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1 de febrero de 1936: Cosas de Hollywood

1 de febrero de 1936: Cosas de Hollywood

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Sábado, 1 de febrero de 1936: Cosas de Hollywood

La celebérrima Marlene Dietrich no vivía como las estrellas del cine comunista. Su despampanante casa de Beverly Hills nada tenía que ver con aquellos bloques funcionales moscovitas donde se hacinaban los trabajadores de la industria del espectáculo soviético. Eso pensó Otto Katz mientras observaba desde su coche la fachada de estilo español y apuraba un cigarrillo. Los artistas de Hollywood estaban podridos de dinero. ¡Y qué falta le hacía al Partido Comunista ese dinero! Había que contarles unas cuantas historias, hablarles de la crueldad de los nazis, del peligro del fascismo, inventarse alguna fuga inverosímil y pasar la gorra. Los cheques llovían. Las gentes del cine caían como niños. ¡Era tan fácil engañarlos!

Tanta película no les dejaba distinguir entre realidad y ficción. Cuanto más fantástica la historia, mayor recaudación. Otto llevaba apenas unos meses en Los Ángeles y ya había recaudado una cifra escandalosa para la causa. El partido lo enviaba a recabar fondos entre la colonia alemana, huidos casi todos ante el avance del nacionalsocialismo. Ellos eran afortunados viviendo fuera, cuando muchos no tenían tanta suerte. La idea era convencerlos de la necesidad de financiar la fuga de alemanes perseguidos por la Gestapo. París, Londres o Nueva York eran los destinos escogidos para quienes emigraban gracias a las donaciones hollywoodienses.

"Otto aprovechaba para redoblar sus esfuerzos recaudatorios. Su proyecto de una Liga Antinazi de Hollywood prácticamente ya estaba en marcha. Las reuniones en casa de Marlene eran siempre un éxito"

Las puertas del cine se le abrieron gracias a Peter Lorre. Todavía lo recordaba. Lo había encontrado en una mugrienta pensión parisina tras la precipitada huida del actor después de las elecciones alemanas del 33. Él se lo llevó a Inglaterra, le presentó a Hitchcock cuando preparaba El hombre que sabía demasiado, él hizo que volviera a rodar a pesar de no hablar ni una palabra de inglés. Lorre se lo debía todo. Y por eso, cuando Otto llegó a California, lo presentó como su salvador ante el círculo de alemanes exiliados. Gracias a Lorre conoció a todos. Incluso a Marlene Dietrich. El resto se lo debía a su porte distinguido y misterioso, a sus educadas maneras, a sus increíbles historias sobre la oposición clandestina al partido nazi…

Ahora, en Hollywood, todos lo reverenciaban. Hasta la Dietrich se le rindió, como una colegiala deslumbrada por su profesor. Llevaba semanas tirándosela. Si hubiera relatado aquellas sesiones sexuales, habrían parecido aún más inverosímiles que sus historias de disidentes perseguidos. La fama de Marlene no era infundada. Era insaciable y, cuando se encaprichaba de un hombre o de una mujer, podía exprimirlos hasta dejarlos sin fuerzas.

Por su parte, Otto aprovechaba para redoblar sus esfuerzos recaudatorios. Su proyecto de una Liga Antinazi de Hollywood prácticamente ya estaba en marcha. Las reuniones en casa de Marlene eran siempre un éxito. «Y la de hoy también lo será», murmuró, saliendo del coche.

Tiró la colilla y cruzó la calle. Llegó hasta el porche. Un mayordomo abrió ceremonioso la puerta. Allí esperaba ella, en lo alto de la escalera de mármol que descendía describiendo una curva hasta el vestíbulo. Vestida con sencillez y elegancia —pantalones negros, blusa blanca—, sujetaba un cigarrillo prendido a una larguísima boquilla. Todo en la Dietrich era estudiado: artificio, premeditación. Era una estrella de cine que nunca dejaba de actuar como tal. Ni siquiera en la cama.

—Querido Otto… —saludó, arrastrando la última sílaba, mientras descendía unas escaleras que parecían de atrezo—. ¡Estoy encantada de volver a verte!

En realidad, no hacía ni dos horas que Otto la había dejado en la cama desnuda. Ella lo había echado de su casa. Necesitaba estar sola para arreglarse, y él debía ir a darse una ducha y a cambiarse. No podían estar juntos cuando empezaran a llegar los invitados. Había que guardar las formas, a pesar de que todo Hollywood supiese de su aventura. ¡Cuánta falsedad en aquel mundillo del espectáculo!

—Todos te están esperando. Ven…

"La República española está en peligro de muerte. Por eso, mi pregunta para ustedes es: ¿qué podemos hacer nosotros para ayudarles?"

Marlene Dietrich lo agarró del brazo. En el salón de la casa ya aguardaban Fritz Lang y Von Stroheim, Billy Wilder y Lubitsch. Peter Lorre se levantó y lo recibió con un cálido abrazo. La sonrisa servil del actorcillo le prometía gratitud eterna. El silencio era reverencial y Otto se acomodó entre los asistentes. Todos estaban pendientes de las últimas noticias.

—Me temo que no traigo novedades de Alemania —dijo—. Muchos compañeros ponen su vida en peligro para ayudar a los perseguidos, por eso debemos entender que a veces es complicado mantener abiertos los canales de comunicación. Pero hay noticias inquietantes en el resto de Europa. Los demás partidos fascistas van llegando al poder, y son pocas las democracias que resisten el envite. Inglaterra tolera las maniobras de Hitler. Francia parece a salvo con su Frente Nacional. Y, sin embargo, en España hay amenazas de golpe de Estado en caso de que las izquierdas del Frente Popular ganen las elecciones. Las calles de Madrid están sembradas de cadáveres de compañeros que solo cometieron el crimen de defender un mundo más justo. La República española está en peligro de muerte. Por eso, mi pregunta para ustedes es: ¿qué podemos hacer nosotros para ayudarles?

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