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5 de febrero de 1936: La intuición de José Antonio

5 de febrero de 1936: La intuición de José Antonio

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Miércoles, 5 de febrero de 1936: La intuición de José Antonio

José Antonio Primo de Rivera, el hijo del dictador y reconocido camorrista, autor de la premonitoria expresión «la dialéctica de los puños y las pistolas», caminaba esa mañana como solía en las raras ocasiones en que iba solo, los brazos cogidos a la espalda y sumido en sus pensamientos. Despreciaba, pese a las advertencias de sus compañeros y a su reciente atentado, unas más que razonables medidas de seguridad.

Pero José Antonio era así: virulento, impulsivo, pasional, valiente y hasta temerario. Que su «dialéctica» no era mera retórica ya lo habían comprobado algunos de sus enemigos durante sus años jóvenes. Y hasta algún miembro de las Cortes con el que se enzarzó tras cierto debate. Él, desde que reuniera a la plana mayor de su partido en el parador de Gredos, el verano pasado, ya había advertido de lo que estaba a punto de ocurrir:

"José Antonio estaba convencido de que se encaminaban irremediablemente hacia una dictadura de Largo Caballero. Lo más angustioso era que la Falange, con sus veinte mil afiliados, no podía corregir el rumbo de la situación"

—Os digo que en las próximas elecciones el triunfo será de las izquierdas. Azaña volverá al poder. Los republicanos se verán desbordados por socialistas, comunistas y anarquistas, y España irá hacia la revolución y el caos a velas desplegadas…

José Antonio estaba convencido de que se encaminaban irremediablemente hacia una dictadura de Largo Caballero. Lo más angustioso era que la Falange, con sus veinte mil afiliados, no podía corregir el rumbo de la situación. El propio José Antonio sentía que habría sido necesario un Frente Nacional de verdad, y en todas las circunscripciones, para hacer frente a la horda rusa, como la tildaba. Pero eso parecía imposible.

Pese a todo lo que hacía a través de su publicación, FE primero, más tarde Arriba, por frenar el cataclismo, nada parecía ganado. Las cartas que enviaba a generales y a otras personalidades influyentes quedaban sin respuesta, y la mayor parte del pueblo español no les prestaba la atención necesaria. En vano había recorrido España desgañitándose en sus discursos.

—Hazte a la idea, José Antonio. Somos minoritarios —le repetía su amigo Sánchez Mazas.

Pese a ello, el tono grandilocuente de sus panfletos y su retórica, y la importancia del fascismo en otros países europeos, hacían que se les tuviera especial inquina y que las Juventudes Socialistas hubieran empezado a entrar en la dialéctica de las pistolas. Las bajas entre falangistas empezaban a ser considerables, y eso tenía a su líder en un estado de excitación permanente. Su vida interior era un volcán en el que las ideas decadentistas y belicosas fraguaban en el fuego de su carácter abrasivo.

—Es como si vivieran en balsas de aceite —masculló, parando para observar a quienes cruzaban la Puerta del Sol.

Se les veía afanosos, cada cual metido en sus propios problemas, sin darse cuenta de que la patria, ¡la madre Patria!, estaba en peligro.

"Gustara o no, las futuras elecciones eran ya una guerra civil, caviló. Y ellos, por lo menos, lo tenían claro"

Entre los coches aparcados, la gente circulaba bien abrigada. Nadie se miraba, nadie parecía comprenderlo. Pero pronto lo harían, pensó al tiempo que alzaba la vista hasta el chaflán entre la calle Mayor y Arenal. Allí, debajo de la publicidad de Domecq y de Anís del Mono, aparecía un gigantesco cartel de ciento ochenta y cinco metros cuadrados, equivalente a la altura de varios pisos, ocupando toda la manzana, en el cual destacaba el rostro solemne de Gil-Robles: Estos son mis poderes. Dadme una mayoría absoluta y os daré una España grande. En la parte inferior se veía la multitud congregada en el campo de Mestalla, durante el último mitin de la CEDA.

—Judas…, maestro de la insidia… —musitó José Antonio.

Era notorio que la CEDA promovía una transformación pacífica del régimen, cuando él y todos los falangistas estaban prácticamente en guerra. Gustara o no, las futuras elecciones eran ya una guerra civil, caviló. Y ellos, por lo menos, lo tenían claro.

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