La reciente compilación de ensayos, traducciones y poemas del joven escritor y helenista mexicano David Noria, publicada por Bonilla Artigas Editores, resalta por su erudición sobre la Grecia de Tucídides y sobre la de Alfonso Reyes: esa Hélade imaginada desde América por un grupo de intelectuales, artistas y políticos que decidieron desempolvar su Platón y reinventarlo para establecer un diálogo con él más acorde con sus propias circunstancias. Las palabras de Sócrates “bajé ayer al Pireo”, puerto cosmopolita de Atenas situado a ocho kilómetros de la ciudad, recuerdan la curiosidad del célebre filósofo, la cual lo llevó en esa ocasión a contemplar los ritos de los locales y de los tracios y, piadoso, a “rezar a la diosa” (Platón, República, 327a). Curiosidad fervorosa que el autor hace suya a través de un viaje a Grecia que tuvo, según él mismo lo señala, “el valor de una verdadera iniciación” (p. 297).
Son conmovedoras sus páginas consagradas a la obra de Tucídides, “el historiador de los vencidos”, como ingeniosamente nombra David al escritor ateniense trazando un vínculo con la compilación La visión de los vencidos: Relaciones indígenas de la Conquista (1959), realizada por Miguel León Portilla a partir de los textos traducidos por su maestro Ángel María Garibay Kintana. Allí, Noria ofrece el destilado de sus estudios de maestría sobre el sentido trágico en la Historia de la guerra del Peloponeso, guiado —casi me atrevo a decir “poseído” en su sentido platónico, es decir, como un intérprete magnetizado— por las intuiciones de Jacques Lacarrière y de Alfonso Reyes y por los estudios de Pierre Vidal-Naquet y de Jacquelline de Romilly sobre el historiador. El novel investigador desentraña la “sutil metafísica trágica” (p. 83) que recorre el relato de la gloria y la caída de Atenas, el obscuro mecanismo a través del cual, como grabó Francisco Goya, “los sueños de la razón producen monstruos”, la democracia degenera en demagogia y los defensores de la libertad se tornan en sus opresores.
La mayoría de los textos que integran este generoso libro fueron publicados entre los años 2019 y 2023 en periódicos y revistas de México, Colombia y España; siendo los más antiguos, del 2016 y del 2017 respectivamente, una sátira a las formas del gobierno mexicano en contraste con la política ateniense de los siglos vii al v a. C. y un ensayo consagrado a la ambivalente trayectoria de Salomón de la Selva, donde se ahonda en la relación entre el poeta nicaragüense y Píndaro, el sublime cantor de las cortes y los certámenes atléticos. Una excepción constituye “La paz de Tucídides”, una inédita evocación del escritor de la guerra retirado en su casa en el campo y agazapado “como una pantera entre sus papeles para que su tiempo no se olvide” (p. 86). La imagen del escritor, Noria, que observa a otro escritor, Tucídides, practicando su esgrima cotidiana con el cálamo para plasmar “la forma” o mejor “la mueca” de la guerra de su época es reveladora del ejercicio que el helenista lleva a cabo en su afán por interpretar las obras del pasado. Ya lo expresaba David al final de su ensayo sobre Salomón: “toda evocación supone una tradición que se vivifica” (p. 163).
A lo largo de su antología, Noria nos conduce —por la gracia de una imaginación enraizada en suelo ateniense— de la Grecia derrotada de Tucídides a la Grecia vencedora del tiempo en la memoria del poeta, cruzando los archipiélagos de las Grecias recreadas por pensadores mexicanos como el ya mencionado Alfonso Reyes, Octavio Paz y José Luis Martínez, a quien dedica un ensayo bellamente documentado. De su encuentro con el historiador y biógrafo François Dosse, David fortalece la conciencia de que “la historia es una narración” (p. 209, 217) y asume un reto: la “revitalización” de un presente que sea “portador de un nuevo sentido del devenir” (p. 212). Teoría y praxis se conjugan en la remembranza de las montañas helenas. La Pnix, “colina del hombre”, donde “forjamos nuestro hado” (p. 262) y Athos, “el Monte”, de cuyo precipicio “son los caudales de la Memoria y el Porvenir que se extienden debajo de mí como un mar que no distingo, pero del que alcanzo a oír el zozobrar profundo y batiente de sus aguas” (p. 275).
De cara al abismo insondable de las civilizaciones antiguas y al borde de la aniquilación global por la carrera armamentista, la mirada se apaga… pero el oído del poeta aún escucha el palmoteo de la plaza como el canto de un ave en medio de la tormenta marina. Alzará la voz y su glauca palabra será el signo de la llegada de la diosa tres veces alumbrada. Entonces, construiremos un presente que se ajuste a nuestra medida, una roca que obedezca a nuestra idea, y no caeremos presas del engrandecimiento de nuestra historia nacional, de nuestros sueños de dominio alimentados por el miedo a disentir. Mientras esperamos, al acecho, leamos la obra de David, quien supo entregarnos una Grecia del tamaño de nosotros, que no es —como advertía el historiador argentino Hernán Taboada— el modelo civilizatorio de los criollos, sino una Hélade amante mas no dueña de la democracia o, en palabras de Noria, “una práctica de campo propicia para la comparación y para el necesario distanciamiento de nuestra realidad más inmediata” (p. 302). Simulacro del simulacro, como decía Platón, pero barco cargado de futuro y de sentido.
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Autor: David Noria. Título: Bajé ayer al Pireo: Estudios helénicos. Editorial: Bonilla Artigas Editores.


Permita la verdad que éste nuevo ensayo nos acerque a la verdadera Historia de la Antigüedad Griega, donde existió la fragmentación política, la esclavitud y así como nos dió el primer Estado Totalitario (la Esparta de Licurgo) también la Primera Democracia (la Atenas de Clístenes) de Occidente. Quizás también nos permita conocer mejor a Pericles, tan alabado aunque fue un demagogo cuya ambición sin límites desencadenó la Guerra del Peloponeso para conquistar Esparta, aunque terminó con la derrota de Atenas y la destrucción de su Imperio Marítimo, de sus murallas y de su flota, naval y comercial. Y Atenas perdió su Independencia para convertirse en protectorado de Esparta. “El Siglo de Pericles” repiten los alabanciosos porque ignoran los grandes males que le ocasionó éste político a Atenas al convencer a los atenienses que era beneficioso atacar Esparta y desencadenar la larga guerra que conocemos como la Guerra del Peloponeso. Quizás también nos acerque al errado Platón y las maravillas del pensamiento de Aristóteles, que pudo salvarse por la semilla de Sócrates y buscando el conocimiento no cayó en los delirios de su maestro Platón. Ambos filósofos fueron incorporados a la Escolástica aunque por razones distintas, previa adulteración de sus ideas originales porque eran paganos precristianos: Platón porque su errada cosmovisión idealista del mundo, sus utopías totalitarias y filotiránicas y su noción de “un primer motor del universo”, reforzaron las tesis teocráticas de la Iglesia tan amante del “Poder Temporal”; y Aristóteles porque es “el Padre de la Lógica” y su errada tesis de “La Esclavitud Natural de los Hombres” (opuesta a la Doctrina de Cristo de la Igualdad de los Hombres como Hijos de Dios) justificó durante siglos la esclavitud, la suma de todos los crímenes, base económica de la mayoría de las sociedades humanas hasta la masificación de las máquinas de vapor (la gran libertadora de los esclavos). Hasta la Iglesia tenía esclavos. Permita la verdad que conozcamos más a los antiguos griegos, para aprender de ellos, sin idealizarlos ni satanizarlos. Me encantaría leer el libro del famoso helenista mexicano pero será complicado porque soy de Costromo y aquí vivimos casi en las cavernas por “los revolucionarios Macheteros” que cuentan con el apoyo incondicional de los actuales gobernantes mexicanos por el solo hecho de declararse “revolucionarios” aunque destruyeron la Democracia de Costromo y hasta al país completo. Quiera Dios que toda la Humanidad entienda una verdad que escribió Aristóteles en su Política: “El gobierno vitalicio de un hombre es Monarquía”. Lo escribo por Stalin, Mao, Daniel Ortega, Fidel Castro, Raúl Castro, Vladimir Putin, la Dinastía de Corea del Norte y todos los Líderes Supremos, Eternos, Vitalicios, Perpetuos sin importar sí son Comandantes, Presidentes, Primeros Secretarios, Secretarios Generales, Generalísimos , Señores Absolutos, Dictadores, Reyezuelos y demás títulos al gusto de los Tiranos. Y todos son detestables y generalmente unos ladrones de siete suelas. Esto también podemos aprenderlo estudiando la Historia de la Antigüedad Griega.