Hace un par de semanas me encontré con Laia. Hacía meses que no me cruzaba con ella. No tenemos una relación estrecha, nuestras hijas van juntas a algunas extraescolares, solo eso. Sin embargo, cuando nos vemos, hay buena vibra y nos gusta hablar. En estos meses había sido su pareja quien había llevado a la niña a las actividades y yo también había estado un tanto liado. La vi junto al mostrador del nuevo bazar de la carretera principal, tratando de elegir algo que finalmente no se llevó. Salimos a la calle a la vez y nos quedamos un rato fuera, actualizándonos. Que si ahora tenía nuevas funciones en su trabajo, que si estaba más cerca de casa pero tenía peor aparcamiento, esas cosas. Después de un rato, vi que se le pusieron los ojos vidriosos y le pregunté.
Fue en el centro comercial de aquí al lado. Iba con su hija de la mano y con una bolsa cargada hasta los topes en la otra. Llevaba una de esas telas portabebés cruzada sobre el pecho. Dejó la compra en el suelo y pidió a la niña que se fuera a la zona de juegos mientras me saludaba. Estaba radiante. No había en ella ni rastro de ese pesar que la había atormentado semanas atrás. «Hay que ver», me dijo, «antes no nos veíamos y ahora nos vemos todo el rato». No era cierto. Era la segunda vez que la veía en meses. Aún así, bromeamos sobre ello. Estaba de buen humor. Le pregunté sobre la operación. Lejos de ensombrecerse, su rostro se iluminó aún más. Me dijo que había sido un éxito; mejor de lo que esperaba. Que era verdad eso de que no se iba a enterar. Percibí el movimiento de algo no mayor que una pelota de tenis bajo la tela y el gemido apagado y agudo de lo que creí era un cachorrillo. «¿Has adoptado un perrito?», le pregunté. Ella me dio un cariñoso golpe en el hombro y me llamó tonto. «Resulta que lo que tenía en el ovario era una criatura». ¿Una criatura? No entendía. Ella, en lugar de explicármelo, introdujo la mano con cuidado, haciendo cuchara en el hueco entre la tela y su esternón y extrajo aquella cosa.
Se trataba de una pelota de carne deforme con un ojo en el centro que apenas podía girar, un par de dientes torcidos en una boca minúscula y unos cuantos cabellos hirsutos aquí y allá. «Se llama Lori», dijo Laia. «De Lorena». Di un paso atrás, asqueado, a pesar de la terrible atracción que aquella cosa ejercía sobre mí. Eso a ella le molestó y la regresó al interior de la tela. «Ella no tiene la culpa de ser así». No supe que decir. Me sentía sucio y ansioso. Aún tenía la imagen grabada en mi cabeza: esa masa de carne informe, palpitante como un corazón, en la mano ahuecada de Laia, mirándome con su único ojo y —ahora que recuerdo— con un hilo de baba espesa que le corría por la comisura de aquellos labios que no eran más que el borde de una fea hendidura sobre los dientes. Era horrenda y yo necesitaba tocarla, acariciarla, sostenerla en mis manos. Sentía esa llamada a la sumisión, a la muda aceptación, en mi interior. Laia llamó a su hija con un grito y cogió la bolsa. Se marchó sin decir adiós, airada. Yo me quedé allí parado, aún en shock. Y dolido. Inexplicablemente vacío.
Cuando regresé a casa, me senté al ordenador y, antes de ponerme a trabajar en mi novela, googleé «monstruos extirpados del interior del cuerpo», «criaturas encontradas en los ovarios», «bola de carne con ojos y dientes» y cosas así. Al final, una de las búsquedas me lanzó un resultado espeluznante: «¿Son los teratomas seres vivos?». La respuesta que concluía aquel artículo bajo la foto de algo muy parecido a esa cosa —a la cual me negaba a llamar de cualquier manera excepto por aquel nombre humano que le había puesto Laia— era que no. Sin embargo, como contestación a esa respuesta había muchas otras, la mayoría indignadas, de gente que opinaba lo contrario y ponía ejemplos en los que esas criaturas no solo eran seres vivos, sino que tenían sentimientos como nosotros y merecían un respeto y todo nuestro cariño. Seguí el hilo de varias conversaciones derivadas del tema principal y visité algunos perfiles abiertos de Instagram y Facebook en los que aparecían aquellos defensores con sus engendros. Algunos tenían el tamaño de un balón de balonmano, otros no sobrepasan el de una pelota de golf. Todos parecidos; ninguno igual al otro.
Luego descubrí una tercera facción que opinaba que aquello, efectivamente, era un ser vivo, pero que no era, ni mucho menos, tan benigno como sus defensores sostenían. Los teratomas «vivos» estaban dominando a sus padres. Los comentarios decían que no eran sino unos parásitos, sumisos y silenciosos, que secretaban algún tipo de narcótico que idiotizaba a sus progenitores. Que ejercían una suerte de control mental sobre aquellos que les habían dado la vida y que podían incluso usarlos como antenas para dominar al resto de la familia. Se alimentaban de ello. No de papillas ni de potitos. Los de la tercera facción no eran muy numerosos y los defensores de las criaturas no dejaban de amenazarlos de forma abierta. Algunos de los amenazados gritaban en mayúsculas que no los silenciarían, que seguirían divulgando la verdad aún cuando ellos trataran de eliminarlos, que eran muy conscientes de que todos esos accidentes no eran sino atentados terroristas para hacerse con el control y evitar que tomaran acciones legales antes de que fuera demasiado tarde, cosa que, decían, harían costase lo que costase. Una escisión menos numerosa de esa tercera facción exigía un pago y se hacían llamar cazadores. Eran ellos los que alzaban el puño y devolvían las amenazas con una promesa rabiosa de venganza y exterminio. Me hubiera gustado seguir leyendo —los comentarios más recientes eran de hacía apenas una hora—, sin embargo, la página se cayó y fue imposible entrar de nuevo.
Ya por mera curiosidad, eché un ojo al perfil de Laia en redes. Había borrado muchas de las fotos de los últimos meses y, con ellas, la presencia de su marido en ellas. No aparecía por ninguna parte. Solamente Laia y la niña. Y Lori. Esa cosa se había convertido en la auténtica protagonista. No pude seguir mirando aquel ojo tan perturbador ni esos dientes torcidos. Sobresalían de forma grotesca como vidrios enhiestos en un vertedero. La boca, esa hendidura maltrecha, ese desgarro en la carne, parecía estar sonriéndome. A mí.
Mañana hay extraescolares. Y no sé si, esta vez, podré resistirme a su influjo.


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