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Presentación de Las puertas del tiempo, de Gabriela Guerra Rey

Presentación de Las puertas del tiempo, de Gabriela Guerra Rey

Reproducimos el texto de Toni Montesinos que sirvió de presentación de la última novela de Gabriela Guerra Rey, el pasado 25 de noviembre de 2025, en la librera Byron de Barcelona.

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Estáis delante de uno de los mejores escritores del siglo XXI en lengua española. He dicho escritores, porque incluyo a todos, de un sexo y de otro, y el sexo es un mero accidente; decir escritoras sería limitar neciamente el alcance y la dimensión de la obra de Gabriela Guerra Rey, que por fortuna no es feminista ni necesita serlo, pese a que cueste mucho, muchísimo, en la literatura actual, encontrar a un autor que haga tan alta literatura de la condición femenina, y también masculina, de la condición humana, en definitiva, en personajes que van desde la edad infantil hasta la ancianidad, además. Etiquetar a Gabriela Guerra sería simplificarla y reducirla a asuntos que sí otros escritores necesitan, pues se amparan en modas editoriales, ideologías políticas o fenómenos sociales para intentar destacar y ocupar un espacio que su mediocridad les negaría en primera instancia. Ella, como todo verdadero gran escritor, está por encima de estos oportunismos y es absolutamente independiente, asombrosamente original, excepcionalmente única.

Me atrevo a decir que hoy, que este ahora, es el momento más importante en la vida de Gabriela. Es la cima de un camino literario, que se convertirá en cordillera porque otras grandes obras suyas esperan la hora de ver su luz. Es la cumbre de una trayectoria que empezó en Cuba, se desarrolló literariamente en México y culmina en España, su último y definitivo destino. Y empleo el término cima, y cumbre, y cordillera, porque ella también asciende, de verdad, a las montañas más altas del planeta. Hace muy poco regresó del Nepal, donde permaneció un mes, y donde entre otras cosas caminó doscientos kilómetros por el Himalaya. Pero es que en primavera estuvo en varios sitios de la India, impregnándose de sorpresas que terminarán inevitablemente reflejadas en una novela que está preparando, una obra extraordinaria, que no se parece a nada, y que está latente en ella siempre, porque ella escribe siempre, mira el mundo para escribirlo.

"Pese al dolor, al agotamiento, a la luz que se convierte en oscuridad y soledad, a la mente que nos dice, de continuo: no puedes, no lo lograrás, ríndete"

Me refiero a esta faceta personal de Gabriela como montañera porque es ilustrativa de su entrega a la escritura y porque ha acabado representada en sus libros de forma harto significativa. Es el caso de su libro autobiográfico, de crónica de vivencias, titulado El sermón de la montaña, que según sus propias palabras en la entrevista que me concedió para la revista Qué Leer de este pasado mes de octubre, «es la historia de cómo superé la nostalgia del destierro. Es casi una terapia para el exiliado que no logra encontrar su lugar y enferma. Enferma metafórica y realmente, como había enfermado yo esos primeros años fuera de la isla. Cuando estaba a punto de ahogarme fuera del mar, conocí la montaña, me volqué a la naturaleza y encontré allí lo que necesitaba para reconstruirme, para escribir, para sanar, seguir siendo y ser nueva cada vez. Todo lo que allí aprendí me cambió la vida y me convirtió en otra».

Se está refiriendo Gabriela a experiencias de esfuerzo físico extremo, como el hecho de correr en las llamadas Barrancas del Cobre, en México, junto a unas gentes autóctonas denominadas rarámuris. Es la misma Gabriela que en su juventud cubana había sido incluso fumadora a pesar de que desde pequeña sufre asma; un asma que la abordó en el Nepal desde su llegada a Katmandú este octubre, y que se convirtió en bronquitis, pero que no le impidió ascender hasta el campamento base norte del monte Kanchenjunga, a 5.143 metros de altitud, entre oleadas de un frío paralizante y la ilusión de vislumbrar a los leopardos de las nieves. Pues bien, en El sermón de la montaña, un libro maravilloso, inspirador como pocos, ella habla de la ultramaratón en que, a través de las montañas de la Sierra Tarahumara, corrió más de ochenta kilómetros, una proeza de resistencia atlética tras años de duro entrenamiento, desde luego, pero también un desafío para la voluntad, para la determinación de afrontar un reto y llevarlo a cabo. Pese al dolor, al agotamiento, a la luz que se convierte en oscuridad y soledad, a la mente que nos dice, de continuo: no puedes, no lo lograrás, ríndete.

