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Cecil Beaton ve la luz por primera vez

Cecil Beaton ve la luz por primera vez

Parece haber algo innoble, espurio, en el hecho de que quienes ya tienen todo desde las primeras noticias que nos hablan de ellos aspiren a tener aún más. Y esa bajeza, que parece desprenderse desde las alturas, junto a las mentiras que, por lo común, desde allí descienden, se presume aún mayor, si quienes, además de favorecidos por la fortuna y por las musas, ponen sus dones al servicio del medro en aras de una cima mayor. Se diría que semejante arribismo alude directamente a un relato bíblico: el de la Torre de Babel (Genesis, 11, 1-9).

En una primera apreciación, así de grata parecía ser la suerte de Cecil Beaton. Y en efecto, lo fue. Nacido en Hampstead (Londres), otro 14 de enero, el de 1904 —hace hoy 122 años— cuando el neonato de aquel día como el de hoy abrió los ojos, vio la luz por primera vez todo un artista, un creador de belleza: la suya habría de ser una de las miradas más esteticistas del siglo XX. Su primera cámara fue un regalo paterno cuando tenía once años; su institutriz, su primera modelo.

"Lo que diferencia a Beaton de Lartigue es una imagen de Eileen Dunne, la niña de tres años, herida en la cabeza en uno de los bombardeos de Londres llevados a cabo por la Luftwaffe alemana durante la batalla de Inglaterra"

En el Londres de principios del amado siglo XX no era frecuente que tuvieran institutriz los hijos de la “clase media”. Si en el catálogo de la última exposición madrileña de Beaton se situaban los orígenes del futuro Comendador de la Orden del Imperio Británico en esa estratificación social, era por contemporizar. Los impulsores de la muestra, conscientes de que haber nacido en una cuna privilegiada iba a predisponer en contra del fotógrafo al grueso de los visitantes de aquella convocatoria, decidieron degradar al artista.

Entre los simpáticos vecinitos del Hampstead que vio nacer al pequeño Beaton, sí que era frecuente tener institutriz. A Hampstead precisamente, al domicilio de los Banks, llegaba volando Mary Poppins. Y la infancia del pequeño Cecil debió de ser tan feliz como la de los niños Banks. De hecho, su afición a la puesta en escena —que lastra sobremanera sus fotos, vistas ahora, en las exposiciones que aún le rinden el merecido tributo en los tiempos del dinamismo del autorretrato y la instantánea digital— le vino de las pequeñas escenografías de su infancia, afición en la que coincidió con Luchino Visconti y con algún otro privilegiado por la suerte y el talento para el arte.

"Si un retrato es la suma de dos miradas, como sostiene alguno de los fotógrafos más celebrados de nuestro siglo XXI, ese de la muchacha herida también nos habla de la fuerza de la visión de Beaton"

Sí señor, las fotos de Cecil Beaton hubiesen debido ser como las de Jacques-Henri Lartigue: otro desahogado tocado por las musas del Octavo Arte, que encontró en la fotografía el instrumento ideal para dejar constancia de su hedonismo. Su obra hoy lo acredita como uno de los grandes fotógrafos de la centuria pasada. Lo que diferencia a Beaton de Lartigue es una imagen de Eileen Dunne, la niña de tres años, herida en la cabeza en uno de los bombardeos de Londres llevados a cabo por la Luftwaffe alemana durante la batalla de Inglaterra (1940), que se repone en un hospital. Como ya habido oportunidad de contar en estos artículos, hay constancia de que aquel cliché de Beaton, publicado en la portada de un número de la legendaria revista Life fechado en 1940, influyó de forma determinante en la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Y si un retrato es la suma de dos miradas, como sostiene alguno de los fotógrafos más celebrados de nuestro siglo XXI, ese de la muchacha herida también nos habla de la fuerza de la visión de Beaton, con independencia de la retahíla de marquesas, condesas y celebridades varias, publicadas en las mejores páginas a lo largo de medio siglo. Para ser exactos, desde un retrato de la duquesa de Amalfi, publicado en Vogue en 1924, hasta sus últimas vistas, tomadas en 1974, cuando el Imperial War Museum inauguraba una muestra con sus fotografías de guerra y, en julio de aquel año, el artista se quedaba paralizado. Cruel destino para ese viajero que también fue Cecil Beaton.

"No creo que ninguna de las numerosas vistas que Beaton tomó a las mujeres más admiradas, a los artistas más destacados y a los más poderosos tuvieran la transcendencia del retrato de esa niña"

Hacen bien quienes procuran atemperar la extracción social del artista y bajarla desde las alturas a ámbitos más comunes. Porque también hubo un Beaton tan documentalista como el gran Henri Cartier-Bresson, que nos mostró la guerra en el desierto libio, los conventos españoles de los años 60 o la modernidad de Andy Warhol y su gente en la Nueva York del año 69. Y no es poco para alguien tenido por un fotógrafo con una mirada muy refinada, formada frente a la admiración de la elegancia clásica. Allí donde todos son artistas, descubriendo la Factory, casi tres décadas después de los bombardeos de Londres, se presume en la mirada de Beaton aquel gesto con el que Eileen miró a su cámara en el 40, ademán que para nada es compungido, como cabría esperar. Aquella estampa de la niña herida en la cabeza en modo alguno es una imagen sensiblera. Lo que denota es curiosidad frente al objetivo, la misma que se presume en Andy Warhol y su gente, retratados por Beaton 29 años después.

No creo que ninguna de las numerosas vistas que Beaton tomó a las mujeres más admiradas, a los artistas más destacados y a los más poderosos, esos mitos del siglo XX a quienes llevó a las páginas de Vogue, Harper’s Bazaar y otras prestigiosas publicaciones dedicadas a la moda, antes de esa aparente democratización actual de la moda, tuvieran la transcendencia del retrato de esa niña. Ahora bien, consciente de que el fotógrafo también fue el autor de esas mil palabras que una sola imagen supera, más que con ningún colega, dados su hedonismo y su esnobismo, parece pertinente acometer a Beaton como a un Oscar Wilde sin dramatismos.

"Como un Oscar Wilde sin dramatismos, sin la cárcel de Reading y sin Dorian Gray. Un esteta venido al mundo, a las alturas del mundo, un día como el de hoy"

“Gracias a una combinación, casi única, de dotes y aptitudes, conquistó fama mundial como fotógrafo, memorialista y diseñador”, escribe Philippe Garner en Cecil Beaton (Ediciones Orbis, 1983), uno de los primeros álbumes de fotografías del inglés publicados en España. “A pesar de que para el gran público su nombre esté asociado sobre todo a su actividad como fotógrafo de la alta sociedad y a la creación de la escenografía y el escenario de la versión cinematográfica de My Fair Lady (George Cukor, 1964), Cecil Beaton fue también escritor y crítico, un inigualable organizador de exposiciones, un artista capaz de expresarse con la misma fuerza tanto gráficamente como literariamente (sus Diarios son la prueba), un decorador de gusto exquisito y un conversador excepcionalmente brillante”.

Ya digo, como un Oscar Wilde sin dramatismos, sin la cárcel de Reading y sin Dorian Gray. Un esteta venido al mundo, a las alturas del mundo, un día como el de hoy.

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