Tan solo diez relatos, de entre los más de 1.200 presentados al concurso, han conseguido llegar hasta aquí. Estos son los finalistas que compiten por los premios del concurso de relatos #detodalavida, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el viernes 6 de febrero. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.
A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.
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1
Título: El cementerio de Aldehuela
Autor: Sara María Nieto Yuste
Cada mañana voy con mi abuelo a coger agua temprano al pozo. Caminamos arrimándonos a las paredes de piedra para protegernos del sol, que calienta casi desde que asoma. Mi abuelo es grande, tiene los ojos claros y el hablar alto y rotundo. Saluda a los paisanos con desparpajo.
Mi abuela es menuda y prefiere el susurro, el hacer al decir. Otorga cuando calla y en su silencio parece que el mundo se ordena. Ella me permite entrar en el universo femenino que respira de forma discreta, un lugar sagrado y enigmático en el que lo más importante se cuenta en voz baja o no se cuenta: se intuye.
Cuando voy con mi abuela saludamos a la vecina, la tía Pilar. La cocinota de la tía Pilar es oscura y está llena de frascos con toda clase de cosas misteriosas. Me encanta mirarlo todo, pero nunca nos quedamos mucho. A menudo, cuando estamos a punto de irnos, nos regala algo.
—Aguarda, aguarda. Ten unas hierbas para la muchachina. Son para el dolor de barriga, que a mi nieta también le da “entripao” el agua del pozo cuando viene de Madrid.
Y con sus manos grandes deposita en las de mi abuela un pequeño hatillo perfumado de manzanilla y algo más que nadie sabe. Luego continuamos el camino hacia la casa de la tía Petra a por leche. Entramos en la penumbra del zaguán donde, en el rincón más fresco, hay un par de baldes de metal rebosantes. La tía Petra agarra un envase medidor, lo hunde en el líquido blanco y perfumado y lo vierte en la lechera sin derramar una sola gota. Así una y otra vez hasta completar la cantidad deseada. No sé si me fascina más esta ceremonia sencilla o los chismes que, entre cuchicheos y medias palabras, va desgranando.
—Con Dios —se despide mi abuela al terminar.
Y la tía Petra me planta dos besos sonoros y me apretuja, hundiendo mi cara entre sus grandes pechos. El olor de la leche se me pega de tal forma que estoy convencida de que es ella misma la que llena con sus tetas los baldes cada día.
En la tienda de María Antonia me siento en una de las sillas que tiene para hacer más cómoda la espera de los clientes. María Antonia deposita con parsimonia, uno a uno, los artículos que le piden. Luego coge un trozo de papel de estraza y con números de caligrafía antigua hace la suma.
Pero el lugar que más me gusta visitar con mi abuela es el cementerio. Con un chirrido quejumbroso abrimos la enorme verja que da al patio que lo precede, rodeado de mimosas ya resecas por el estío. Al fondo está la ermita, un edificio modesto con un campanario encalado, rematado por dos nidos de cigüeñas. A su lado, la entrada del cementerio, cuya puerta enrejada siempre está abierta.
Desde luego, no se puede decir que el cementerio de Aldehuela sea un sitio tétrico. Las paredes de los nichos son blancas; los muros que lo rodean, también. Es amplio y la hierba salvaje, salpicada de algunos cantuesos, crece por todas partes. No hay cipreses ni sombras, y la luz del sol lo baña de la mañana a la noche.
Pasamos por las distintas calles repletas de nichos hasta llegar a la tumba de su hermana, mi tía abuela, de la que nunca supe más que el nombre inscrito en una piedra. Entonces mi abuela se detiene, clava la mirada en algún punto impreciso y habla como para sí. Enseguida termina y empieza mi parte favorita.
—Abuela, ¿y quién es este?
—Ese era tío Venancio, el Rehecho. Pero tú no lo conocías.
—¿Y esta?
—Tía Gertrudis, la Guapa. Pero murió hace ya mucho.
Así vamos repasando los nichos y yo guardo los motes en la memoria. Me fijo en las lápidas: algunas más nuevas, otras viejísimas; otras apenas muestran unas iniciales y una fecha. Cuando aprendo a restar empiezo también a deducir la edad del difunto. Entonces mis preguntas se vuelven más difíciles de contestar.
—Abuela, ¿y por qué se murió este niño? Tenía solo dos años.
—Abuela, ¿y este chico que murió con dieciocho en el año treinta y siete?
—Abuela, ¿y por qué aquí está enterrada una familia entera y todos murieron el mismo año?
El silencio suele ser la respuesta. Definitivamente este sitio es el lugar más mágico y misterioso de todos los que conozco.
*
La última vez que fui al cementerio con ella yo ya tenía quince años. Hicimos el recorrido acostumbrado. Su andar se había hecho lento y ya me conocía casi todos los secretos dormidos en aquel camposanto. Al llegar a la zona más recogida, donde las golondrinas ni siquiera anidaban, solo comentó:
—Hay que ver cómo es tía Pilar, ¿pues no dice que al lado de esta tapia crecen unos hongos buenísimos? Esta mujer…—dijo moviendo la cabeza y santiguándose.
El sol reverberaba en la tapia blanca resaltando los desconchones y a lo lejos se oía una chicharra. Continuamos andando en silencio hasta la verja. No pregunté nada más.
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2
Título: Palimpsesto
Autor: Javier D. Donna
I
La vi en la librería García Santo del centro, con el piso de porcelanato marrón roto en la calle San Martín. Era febrero, Mendoza se derretía, y yo acababa de terminar segundo año de Economía. Buscaba algo para leer en el micro a Reñaca, donde pasaría el verano con mis viejos.
El librero me vio dudar.
—Llevate esa —dijo—. Te va a cagar la vida.
Tenía portada roja. La compré sin leerle la contratapa. La leí esa noche en mi pieza, con el turbo-ventilador empujando aire caliente de un lado al otro. Un tipo perseguía a una chica por medio mundo. París, Londres, Lima, Tokio. Décadas perdidas detrás de alguien que no lo quería. En Tokio un mafioso la drogaba y miraba escondido mientras el protagonista le hacía el amor. Me pareció patético.
En los márgenes escribí con lápiz: “Problema de optimización mal planteado”. Subrayé una frase donde el protagonista dice que la amaba “a pesar de todo” y anoté: “Ineficiencia emocional”.
Cerré el libro enojado y lo guardé entre los manuales de Varian.
II
Apareció en una caja que decía “Libros — no tirar”, cinco años después, en un departamento sin muebles en la esquina de Belmont y Clark. Acababa de llegar a Chicago para el doctorado. Afuera había metro y medio de nieve y seguía cayendo. No sabía si el frío que sentía era del invierno o del miedo.
No conocía a nadie. Mi inglés era técnico, funcional, perfecto para seminarios y nulo para entender chistes. Llamaba a mi vieja los domingos con tarjeta telefónica, contando los minutos como gotas.
Esa noche lo abrí otra vez, más por nostalgia que por ganas. Ya no era solo un tipo persiguiendo a una chica. Era alguien que vivía entre idiomas, entre ciudades, traduciendo para sobrevivir, sin pertenecer del todo a ningún lado. Envejecía en París hablando un francés que nunca sería suyo, trabajando en lo que podía, volviendo siempre a Lima en su cabeza aunque ya no cupiera ahí. Yo daba tutorías de microeconomía en un inglés que me sonaba prestado, pensaba en español, soñaba en una mezcla de los dos.
Subrayé con birome azul, encima de los subrayados a lápiz. En el margen escribí: “El costo de oportunidad de no volver” y “¿Qué pasa cuando ya no sabés dónde queda casa?”.
Guardé el libro en la mesa de luz. A veces lo abría de noche, al azar, sin buscar nada.
III
Volví a abrirla un jueves en Columbus, después de un rechazo de Econometrica tras cinco años en referato. Mi sexto año como Assistant Professor. El nuevo editor no creía en ineficiencias de mercado. Estaba en pijama a las ocho de la noche, con la computadora mostrando el email.
Saqué el libro sin pensar, buscando algo que no fuera economía. Me detuve en la estructura. Cada capítulo era una ciudad distinta, una década distinta, siempre la misma historia. Lima en los cincuenta. París en los sesenta. Londres en los setenta. Madrid en los ochenta. Ella aparecía con otro nombre, otra ropa, otra vida inventada. Él caía de nuevo. Ella se iba. “Un patrón estable en datos no estacionarios.”
Me quedé pensando en mis idas y vueltas: Mendoza, Chicago, Columbus. Siempre prometiéndome que esta ciudad sí, que este trabajo sí, que iba a venir lo que me pertenecía.