"Pronto habrán pasado diez años desde que, en el 2016, Gabriela ganó el Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela, en México, por Bahía de Sal, una obra maestra en la que objetivó la existencia de un lugar miserable"

Gabriela parece que lo pueda todo, y esa confianza en el hecho de que sólo existen los límites que uno se impone también tiene su traslación literaria. Si ella ve un tiburón ballena en el océano, se lanzará a nadar con él, como ya ha hecho; si otea un volcán en cualquier lugar de América, irremediablemente tendrá que subir hacia él, como ya ha hecho; si se tropieza con un monte de hielo, se preparará para conquistarlo, como ya ha hecho; si se plantea un argumento novelesco, o un ensayo crítico sobre Hispanoamérica, o un poema que atienda a las novedades de su espíritu y de su movimiento migrante, o unas memorias con las que recordar una vida de increíbles peripecias para huir de la opresión y de la miseria en Cuba, se sentará a escribir, y el mundo alrededor desaparecerá, porque estará construyendo otro, de palabras suyas, de verdades suyas, que a la vez constituye el espejo más transparente de nuestra vida individual y social.

Pronto habrán pasado diez años desde que, en el 2016, Gabriela ganó el Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela, en México, por Bahía de Sal, una obra maestra en la que objetivó la existencia de un lugar miserable, que bien podría simbolizar la cárcel de una isla, la suya de nacimiento, sus tremendismos y calamidades. Es una novela escrita con una precisión verbal inigualable, que reveló una escritora de una madurez técnica apabullante, que claramente bebía de la tradición hispanoamericana de, justamente, Juan Rulfo y su obra Pedro Páramo, y sobre todo del Gabriel García Márquez de Cien años de soledad. Sin duda, cabe adscribir a Gabriela al estilo de este Gabriel, celebérrimo en su día, recordado por esa obra suya capital para las letras hispanas y universales, pero que, con el paso de las décadas, se fue edulcorando y reduciendo a una exhibición lingüística, en busca de una adjetivación llamativa con la que lucirse de forma tremendamente vanidosa. Esa novela del autor colombiano es de 1967, y muy poca narrativa de verdadero valor se ha escrito desde entonces. Sin embargo, una escritora como Gabriela Guerra Rey consigue sumarse a la tradición literaria, entrar en el río de la literatura respetándolo y conociéndolo desde los poemas épicos de Homero, y aportar algo nuevo, renovado, incomparable.

"Ella jamás se yergue como cubana, ni como anticubana, aunque razones le sobren para ambas cosas; su territorio es el de la sutileza, la elegancia, la inteligencia, la universalidad"

En ese sentido, ella va un paso más allá que García Márquez, porque se aparta del realismo mágico, que conoce perfectamente y hasta recurre a él en ocasiones muy bien elegidas, y lo convierte en realismo absurdo, en un realismo descarnado, durísimo y poético a la vez, real como la vida misma. La narrativa de García Márquez, como dijo un crítico italiano muy atinadamente, se convirtió en una postal para turistas, en el cuadro de un entorno romantizado y exótico. En el caso de Gabriela, algo así sería inconcebible; García Márquez jamás se hubiese atrevido a cuestionar un régimen autoritario como hace nuestra Gabriela, ni se hubiese atrevido a explorar la sexualidad como tiene la audacia de hacer Gabriela, y mucho menos la femenina, tal como leemos en otro de sus libros magistrales, cuál no lo es, la novela Luz en la piel, donde aborda cinco voces femeninas y el sexo desde parámetros de absoluta libertad, de sinceridad, de exposición sin tapujos, algo que lleva hasta sus últimas consecuencias en Las puertas del tiempo.

Me he referido antes a los autores oportunistas, que necesitan incorporarse a géneros literarios concretos, o a modas del mercado; y también me he referido a lo que podríamos llamar «cubanidad», en el sentido de hacer del origen de esta isla y su situación sociopolítica toda una literatura a la que agarrarse perpetuamente. Así, frente a autores cubanos profesionales, que se aprovechan de un lugar siempre atractivo a todos los efectos como La Habana para construir sus narraciones, como si dependieran de ello, con la excusa de que provienen de allá y siempre es atrayente recrear esa realidad, está una autora como Gabriela Guerra. Ella jamás se yergue como cubana, ni como anticubana, aunque razones le sobren para ambas cosas; su territorio es el de la sutileza, la elegancia, la inteligencia, la universalidad. No encontrarán una crítica al régimen, a sus crímenes y abusos constantes, y a la vez lo hace con toda la fuerza y contundencia posibles: ¿cómo? Simplemente contando lo que observó, sufrió, pensó hasta convertir la experiencia privada en colectiva.

"Pero esta consideración hacia las bondades de Bahía de Sal, realmente escrita en un estado de gracia prodigioso, la podríamos extender a otras de sus obras narrativas"

De esta manera, leemos su libro Nostalgias de La Habana. Memorias de una emigrante (2017), que es la plasmación, impresionante, de su infancia y juventud en Cuba y su salida de la isla, absolutamente de película, de novela, para instalarse en México a pesar de sufrir allí la vigilancia psicopatológica del gobierno comunista. Es una autobiografía a corazón abierto, y que nos provoca un nudo en la garganta, donde está la Gabriela persona y la que intenta sobrevivir en una prisión rodeada de agua y tiburones; la que sufre, como decía ella en la entrevista citada, «la historia de lo que me pasó a mí y a un pueblo entero condenado a las desgracias del encierro, las separaciones, el hambre, la migración y el desarraigo». Es el difícil aprendizaje de ser, como dice ella misma, una transterrada, «que termina por hacerse del lugar, o por dejar de pertenecer a ningún sitio, soltar las alas y volar… Un proceso que duró años y del cual me salvó la literatura. A mí emigrar me convirtió en escritora». En este sentido, Bahía de Sal es tanto Cuba como cualquier lugar de encierro y miseria parecido, porque la literatura de Gabriela Guerra va de lo particular a lo universal, y por eso es una literatura para cualquier tiempo y para cualquier rincón del mundo.

Asimismo, la grandeza, la riqueza, la calidad de su obra deja en evidencia a la crítica literaria española e hispanoamericana, de una inoperancia escandalosa. Apenas hay críticos literarios solventes hoy en día, y son legión los que, como marionetas del mercado, repiten eslóganes publicitarios promovidos por las editoriales prestigiosas, aunque tales editoriales hace muchos lustros hayan dejado de publicar verdadera literatura; ni siquiera en el ámbito académico, donde debería haber una mayor profundidad a la hora de estudiar a los escritores de forma imparcial y con abertura de miras, existe una mirada amplia y sin sesgos propagandísticos. Bahía de Sal, sin ir más lejos, debería estar dentro del canon literario de la modernidad, es decir, como una de las grandes obras, incuestionablemente, que ha dado nuestro tiempo, algo que, por cierto, está en vías de repararse gracias a la Universidad de Salamanca, cuyo profesorado ha entendido lo que para cualquier lector tendría que ser una evidencia. Pero esta consideración hacia las bondades de Bahía de Sal, realmente escrita en un estado de gracia prodigioso, la podríamos extender a otras de sus obras narrativas. Sus cuentos son artefactos perfectos, llenos de ingenio e imaginación, y en su haber tiene otras novelas como Hellena de todas partes, una genialidad desde el título, jugando con Helena de Troya, pero con su personaje escrito con elle. Un ejemplo este de cómo Gabriela no teme los riesgos literarios, pues se trata de una novela epistolar, con toda la dificultad técnica, argumental y de ritmo narrativo que ello implica, y que tiene un desenlace absolutamente conmovedor, tras seguir los pasos de la relación a distancia de un hombre maduro exiliado y una mujer joven en tránsito por África y Grecia.

"Remedios se inventará una realidad paralela, que está formada por lecturas literarias, en busca de una biblioteca que dé forma a sus días, que justifique su existir"

Es aquí donde penetramos en el territorio de Las puertas del tiempo, el de la autoexigencia artística completa, el del riesgo en la escritura, como el desafío de atravesar hielos, bucear entre criaturas mastodónticas, correr más de quince horas seguidas por peñascos perdidos. Por supuesto, Gabriela tiene en sus genes ponerse en peligro, ya sea en un desfiladero en el Nepal en torno al cual es mejor no mirar hacia abajo, ya sea evitando la persecución y vigilancia comunista en el México donde consiguió por fin no obtener, sino ganarse la libertad, luchando contra todo tipo de adversidades, o ya sea concentrada frente a una pantalla o una hoja de papel poniendo en acción su inmenso talento. Así, surgió la continuación de Bahía de Sal, titulada Avándaro, y otra obra, aún inédita, llamada Santa Cruz, que conforman lo que la autora denomina la Trilogía del agua. Todo lo cual configura una de las construcciones narrativas en español más singulares e interesantes de la actualidad y que alcanza otro hito, una obra compleja, de una tremenda valentía estética y temática, y hasta simbólica, como es Las puertas del tiempo.

La novela cuenta cómo a los 16 años Remedios escapa de Cadenas, su isla, donde lleva una vida tediosa, y la manera en que se descubre en el deseo amoroso y sexual, y cómo todo eso tiene una impronta de dolor, casi de sadomasoquismo. Remedios se inventará una realidad paralela, que está formada por lecturas literarias, en busca de una biblioteca que dé forma a sus días, que justifique su existir. Por eso es una parábola, un texto de viaje interior y de búsqueda de una meta en la vida, que puede ser también la asunción e incluso la tentación de ceder a la muerte voluntaria. En sus palabras, esta novela es «mi alegato en defensa de la libertad, sexual y de cualquier tipo, y contra los prejuicios humanos». Y vaya si lo es. La protagonista canaliza su dolor a través del sexo solitario, de una manera que sin duda asombrará al lector, o hasta le ruborizará, por su atrevimiento expresivo, por sus escenas explícitas de erotismo que logra, en efecto, excitarnos tanto como sentir el dolor humano. Gabriela busca nuevos caminos estilísticos siempre, y se atreve a llegar a donde nadie se atreve. Así lo ha hecho siempre, y qué difícil es hacerlo, en este caso ante una prosa de sensualidad áspera y directa, sin caer en vulgaridades pornográficas ni estúpidas reivindicaciones romántico-feministas en torno al cuerpo de la mujer. Gabriela desnuda a su personaje en su piel y en su voz, en su mente y en su pulsión lectora, y nos lo ofrece con una honestidad vertiginosa, que nos perturba y nos atrae a partes iguales.

"Así las cosas, en Las puertas del tiempo se juega con la figura del escritor que narra, del narrador omnisciente que se hace equisciente, es decir, que limita su conocimiento a lo que un personaje específico puede ver, sentir, pensar y recordar"

La tradición grecolatina se filtra en libros como El sermón de la montaña o Hellena de todas partes. La tradición hispanoamericana se asoma en la Trilogía del agua. Y la tradición cervantina anida en Las puertas del tiempo. No en vano, como a Don Quijote, a Remedios «se le ha secado el cerebro» de tanto leer. Además, Cervantes está en la narrativa de Gabriela, como en cualquier gran autor que se precie, por la naturaleza misma de sus otros dos grandes componentes; por un lado, está el asunto metaliterario, es decir, es una novela que alude a otras obras poéticas, ensayísticas o narrativas de otros autores; y por el otro, hay una complejidad manifiesta desde el punto de vista narrativo. Por eso, el lector verá que en medio del relato aparece un personaje que es la autora «Gabriela», creando al final una voz narrativa diversa o polifónica.

Así las cosas, en Las puertas del tiempo se juega con la figura del escritor que narra, del narrador omnisciente que se hace equisciente, es decir, que limita su conocimiento a lo que un personaje específico puede ver, sentir, pensar y recordar. Esto ella lo explica muy bien en los cursos que da de escritura, de desarrollo de obra, lo llama, y en los que ha enseñado a innumerables escritores a un lado y otro del Atlántico a encontrar su voz y disciplina literarias. En definitiva, la suya es una narrativa que busca desentrañar nuestros diferentes yoes, y además con un dominio del lenguaje, de las posibilidades del lenguaje, de la belleza del lenguaje, del impacto del lenguaje en nuestra psicología, como no hay absolutamente nadie en el panorama literario español. A veces, cuando leo alguno de sus libros, releo pasajes en voz alta, porque parece que en sus líneas no sobra una palabra, y que la musicalidad rítmica de sus frases merece que pongamos en ellas nuestra cadencia pausada y atenta, pues lleva la lengua a otro nivel, que nos induce a confiar en que la literatura en mayúsculas aún existe.

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Luciano
Luciano
1 mes hace

Tremenda escritora. He leído toda su obra. Coincido con Toni Montesinos, la obra de GGR es fundamental. Monumento literario del S. XXI.