Inicio > Firmas > Estación en curva > Enseñanzas de la nieve

Enseñanzas de la nieve

Enseñanzas de la nieve

La nieve siempre cae con una jovialidad propia de otros tiempos. Apareció el otro día y se fue derramando sobre Madrid con una musicalidad lenta, sinuosa. No tenía prisa para llegar ni intención alguna de quedarse. Se dibujaba a sí misma, perezosa, al otro lado de la ventana, primero como una conjetura —un temblor en el aire, un parpadeo— y luego como una certeza que borró contornos, apagó ruidos y suavizó las asperezas del crudo invierno en la ciudad. Madrid se convirtió de pronto en una capital prestada, una maqueta provisional, un decorado que no convenía tomarse muy en serio. Avanzaban los coches por Alcalá con unas cautelas inusuales mientras los peatones atendían al espectáculo con una actitud que se barruntaba a medio camino entre el recelo y la alegría. Había quienes sacaban el teléfono para dejar constancia del momento —aunque los prodigios son efímeros nos gusta creer que el progreso nos ha otorgado la potestad de perpetuarlos— y quienes se dejaban ir sin más, abrigados por ese frío inconfundible que hiela la piel e incendia el alma. Cayó la nieve y Madrid se dejó hacer, dócil por una vez, como si aceptara la tregua. Quizá también ella agradeciera, en el fondo, este instante de suspensión, este breve aprendizaje del paréntesis.

La nieve se parece a la memoria porque es breve, porque huye, porque al desvanecerse deja al descubierto lo que había debajo, que es lo de siempre pero tampoco es ya lo mismo. Es manto porque abriga y reconforta. Es sudario porque iguala bajo su frío a los vivos y a los muertos que son, serán y han sido, como los que descansan en el remoto cementerio irlandés donde duerme su eternidad el joven Michael Furey o como el paseante Walser al que el destino fundió con el paisaje en los campos de Herisau, su cadáver convertido en una nota garabateada en los márgenes del mundo. La nieve, en fin, enseña que la belleza es provisional, igual que lo somos todos, y de ahí que sea al mismo tiempo promesa y amenaza, cobijo e intemperie.

"Pero también es la nieve memoria, y al cabo todas las nevadas son la misma porque comportan una suerte de armisticio en el fragor de la cotidianidad"

Pero también es la nieve memoria, y al cabo todas las nevadas son la misma porque comportan una suerte de armisticio en el fragor de la cotidianidad, y por eso cada una de ellas se conecta irremediablemente con las anteriores hasta fundirse en una única estampa. Veía nevar en Madrid y mientras observaba los rascacielos ateridos contemplaba también el valle de mi infancia en aquellas mañanas en las que uno se despertaba y subía la persiana y descubría las montañas nuestras de cada día cubiertas por una sábana blanca que convertía el mundo entero en una postal por estrenar. Y vi igualmente la nieve modificando el paisaje de Busdongo, sus casas medio aisladas y su estación más solitaria que nunca allá en lo alto, en aquella mañana de sol frío en la que quisimos que descubriera Elnita el milagro del invierno. Pero también veía el claustro de la Clerecía, en aquel otro enero en que nos sorprendió la nieve en plenas clases y, como si hubiésemos decidido rubricar en silencio un pacto que nadie formuló pero que todos asumimos, abandonamos la facultad todos a una para extraviarnos por aquellas calles de oro y plateresco a dejarnos llevar por el invierno, conscientes de que nunca estuvo ni podría estar Salamanca más bonita.

"Cayó la nieve sobre los semáforos y sobre las terrazas cerradas en invierno y por unos segundos hasta tuve la impresión de que todo podía empezar de nuevo"

Veía nevar sobre Madrid y rogaba que no amainase el temporal porque la nieve, cuando cuaja y cubre los tejados y se amontona en las cunetas, impone una nueva forma de vivir que sin duda es más molesta, pero también más humana: hay que caminar despacio, mirar bien dónde se pisa, conducir a una velocidad prudente y aprovechar el desvanecimiento de no pocas obligaciones para entregarse a la seriedad del alborozo. Veía nevar sobre Madrid, digo, y pensaba en esa ambivalencia que hace de la nieve molestia y bendición, paz e inquietud, juego y peligro, hermosura y dificultad. Habría bastado con que cuajara un poco para que la ciudad se paralizase por completo, no están pensadas sus hechuras para el blanco continuo ni se configuró su carácter para la lentitud obligatoria. Y sin embargo, durante un rato funcionó: Madrid se quedó callada, sonaron los pasos distintos, cambió la luz. Cayó la nieve sobre los semáforos y sobre las terrazas cerradas en invierno y por unos segundos hasta tuve la impresión de que todo podía empezar de nuevo aunque sabía bien que no iba a ser verdad, que se volvería a imponer el asfalto al día siguiente y que las prisas recuperarían el lugar que, según consideran, le corresponden por derecho. Estoy seguro de que por eso me gustó tanto verla caer. Porque la nieve no promete nada, ni exige nostalgia, ni demanda entusiasmo. Aparece, cumple su papel y se va, igual que se van tantas cosas importantes. Quizá sea ésa la verdadera lección que la nieve trae consigo: enseñarnos a aceptar lo que llega sabiendo que no tiene por qué durar, mirarlo bien, disfrutarlo mientras esté y dejarlo ir cuando le toque, y continuar.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios