Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Viernes, 7 de febrero de 1936: Azaña, Azaña, Azaña
Josep Pla seguía trabajando en su despacho, volcado sobre uno de sus cuadernos.
¿Qué es lo que sabía de verdad sobre Azaña?
De repente se daba cuenta de que para él era un enigma. Castellano de origen, Azaña había recibido de los agustinos de El Escorial una educación contra la que se rebeló. Tras sus estudios jurídicos, entró en el cuerpo de Letrados de la Dirección General de Registros y del Notariado dependiente del Ministerio de Gracia y Justicia. Pero el polvo de los legajos no debió de entusiasmarle y se lanzó a la política.
Aprovechó su posición como secretario general del Ateneo. En la biblioteca de la calle del Prado completó su formación de jurisconsulto erudito, a lo que añadía cierto prurito de escritor en sus tiempos libres. No solo tradujo La Biblia en España, de Jorge Borrow, sino que fundó con su cuñado Cipriano Rivas Cherif la revista La Pluma. Y después sucedió a Araquistáin en la dirección de la revista España, todo desde el Ateneo. En 1930 fue su presidente electo.
Anticlerical, francmasón, afrancesado, había sido el blanco de todas las cábalas reaccionarias y, naturalmente, también el ídolo de la progresía burguesa republicana, cuyos valores encarnaba.
Como becario en París, Azaña descubrió la cultura del país vecino. Llegó a ser especialista en cuestiones militares a base de estudiar la evolución del ejército galo y en 1917 visitó el frente aliado. Eso y sus estudios de política francesa contemporánea lo llevaron al Ministerio de la Guerra en el primer Gobierno provisional de la Segunda República. Muy rápidamente se convirtió, por su firmeza, en el ministro revelación.
En octubre del mismo año y tras la crisis en que dimitieron el presidente Alcalá-Zamora y el también conservador Miguel Maura, ambos por la cuestión religiosa, Azaña pasó a presidir el Consejo de ministros. Su rigidez y su tendencia al autoritarismo lograron que se dijera ya entonces que o enderezaba el país o hundía la República…
Los dos años del bienio reformista fueron su momento de mayor gloria, porque a raíz de las elecciones de noviembre de 1933, y sobre todo a partir de la revolución de Asturias, cuando se le encarceló en Barcelona, su carácter había cambiado. Ya no era el intelectual idealista que salía a la palestra para transformar el país. A partir de ese momento era un hombre de poder intrigante, un animal político capaz de conchabarse con Prieto para lanzar un escándalo como el estraperlo y acabar con sus rivales.
«Yo no sé si soy un estadista pero lo cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar», había dicho recientemente. Ese era el Azaña que volvía, un hombre transformado, desengañado y dispuesto a todo.
Pero ¿cuáles eran las claves de su personalidad? Según sus enemigos, la cobardía y la soberbia. Desde las derechas lo concebían como un intelectual que dudaba por sistema y desdeñaba cuanto le rodeaba. De ahí, según Gil-Robles, que fuera extraordinariamente mordaz en la crítica, incluso con sus íntimos, y poco apto para la conversación, pues rechazaba el contacto personal. La política le repugnaba en lo que tenía de intercambio. No le gustaba defender sus ideas en un plano de igualdad.
¿Y en lo personal? ¿Se podía conceder crédito a las acusaciones de homosexualidad, de mantener relaciones con su cuñado Cipriano Rivas Cherif, e incluso de haberse casado con la hermana, Dolores, solo para camuflar esa pasión, como decían las malas lenguas? Pla no lo creía. Cipriano era su alma gemela. Un intelectual metido en el teatro, amigo de Margarita Xirgu y de su círculo de empresarios influyentes. Pasaban mucho tiempo juntos. Era su mejor amigo. Pero lo otro ya era difamación sin sentido. No, por ahí no podían atacarle.
¿Cuál era su punto flaco?, pensó. ¿Qué era lo que podía serle útil a Cambó si Azaña volvía al poder? Era una buena pregunta, porque el alcalaíno, tras su particular vía crucis catalán, volvía fortalecido…
Pla soltó la pluma. Ya oía la voz de acento gallego que, desde la cocina, decía que la comida estaba lista.
—¡Voy enseguida, Antoniña!


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