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15 de enero de 1936: La firma del acuerdo del Frente Popular

15 de enero de 1936: La firma del acuerdo del Frente Popular

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Miércoles, 15 de enero de 1936: La firma del acuerdo del Frente Popular

Ahora queda que firme usted, don Manuel.

—Con mucho gusto.

En la sala principal del domicilio social de Izquierda Republicana, en plena calle Mayor, don Manuel Azaña escribió su nombre y su apellido en letra apresurada. Luego subrayó ambas palabras con un trazo largo. Aquel documento ya consensuado por socialistas, ugetistas y comunistas, por fin llegaba a la sede de los republicanos, para que la rubricaran, como estaban haciendo ahora mismo él y Martínez Barrio. La firma sencilla y funcional de Azaña respondía a su temperamento y contrastaba con la de don Niceto (Alcalá-Zamora tenía una letra apretada e inclinada, con vocales pequeñitas y consonantes alargadas, envuelta en rizos barrocos y rematada por un par de trazos largos, como floreo de espadachín), pero se parecía bastante a la de Lerroux, que subrayaba también su nombre con un trazo vigoroso, delatando el entusiasmo que le faltaba al cerebral Azaña.

A falta de entusiasmo, Azaña tenía una de las formaciones intelectuales más sólidas de su generación. Madrileño de nacimiento, el líder republicano creció en Alcalá de Henares y se educó en el colegio de los agustinos de El Escorial, experiencia que recreaba en su novela autobiográfica El jardín de los frailes. Su bagaje cultural era solvente y tenía una inclinación literaria que se había manifestado, además, en una obra de teatro, La corona, estrenada en su momento por Margarita Xirgu, en artículos costumbristas y en sus diarios, donde anotaba cuanto le sucedía.

Su diario era como el Guadiana. A veces se tiraba meses apuntando hasta la última minucia y, de repente, sin que ni el propio Azaña supiera muy bien por qué, se sumía unas semanas en el silencio más completo. Era un dietario que con el paso de los años estaba llamado a ser una de las piezas claves de la documentación de la época y un texto literario que le iría ganando tras su muerte los admiradores que le faltaron en vida.

A diferencia de Francia, donde ninguna figura de relevancia dejaba sin documentar su experiencia pública, en España nunca hubo demasiados políticos con el vicio de escribir. En Azaña, su formación se apreciaba en la calidad literaria de sus discursos, menos brillantes y seductores que los de Alcalá-Zamora, pero más sólidos y enjundiosos. Ello le había valido el respeto de las Cortes y un prestigio que lo llevaron a la jefatura del Gobierno durante el primer bienio republicano. Entonces, don Manuel pareció llegado a lo más alto.

Pero Azaña no se conformaba, no. Él quería volver a ganar las elecciones y aspiraba a más…

Manuel Azaña, era un secreto a voces, aspiraba a ser el próximo presidente de la República.

Y para ello aquel hombre rechoncho, achaparrado, calvo, gafudo y feo («el sapo que quería ser rey», dijo el periodista Ruano), aquel hombre que se inclinaba sobre el documento que firmaba en presencia de Martínez Barrio, Casares Quiroga y otros notables republicanos de izquierda, acababa de conseguir, tras arduas negociaciones, un acuerdo crucial con los socialistas y comunistas, para presentarse conjuntamente a las elecciones.

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