Inicio > Blogs > Ruritania > El pulgar y la pecera

El pulgar y la pecera

El pulgar y la pecera

Notas sobre la anestesia de lo inmediato

Entré en un bar y vi la escena: cuatro personas, cuatro vasos, cuatro móviles. No era una reunión: era un cultivo. El brillo azul en las caras, esa luz de pecera que te deja con cara de santo derrotado. Me senté y pensé que la época ha inventado una forma nueva de estar juntos: no mirarse. Antes uno se ausentaba con elegancia; ahora se ausenta con pulgar. El siglo no pide presencia, pide cobertura.

El camarero dejó el café y el móvil vibró como si tuviera alma. La vibración es la nueva llamada de la sangre: algo te reclama, algo te necesita, algo te promete un poquito de mundo. Y tú —yo, cualquiera— obedeces. Porque obedecer es lo más cómodo cuando te han entrenado para reaccionar. La reacción, hoy, es el talento supremo: estar disponible. Ser rápido. Contestar. Ser pertinente. Ser, en suma, un ciudadano ejemplar del gran imperio de lo inmediato.

No es que la gente sea tonta, como nos parecen los peces en su pecera; es que está cansada. Y el cansancio, cuando se cronifica, se convierte en religión. La prisa ya no es un accidente: es un credo. Se lleva como un traje. Uno se presenta diciendo “estoy a tope” como antes se presentaba diciendo “encantado”. “Estoy a tope” significa: soy valioso, tengo demandas, tengo urgencias, existo porque me reclaman. Si no te reclama nadie, sospechas. Si no suena el móvil, te asomas al abismo. El silencio, ese animal.

"Yo lo noto en mí con una vergüenza limpia. En esa forma de mirar el teléfono como quien mira por una ventana: por si pasa algo"

Qué raro: hemos conseguido que el silencio parezca un fallo del sistema. Un vacío indebido. Una zona sin WiFi del alma. Y entonces buscamos señal como busca aire un buzo torpe. Abrimos una aplicación. Abrimos otra. Y otra. Deslizamos hacia abajo para que el mundo ocurra de nuevo, como si fuera un truco de magia barato: “¡Tachán! Aquí tienes otra dosis. No pienses. No pares. No preguntes”.

Lo tremendo es que nos han vendido esto como libertad. Como elección. Como comodidad. Cuando en realidad es disciplina. Disciplina blanda, sí: no hay látigo, hay notificación. No hay cárcel, hay agenda. No hay vigilancia, hay autoexposición voluntaria. Nos han dado la ilusión perfecta: la de creer que estamos decidiendo mientras nos llevan de la oreja. Y nosotros encantados, porque a nadie le gusta sentirse atado; le gusta sentirse solicitado.

Yo lo noto en mí con una vergüenza limpia. En esa forma de mirar el teléfono como quien mira por una ventana: por si pasa algo. Por si el mundo, de repente, me confirma. Por si alguien me escribe y me devuelve la existencia. Y ahí está la trampa: ya no vivimos; nos verificamos. No buscamos vivir mejor; buscamos pruebas de que estamos vivos. Pruebas digitales, por supuesto, que es lo único que cuenta en esta economía: la atención como moneda, la emoción como producto, el yo como escaparate.

A veces me dan ganas de preguntarle a mi época qué entiende por intimidad. Porque intimidad, hoy, es un lugar raro, casi clandestino. La gente le tiene miedo a quedarse a solas consigo misma, como si dentro hubiera un animal mal educado que muerde: el pensamiento. Y claro que muerde. Por eso lo evitamos. El pensamiento no es un vídeo corto. No da placer inmediato. No tiene música de fondo. No ofrece recompensas cada siete segundos. El pensamiento exige tiempo, y el tiempo hoy es indecente: nadie tiene “tiempo”, todo el mundo “saca” tiempo, como si fuera un diente.

"No molestes con tus sombras. No molestes con tu lentitud. No molestes con preguntas sin respuesta. No molestes con el peso de existir"

He visto a gente incapaz de caminar sin auriculares. Incapaz de esperar sin pantalla. Incapaz de estar sin estímulo. Como si la vida sin ruido fuera una amenaza. Y lo es, de alguna manera: porque cuando el ruido se apaga, aparecen las cosas. Aparece lo no resuelto. Aparece la pena sin maquillaje. Aparece la pregunta que no cabe en un meme. Aparece esa frase que uno evita diciendo “bueno, ya tal”. Aparece la herida —sí, esa palabra—, pero sin épica: la herida sencilla de estar aquí, de no saber, de perder, de querer y no poder.

Y entonces hacemos lo que hacemos siempre: anestesia. Anestesia social, anestesia emocional, anestesia doméstica. No me refiero a la medicina, que bendita sea cuando hace falta. Hablo de esa anestesia cotidiana que consiste en rellenar todo para no sentir nada. La vida como un apartamento turístico: limpio, funcional, sin objetos personales. Que no se note que alguien vive ahí. Que no se note que alguien sufre. Que no se note que alguien piensa.

El gran mandamiento contemporáneo no es “sé bueno”, ni “sé sabio”, ni siquiera “sé feliz”. Es “no molestes”. No molestes con tus sombras. No molestes con tu lentitud. No molestes con preguntas sin respuesta. No molestes con el peso de existir. Y, por supuesto, no molestes al mercado: sigue produciendo, sigue rindiendo, sigue sonriendo en la foto. El malestar es una mala imagen. La tristeza, una falta de etiqueta. La duda, un defecto de fabricación.

"Me gustaría escribir un elogio de la lentitud, pero la lentitud hoy suena a privilegio, y no quiero hacer literatura con la factura del alquiler"

Hay una palabra que nadie quiere pronunciar: derrota. Porque vivimos en una época que tolera casi todo menos la derrota. Pero la derrota —la íntima, la cotidiana— es la gran maestra de la vida humana. Nos enseña límite. Nos enseña finitud. Nos enseña que no somos un proyecto de mejora continua. Y eso es intolerable para la mentalidad del rendimiento, que quiere convertir hasta el descanso en productividad: “desconecta para volver más fuerte”, dicen, como si desconectar fuese una estrategia empresarial del alma.

Yo ya no sé si estamos cansados de trabajar o de demostrar. De demostrar que existimos. De demostrar que hacemos. De demostrar que sentimos lo correcto. De demostrar que nos enteramos de todo. Hay un cansancio nuevo que no es muscular: es de atención. Un cansancio de estar siempre disponible, siempre al día, siempre con la sensación de que, si te pierdes algo, te pierdes a ti mismo.

Pero no. Lo que te pierdes, casi siempre, es un ruido más.

Me gustaría escribir un elogio de la lentitud, pero la lentitud hoy suena a privilegio, y no quiero hacer literatura con la factura del alquiler. Así que lo diré de otra manera: lo que necesitamos no es lentitud, es soberanía. Recuperar el mando. Decidir cuándo entramos y cuándo salimos. Decidir cuándo respondemos y cuándo no. Decidir que nuestra atención —nuestra vida— no es un bufé libre.

Porque la atención es lo único que no se recupera. El dinero vuelve, a veces. El tiempo no. Y nosotros lo regalamos a trozos, como quien rompe un billete y lo va dejando por la calle para que lo pisen.

Tengo una propuesta pequeña, casi ridícula, pero por eso mismo subversiva: un rato al día sin demostrar nada. Sin publicar. Sin contestar. Sin actualizar. Un rato de presencia sin espectáculo. Sentarse con un café y mirar por la ventana sin convertirlo en contenido. Caminar sin banda sonora. Esperar sin pantalla. Leer una página y no contárselo a nadie. Dejar que el pensamiento llegue tarde, con su paso torpe y humano.

"No todo lo que es rápido es real. No todo lo que brilla merece. No todo lo que pide respuesta merece respuesta"

Al principio se siente como síndrome de abstinencia. Te pica el bolsillo. Te entra la ansiedad del no-saber. Te asalta la sospecha de que estás perdiendo algo. Y sí: estás perdiendo algo. Estás perdiendo la falsa urgencia. Estás perdiendo la servidumbre del estímulo. Estás perdiendo ese adiestramiento que te convierte en un perro bien educado: sienta, vibra, mira, responde.

Y entonces, si aguantas un poco, ocurre lo escandaloso: el mundo vuelve a tener espesor. Las cosas dejan de ser un decorado que se desplaza. El silencio se vuelve habitable. La tristeza —cuando aparece— no mata; informa. La alegría no es un emoji; es un cuerpo. La conversación vuelve a tener ojos. Y de pronto entiendes que la vida no era eso que sucedía en la pantalla; era lo que estabas posponiendo para atender la pantalla.

No todo lo que es rápido es real. No todo lo que brilla merece. No todo lo que pide respuesta merece respuesta. Y quizá —solo quizá— la forma más decente de vivir ahora sea esta: no convertirte en notificación.

La vida, a veces, empieza cuando dejas de actualizarla. Y cuando por fin te permites lo único verdaderamente radical: estar.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios