió atrapar pequeños ratones y ratas, pero ahora su voracidad congénita ansiaba presas mayores. Las múltiples bocas en su parte delantera podían desgajar en unos segundos y triturar todo tipo de tejidos, músculos, tendones y huesos. Los pequeños labios en cada una de esas bocas podían succionar con una fuerza brutal los elementos líquidos o fibrosos de sus presas. Hace escasos días, un gato curioso y abandonado que se aproximó demasiado a una boca de alcantarillado, en el bordillo de una calle, pagó con su vida su osadía y curiosidad al escuchar el ruido similar a un burbujeo que producía la Cosa en contacto con el aire. Unos segundos después, sólo unas pequeñas manchas de sangre y unos pequeños trozos destrozados de vísceras señalaban el lugar en el que el felino fue capturado. Pero desde entonces la entidad había aumentado de tamaño, de forma pareja a su ansiedad y necesidad de alimento, y se movía inquieta por aquella estrecha conducción vertical, donde un poco de luz era procesada, al final, arriba, por su primitivo aparato visual; donde una sombra oscurecía de pronto el escueto círculo de luz…

Marta había pasado mala noche. Aquel café, poco antes de acostarse, la había desvelado mucho más de lo normal mientras, como en las últimas noches, devoraba las páginas de aquella novela gótica, trágica y espeluznante. Hasta las tres de la mañana, más o menos, no había podido conciliar un rato de sueño. Y es que la acción del libro, con una acción trepidante y un resultado extremadamente sangriento, le habían impedido cerrar los ojos y abandonar la lectura. Ahora, a las casi cinco de la mañana, sólo una hora antes de tener que levantarse para marcharse a su trabajo en el juzgado, unas acuciantes ganas de ir al aseo la habían obligado a acudir al mismo. Cogió el libro que había caído al suelo desde la cama y se lo llevó al cuarto de baño para hacer una señal en la página hasta donde había llegado en la lectura. Subió la tapa del WC, se sentó en la tabla y empezó a pensar en los plazos de los recursos judiciales que vencían ese día.
De repente escuchó como un siseo que crecía en intensidad. Sintió una sensación húmeda cortante y pegajosa y un enorme dolor. Un dolor tan agudo y lácerante que parecía atravesar su alma. Y luego ya todo fue oscuridad…

Amanda Itzas
Amanda Itzas
14 ddís hace
Responder a  basurillas

Hola, Ángel, me ha encantado tu relato; muchas gracias por compartirlo. Tiene un ritmo narrativo impecable, una atmósfera opresiva y un dominio del suspense que me ha enganchado desde la primera línea. La descripción de «Esa cosa» es superenvolvente, ese ser que se desliza y se adapta a todo, capaz de triturar tejidos y huesos con sus múltiples bocas, y el final, con Marta en el baño, me ha dejado un escalofrío que aún me dura. La tensión crece frase a frase y el desenlace es brutal. No sabía que escribieras ficción, y ahora que lo sé, creo que deberías presentarte a los concursos que organiza Zenda y a otros certámenes.

P. D. He estado unos días desconectada, pero ayer por fin te dejé una respuesta en el penúltimo «Patente de corso» de don Arturo. Una chorradita, nada del otro mundo, pero ahí está.

P. D. 2. Por cierto, hace muy poco Manuel Vilas publicó un artículo aquí en Zenda. ¡Me encanta cómo escribe el barbastrense! Yo le dejé un comentario, pero, curiosamente, nadie más lo ha hecho. Y esto me lleva a pensar que no es el único caso. Hay muy buenas plumas que publican en Zenda y muy a menudo no reciben ni un solo comentario, o como mucho uno. Me sorprende, la verdad, aunque también lo entiendo. Hay lecturas estupendas, pero no siempre tenemos tiempo para responder; en fin, supongo que muchas veces lo pensamos, pero no llegamos a escribirlo. Bueno, también es cierto que don Arturo tiene un imán especial, y por eso arrastra tantos comentarios.

Un abrazo enorme.

basurillas
basurillas
14 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Muchas gracias, Vera, por tu opinión tan favorable de mi relato. Tengo bastantes más publicados, de distintos temas, géneros y extensión en el foro de Papyrefb. Corresponden a una época de mi vida de impetuosa creatividad. Con tenerlos allí tengo suficiente, espacio compartido con otro autor que, al mismo tiempo, es un gran fotógrafo y muestra alguna de sus creaciones literarias y fotográficas.

Gracias por tus líneas en el penúltimo artículo de don Arturo, como siempre de una sinceridad ejemplar.

Encontré muy solitario tu magnífico comentario en el artículo de Vilas y, para hacerle compañía -el artículo se lo merecía- dejé mi opinión al respecto.
Un abrazo y buen fin de semana.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
14 ddís hace
Responder a  basurillas

Amigo, Á., gracias mil por tus palabras. No sabía que tenías más relatos publicados en Papyrefb, ni que compartieras espacio con ese músico y fotógrafo. Me pasaré por allí con calma para leerlos. ¡Qué ganas tengo!

Por cierto, te he respondido en el artículo de Vilas.

Muy buen finde para ti, también.

Aguijón
Aguijón
14 ddís hace
Responder a  basurillas

Acojonado me ha…
Si vuelvo a leer de madrugada y me entran ganas de “mingitar”usaré un orinal por si las moscas.
Saludos.

basurillas
basurillas
14 ddís hace
Responder a  Aguijón

Jajaja. Gracias señor Aguijón. En esos vetustos y prácticos recipientes si que no hay peligro de que le sorprenda un crocótero comiculis, ni el chorrillum limpiamaticus de don Arturo. No obstante recuerde que en noviembre le llegará, en su caso, el segundo ejemplar del impuestus rentibus esquilmatorum, de parecidas capacidades de absorción y quebrantadoras que el crocótero.
Un abrazo.

John P. Herra
John P. Herra
14 ddís hace
Responder a  basurillas

De niño miraba antes de sentarme a hacer las tareas propias del lugar. Creo que recuperaré la costumbre después de leer esa historia.

basurillas
basurillas
14 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Gracias John. Siempre viene bien un poco de comezón y de prudencia. Nunca se sabe si algún nuevo tipo de ser se unirá a los cocodrilos que, según las leyendas urbanas consolidadas, se encuentran en las cloacas de las grandes ciudades. Inclusive las del poder político y económico.
Un abrazo invertebrado.

Rosa
Rosa
13 ddís hace

Los bidets son muy necesarios. O bien un buen manual de instrucciones.

Jaime Ramírez Morales
Jaime Ramírez Morales
12 ddís hace

Dave, no quiero morir… Dave, no quiero morir… (Y suena una canción que la máquina había aprendido, pero que cada vez se vuelve más tétrica mientras el astronauta va apagando los módulos de la computadora de la nave que ha intentando matarlo).

Última edición 12 ddís hace por Jaime Ramírez Morales
Jose
Jose
12 ddís hace

Recién llegados, con mi esposa, de Japón y China y contar a familia y amigos de las experiencias de nuestro recorrido, debo decirle Don Arturo que su crónica sobre la luminotecnia de las habitaciones y la ciber conducción sobre la higiene en el baño nos ha hecho llorar de risa. No esta solo, nos ha pasado lo mismo.

Francisco
Francisco
11 ddís hace

El chorrito…ya mencionado por D.Jose Isbert en “Bienvenido Mr. Marshall” Que grandísimo guionista de Berlanga habría sido Vd. D. Arturo.

Jose Alvarado
11 ddís hace

Un buen articulo Don Arturo; Un retrete siempre es un asiento; para el soliloquio; aunque con retretes así; se deben colocar letreros claros de advertencia; es decir nadie espera ser baqueteado por un brazo biomecánico; con luces y sonidos que encierran una evacuación submarina; junto a ese tablero digito electrónico seria necesario colocar instrucciones de prevención; tiene un mundo de sofisticación y simpleza en un mundo trágico, con humor comedia y sencilles; realidad social y coherencia meditativa; cada vez que leo vuestros tratados; me llevan a reflexionar; mis recorridos en medio de espacios restringidos por la intolerancia textual y el olvido del leteo; recuerdo como algunos maestros en la universidad se caracterizaban por tres normas de catedra; la violencia académica; la altanería literaria y el menosprecio de odisea. Vuestro espacio Zenda es un oasis para las letras, artes y ciencias.