Subrayé con resaltador amarillo, encima de la birome azul y el lápiz viejo. Pero esa noche no alcanzó. Escribí en el margen, apretando hasta casi romper el papel: “¿Y si uno es el que elige repetir?”. Mis notas a lápiz de Mendoza me parecieron la caligrafía de un idiota. Cerré el libro de un golpe.
IV
Me había mudado a Gainesville, a la Universidad de Florida. Estaba en Filadelfia para dar una charla sobre colusión en subastas de agua. Todo era genérico en el hotel: lobby con café horrible, wifi que no funcionaba, gente en jeans y blazers hablando de papers.
Después de la cena, volví al cuarto y ahí estaba el libro en mi valija. Lo había metido por costumbre. La promesa de tener un libro, algo no genérico en la mesita de luz. Leí unas páginas. El protagonista estaba en Madrid esperándola. Ya sabía cómo terminaba. Leí un poco más, sin subrayar nada. Afuera se oía el tráfico lejano. Cerré el libro. Me quedé dormido con la tele prendida. A la mañana lo guardé en la valija y no volví a pensar en él durante meses.
V
La última vez fue hace dos semanas, un jueves al mediodía, en mi oficina de la Universidad de Miami. Había terminado de revisar un paper sobre un algoritmo secreto de Amazon para aumentar precios. Necesitaba aire antes de la clase de las tres.
Saqué el libro del estante. Tres capas de subrayados: lápiz de Mendoza, birome de Chicago, marcador de Columbus. Un palimpsesto de versiones mías discutiendo entre ellas.
Miré por la ventana. Palmeras, calor, humedad. Nada que ver con Mendoza, con Chicago, con Columbus.
Guardé el libro en la mochila.
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3
Título: Mi abuela
Autor: Maite Blasco Moriano
Mi abuela siempre tenía remedios para todo, y para cada uno de ellos usaba una parte diferente de su cuerpo.
Cuando te habías caído y estabas llorando, ella venía y sacaba de su manga un pañuelo con el que limpiaba las lágrimas, quitaba los mocos y te decía «anda a jugá niña, que ya sa pasao».
O cuando tu madre te castigaba sin propina el fin de semana, mi abuela tenía un monedero escondido en su seno. Aprovechaba cuando nadie miraba para hurgar en su voluminoso pecho y sacar un monedero pequeñito que llevaba anudado con un lazo en el tirante de su sujetador. De ahí siempre aparecía una monedita, -o dos- que te consolaba el castigo.
Bajo su axila, tenía el consuelo del cansancio. Cuando habías comido en su casa — sencillos manjares que en ese momento no sabías que añorarías durante el resto de tu vida— y después te sentabas en el sofá a dormitar, ella cobijaba tu cabecita bajo su ala, y dormías… ¡y tanto que dormías! Dormías sintiendo que nada podía pasarte porque en sueños sentías su olor inquebrantable, tan duro como era ella y te sabías bajo las más fuertes murallas.
Mi abuela también tenía en sus mofletes el remedio contra el frío. Cuando llegabas a su casa y te acercabas a darle un beso si ella notaba que tenías la cara fría por la nieve o por el viento del invierno, soltaba un chillido estruendoso y te decía «¡niña, que vienes como er yelo!», y pegaba tu cara a la suya, sin importar si estaba masticando, en una acalorada discusión con alguien, o riendo a carcajadas. Como extensión de su cuerpo que eras, ella no te soltaba hasta que consideraba que tu temperatura era óptima para poder seguir con la vida.
También tenía en su voz el remedio de la añoranza. En las sobremesas, en las tardes tontas o mientras estaba afanada con algo, empezaba a contar, como un molinillo al que le hubieran dado cuerda, las más increíbles historias de personas con nombres tantas veces escuchados que sentías cercanas y de una tierra que de tanto nombrarla, podías hasta oler la tierra cuando caía la lluvia, aunque no la hubieras pisado jamás.
Y en su boca, tenía el remedio contra el paso del tiempo. Cuando ya, siendo yo adulta -casi sin saber cómo- cuando mis tías y mi madre intentaban decirle qué comer, qué tomar o cuántos baños darse, ella arrugaba sus labios y levantaba el morro hacía arriba cuando se daban la vuelta mientras mascullaba entre dientes “¡que se vayan ar coño!”. Para demostrarme así que la vida era la misma aunque hubiéramos intercambiado el tamaño.
Ahora que mi abuela ya no es más que el remedio del olvido, no pasa un día en el que no quiera desear oírla llegar con sus pasos cansados de abuela migrante que nació pa’ fregá y sufrí y observar una vez más como las flores de su bata se agitan con el contoneo de su orondo cuerpo, para que alivien su ausencia y me recuerden que contenía en sus manos el remedio de los que llegan sin tierra y en todo su cuerpo un remedio para cada uno de mis males.
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4
Título: Una pizza
Autor: Alejandro Marcelo Guarino
Una pizza. Me compré una pizza especial, redonda, grandota, enorme, llena de morrones, huevo duro, queso y jamón.
Una pizza como las que se ven en los carteles publicitarios, que parece que hasta aroma a pizza tienen.
Venía en una caja cuadrada, como las de antes. No blanca, con el logo de la pizzería impreso en la parte superior como te venden las pizzas ahora, sino de esas grises que, cuando uno era chico y entraba a la pizzería del Alberto, el que le metió la cuchillada a la Dorita, la esposa, porque creía que ella andaba con el que le vendía las aceitunas, veía la columna interminable de envases de cartón que se elevaba hacia el techo y te pensabas que esa era la torre de Pisa.
A mí me gustaban más los triples de la Dora. Vos entrabas al boliche y cuando veías los sándwiches que reposaban debajo de la campana de vidrio, el resto del paisaje desaparecía. Las viejas esperando para comprar el pan. Los pibes parándose en puntas de pie para espiar dentro de la conservadora de los helados. Los parroquianos jugando al truco en las mesas.
“En la vía” se llamaba el bar.
Le habían puesto así porque entre la estación de servicio Isaura y ella pasaba una vía.
A mí me gustaba ver pasar los cargueros por las tardes.
Miraba con envidia a los pibes de mi edad que se trepaban como comanches a los vagones. Yo nunca fui muy habilidoso en esas cuestiones. Por eso los otros chicos no me aceptaban. Pero yo no comía los triples para tapar la angustia de no ser aceptado. A mí me gustaban los triples.
Cada vez que mi vieja me mandaba a hacer un mandado y me daba la guita justa, yo pedía uno y le decía a la Dorita que se lo anotara en la libreta. Cuando mamá se cruzaba hasta el bar se encontraba con que estaba debiendo una cuenta y después en casa venía la paliza.
Pero yo no cesaba con mi consumo clandestino de carbohidratos.
Cuando venían las lluvias, las calles se inundaban por la contención que ofrecían los terraplenes de la vía y, con las calles, el bar también era una parte de La Atlantis.
Con botas, con los pantalones arremangados, porque en esa época no existían las bermudas, por lo menos para el común de la gente, con chancletas, todos iban igual a “En la Vía”, como si no pasara nada.
Y cuando esta noche paso por la caja de la pizzería veo que al costado, sobre el mostrador, debajo de una campana de vidrio, unos triples de lechuga y tomate se ofrecían descaradamente.
-¿Me anotás uno que después mi vieja te lo paga?- tuve ganas de decirle al cajero, pero no me animé. Me fui con la pizza, que tenía una pinta que ni te cuento pero que, seguro, ni se arrimaba a lo que eran triples que hacía la Dorita.
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5
Título: Afiches
Autor: Natalia Marilín Salvatierra
Los últimos sábados de cada mes nos juntamos en la librería. Estantes hasta el techo, un planisferio enorme y plantas que siguen ahí, aunque nadie sepa muy bien cómo. Él armó ese mundo hace años y todavía lo sostiene.
Habla bajo, pausado. A veces pide que repitan una frase y se queda un momento con ella. Cuando algo lo entusiasma, sus manos entran en la charla.
Hay días en que su mirada es abierta. Otros no. Yo pregunto sin pensar, pero con él no me sale. Me quedo quieta.
Cuando era nueva, conté que mi tango favorito era Afiches. Me lo cantaba mi abuelo. Al sábado siguiente, Guillermo trajo la letra impresa y la leyó en voz alta. No explicó nada. La leyó. Esa noche, por primera vez, me sentí parte de algo en este pueblo. Entré distinta a casa.
Una noche mencionaron a Onetti y él dijo que alguna vez se había sentido como el personaje de El pozo. No agregó nada más. La conversación siguió por otro lado y yo me quedé con esa frase, sin saber qué hacer con ella.
Quise leerlo.
Me prestó un Onetti de hojas amarillentas que olía a consultorio dental. Quedó en mi mesa de luz, debajo de Ajmátova, debajo de Pizarnik, debajo de todo lo que arde.
Durante meses lo abrí sin poder avanzar. Los personajes caminaban, pensaban, miraban hacia adentro y yo esperaba un estallido, un cuerpo, una voz. Pero nada. Era como tener palabras atravesadas para decirle a alguien y quedarse muda. Lo dejaba. Insistía. Lo dejaba de nuevo.
En una cena contó que a los dieciocho se había ido a Neuquén a estudiar. Le pregunté por qué tan lejos. Me fui lo más lejos que pude, dijo.
No pregunté más. Volví a casa, me abrí una cerveza y salí al balcón con el libro. Leí sin esperar nada. El pueblo dormía. Cuando levanté la vista ya era de día.
No me volví lectora de Onetti.
El libro quedó abierto un rato más. No todos los libros eran puertas. Algunos, sí.
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6
Título: Canícula
Autor: Fátima Murcia
El sol de julio no alumbra, abrasa. Es un sol de pedernal que cae a plomo sobre la cal de la fachada, arrancando una blancura dura que hiere los ojos, que enciende la tarde en haces ásperos. En esa casa, que es nuestra matriz, el aire se ha vuelto denso, un ámbar entrecortado y agrio que guarda las miasmas de la morfina y la sal, la farmacia amarga de la muerte en la penumbra.
Mi abuelo se muere en el cuarto del fondo. Su cuerpo, antes ancho como un bancal, es ahora un nudo de sábanas revueltas y una respiración que suena a grava arrastrada por el agua. No ha dejado de llamar a Ana, la mastina. Llama a la perra con un resuello de voz que viene de un tiempo pretérito, un quejido que no busca al animal, sino a la hija que se le fue hace treinta años, y que habitaba en el nombre de la perra.
Ana, la mastina, se perdió en la noche, hace tres días. Se fue a morir al monte, como hacen las bestias antiguas, sabiendo quizá que el abuelo no tardaría en seguir sus pasos. Pero en la casa nos callamos. Le decimos que está al volver, que se ha quedado dormida a la sombra ardiente de los algarrobos, mientras fuera, el verano drena y tortura los campos con crueldad indiferente.
Yo miro mis manos apoyadas en el marco de la puerta. Siento la extrañeza de la que empieza frente al que termina, mi piel tersa frente a la suya, que es ya un pergamino traslúcido. Pero lo siento arraigado en mí como la mundanidad del pan, como la costumbre eterna del cuerpo o la intimidad sonámbula de la sombra que me sigue por el pasillo.
A mediodía el silencio se quiebra con un ladrido lejano, un eco, un espejismo del calor. El abuelo abre los ojos, vacuos y vidriosos, y sonríe dudoso hacia el hueco de la puerta. En ese momento pienso que la casa no es solo madera, ladrillo y cal; es un tótem que nos contiene a todos, los vivos y los muertos, unidos por ese delgado hilo de sangre que se llama memoria.
Cuando su mano deja de apretar la mía, el sol de pedernal parece ceder un milímetro. Me queda de aquel verano el aura incandescente de la cal entre los dedos, el aroma de los naranjos viejos sobre el rescoldo palpitante de las piedras, y la certeza de que, aunque Ana no volvió, él ya no necesita buscarla en el silencio del estío.
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7
Título: Una tarde cualquiera
Autor: Juan Francisco Escalona
Parte I
El lado de acá
(Trompeta)
El mundo se volvió, de pronto, un despliegue de texturas verticales. Al saltar la ventana, el afuera me recibió con un latigazo de frío y ese olor a asfalto húmedo que fue, para mí, un mapa de advertencias. No me perdí, simplemente me dejé llevar por la corriente de los muros. Julián creyó siempre que las calles eran líneas rectas para ir de un punto a otro, pero yo supe que el barrio era un sistema de círculos que se muerden la cola, una danza de esquinas que se repetían hasta el infinito.
Vi a la mujer de las manos de lana. Me miró con esos ojos nublados que no veían nada más allá de sus propios fantasmas. Pasé por su lado como una exhalación, una vibración en el aire. Luego, sobre el techo de la escuela, el deseo se me volvió un resorte en las patas. Divisé una paloma, un blanco perfecto contra el gris del cemento; salté con la precisión de quien posee el aire, solo para descubrir, entre mis garras, que la presa era apenas una hoja de papel, un mensaje en blanco arrastrado por el viento. Me quedé allí, solo, bajo la indiferencia del cielo, masticando la nada. El hombre del delantal blanco me señaló con un dedo que olía a queso y a rancio.
Yo estuve demasiado ocupado descifrando el lenguaje de las hormigas en la grieta del cordón, ese alfabeto de patas y antenas que Julián nunca sabrá leer, por mucho que se hunda en sus libros.
No sentí angustia en mi vagabundeo, solo una curiosidad elástica. Me trepé a un techo de zinc para ver cómo el sol se deshacía sobre las antenas, volviéndose un líquido naranja que manchaba las nubes. Desde allí arriba, alcancé a ver a Julián, una figura de papel, pequeña y torpe, gritando un sonido que reconocí como mi etiqueta. Comprendí entonces que ese nombre metálico, esa vibración que él lanzaba al aire, era precisamente lo que me definía en su mundo, la única forma que él tenía de llamarme para que yo fuera yo. Quise bajar, pero un gorrión me propuso un juego de distancias y me interné en el patio de los baldíos, allí donde el tiempo no tuvo dueño.
Parte II
El lado de allá
(Julián)
Me detuve frente al estante de los discos y fue entonces cuando lo supe, faltaba un peso en la atmósfera, una nota en la escala de lo cotidiano. Busqué primero con el pie, tanteando por debajo del sofá ese roce peludo que solía interrumpir mis lecturas, pero solo encontré la frialdad del parqué. Trompeta no estaba. No estuvo de esa manera definitiva en que las cosas deciden dejar de estar cuando se cansan de ser observadas.
Salí a la calle con el paso fragmentado, con esa marcha de quien busca algo que no tiene forma fija. El barrio, bajo la luz de las seis, me pareció un rompecabezas mal armado. Le pregunté a la señora Rosa en la mercería y me dijo que sí, que había visto una mancha negra y blanca saltando el muro de los Pérez, pero que bien pudo haber sido una sombra o un mal recuerdo. En el almacén, don Jorge me juró que el michi anduvo por los techos de la escuela, persiguiendo una paloma que era, en realidad, un pedazo de papel al viento.
Caminaba sintiendo que Trompeta se me escapaba por las costuras de la realidad. Lo llamaba —¡Trompeta, Trompeta!— y mi propia voz me sonó hueca, como si el nombre fuera una jaula y el pájaro ya hubiera volado. Me lo imaginé atrapado en un tiempo distinto, un tiempo donde los zaguanes son túneles y los árboles son escaleras al cielo. Regresé a casa con el presentimiento de que, si volvía, ya no sería el mismo; traería en sus pupilas la geometría de otras calles, el sabor de un miedo que yo jamás podría deletrear.
Parte III
La cifra del abrazo
(los dos)
Cuando el hambre se vuelve una aguja en el estómago, el animal recuerda el cuenco de cerámica y el sonido del abrelatas, ese metal que canta la promesa del alimento. Regresa por el camino de los olores familiares, deshaciendo sus pasos sobre las cornisas. Julián lo siente antes de verlo. Es esa recuperación del peso en el aire, una sutil rectificación de la atmósfera en el living. Trompeta está allí, de pie sobre la alfombra, como si acabara de brotar de las vetas de la madera, una aparición que reclama su sitio.
No hay reproches ni explicaciones, en ese universo de silencios compartidos, las palabras son apenas prótesis innecesarias. Julián lo alza despacio. El gato se deja hacer, entregando su cuerpo con esa elasticidad que es una forma de la confianza absoluta. Al apoyar la mejilla sobre el lomo tibio, Julián comprende que el amor entre un hombre y un gato es un puente tendido sobre un abismo de otredad. Es amar lo que no se posee, lo que siempre está por irse, lo que mira desde una frontera que el humano no puede cruzar.
Trompeta ronronea, un motor rítmico que parece querer sintonizar el pulso de ambos, una música hecha de puro presente. En ese contacto, se sella un pacto secreto, el hombre le perdonaba la fuga, y el gato le perdonaba la posesión. Son, de pronto, dos soledades que se reconocen en la penumbra, comprendiendo que estar juntos no es una cuestión de espacio, sino de tiempo. Se quedaron así un largo rato, inmóviles, mientras afuera el barrio recuperaba su forma cotidiana y adentro, en el centro exacto de la casa, el amor vuelve a ser ese nudo ciego que nadie puede desatar.
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8
Título: La panadería eléctrica
Autor: Patricia Aliaga Rodrigo
Yo no creo en la nostalgia. La nostalgia es una trampa para viejos con miedo a morirse. Yo creo en la memoria, que es otra cosa: la memoria es un cuchillo bien afilado. Y corta. Si no corta, no sirve.
Tengo noventa y dos años, una prótesis de cadera que suena como una cafetera vieja y una lengua que todavía no se ha jubilado. El cuerpo hace ruidos raros, pero la cabeza sigue funcionando, que ya es bastante. Vivo en el mismo barrio desde antes de que el barrio tuviera nombre, antes de que tuviera farolas y antes de que tuviera vergüenza. Vivo aquí desde cuando las calles no se parecían a sí mismas y la gente se conocía por la voz, no por la foto del carné ni por el número del portal.
La panadería sigue ahí. Ahora se llama Bakery & Coffee, tiene una pizarra negra en la puerta y palabras en inglés que nadie del barrio sabe pronunciar sin pedir disculpas. Pero yo la sigo llamando la panadería de Remedios, porque una cosa es modernizarse y otra borrar la historia con un rotulador blanco.
Remedios era bajita, gorda, con bigote fino y una voz que parecía un sermón enfadado. Tenía los brazos fuertes de amasar y una paciencia corta para las tonterías, que suele ir junto. Cuando llegó la electricidad al barrio —yo tendría nueve o diez años— todos creían que aquello era magia: una bombilla colgada del techo, un horno nuevo, un interruptor como si fuera el botón de lanzar un cohete.
Remedios lo miró todo con desconfianza y dijo:
—Esto no es magia. Esto es trabajo con enchufe.
Y ya está. Fin del misticismo.
Antes, el pan se hacía de madrugada, a oscuras, con fuego real. El horno tragaba leña como un animal viejo, las manos se llenaban de ceniza, la masa se pegaba a la piel y el calor te dejaba los párpados blandos. La panadería era una cueva caliente donde la gente entraba muda, como si fuera una iglesia, pero sin mentiras.
Cuando llegó la luz, todo cambió. El barrio se iluminó, las noches dejaron de dar miedo, las mujeres dejaron de caerse por las escaleras y los niños pudimos leer sin dejarnos la vista. Los hombres empezaron a llegar más tarde del bar, eso también, pero nadie es perfecto y el progreso nunca viene solo. Eso no lo cuentan los nostálgicos profesionales, que recuerdan el pasado como si hubiera sido cómodo.
Yo iba cada mañana con una talega de tela que había cosido mi madre. Remedios siempre me daba un trozo de masa cruda.
—Para que aprendas que la vida no siempre está hecha —me decía.
Eso sí era pedagogía, no los libros de ahora ni las charlas motivacionales.
El barrio se construyó alrededor de ese horno. Las bodas se celebraban con su pan, los entierros también, el hambre también. Las fiestas, las peleas y los silencios pasaban por allí. Todo pasaba por allí, como por el bar, como por la iglesia, como por el cementerio. Si querías saber cómo estaba el mundo, mirabas el pan.
Una vez hubo un apagón grande, de los de antes, de los que dejaban al barrio en una oscuridad de animal prehistórico. La gente bajó a la calle como si se acabara el mundo: gritos, velas, radios, niños llorando y hombres que no sabían qué hacer con las manos. Remedios abrió la puerta de la panadería y sacó el pan igual, caliente y oliendo a hogar, como si nada.
—Mientras haya manos, hay pan —dijo.
Eso se me quedó tatuado en el cerebro más que cualquier rezo y más que muchas promesas.
Ahora el horno es eléctrico, las dependientas tienen piercings, el pan se cobra con tarjeta y el barrio parece un catálogo inmobiliario con nostalgia de mentira. Pero hay algo que no han podido quitar: el olor. El olor sigue siendo el mismo, y eso no hay modernidad que lo arregle ni que lo estropee.
Cada mañana bajo despacio, con mi bastón, como quien baja a ver si el mundo sigue en su sitio. Entro, pido una barra y me siento en el banco de fuera. No miro el móvil porque no lo necesito, no miro a la gente porque ya la conozco y no miro el mundo porque lo tengo visto. Huelo el pan y me doy por servido.
Y me acuerdo de mi madre, de Remedios, del primer beso que me dieron detrás del horno, del día que aprendí a cambiar un enchufe sin electrocutarme y del día que nació mi hija. Me acuerdo del día en que el barrio tuvo luz por primera vez. Todo eso cabe en una barra de pan, aunque ahora lo envuelvan en papel reciclado.
La gente joven cree que lo importante es la velocidad, que todo tiene que ser rápido, inmediato, nuevo y brillante. Yo creo que lo importante es que las cosas duren, que acompañen y que no te fallen cuando estás jodido. Lo demás es decoración.
Eso es lo de toda la vida.
Yo no quiero monumentos, ni placas, ni homenajes. Quiero pan caliente por la mañana, luz por la noche y memoria que no se apague. Porque mientras haya alguien que recuerde, nada se pierde del todo: ni los barrios, ni las panaderías, ni las mujeres con bigote, ni los hornos viejos, ni los nombres. Ni nosotros, aunque ya no pintemos mucho.
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9
Título: El último pastelillo
Autor: María Deulofeu Gabriel
Mientras seleccionaba las zanahorias más espigadas, Ana volvió a experimentar aquella extraña sensación. Aunque había aprendido a convivir con ella —como se acostumbra uno a la sombra del gato ajeno tras el cristal o al rumor de sus cacerías en el patio— ya era la tercera vez que se asomaba en un solo día.
La primera había sido al escuchar el tintineo tras abrir la puerta de la panadería en la que solían comprar siempre la mantequilla. Pronto aprendió que la receta nunca sería la misma sin ella, la que preparaba la dueña aún, a pesar de su edad. La segunda la estremeció un poco después, en la esquina, justo antes de encontrarse con la hija del carpintero. Habían sido muy cercanas en la niñez y ahora, aunque sus caminos eran distintos, no pudieron evitar reincidir en las mismas pláticas despreocupadas al pie de un durazno doblegado por el perfume de tantas flores.
No fue en los anaqueles de los que tomó la harina, sino al aproximarse a las bolsas de las nueces que se sintió, de nuevo, desvalida. Recordó, sin saber por qué, la mañana de su última niñez, en la que una fiebre grave disfrazada de resfriado le había hecho tambalear con las bolsas del mandado en la salida del almacén. Era cierto que aquel lugar ya no era el mismo. Desde hacía un tiempo había sido comprado por una cadena de supermercados que se esparcía en los poblados más rápido que un virus y que había dejado sin empleo a la mujer que en aquella ocasión, sin desprenderse del delantal, había acompañado a la niña que fue hasta la puerta de su vivienda.
La cerradura desdentada de aquella misma puerta de nogal por fin cedió y Ana pudo entrar, dieciocho años después, con las bolsas de las compras y la misma impresión febril del pasado. No se dejó intimidar por el silencio de los muebles que dormitaban fastidiados por el polvo y por la soledad. Se había empeñado en no dejar morir aquella casa. Viajó desde la ciudad ese verano con la intención firme de que la luz volviera a anidarla.
Ninguno de sus hermanos se sumó a la iniciativa a pesar de que, en los ojos de todos, una chispa fugaz se animaba ante el recuerdo, ante la sola mención del que fue durante tanto tiempo su hogar.
Lo primero que se le ocurrió fue preparar los famosos pastelillos de su mamá. Había encontrado el recetario la mañana en la que volvió. La vecina, que llegaba una vez al mes para darle mantenimiento al jardín, le entregó las llaves y un fajo de recibos de luz y agua que durante años había pagado por cuenta propia. Era cierto que nadie vivía allí, pero el gesto y la mención, en aquella primera plática, de la buena sazón de su querida amiga, le hizo decidirse por volver a poner en marcha aquel horno clausurado sin aviso.
Tras limpiar la cocina, esta vez con mayor escrúpulo, se sintió demasiado cansada para emprender aquella labor que requería tanta dedicación, tanta voluntad.
La verdad era que Ana nunca había explorado mucho aquello del cocinar, aunque siempre sintió si no una inclinación, al menos sí curiosidad por la pasión que despertaba aquel oficio en su mamá. Al posponer sus planes hasta el siguiente día, en el fondo sintió alivio. La verdad era que temía que el resultado fuera desastroso y que, contrario a lo que pensaba, no fuera capaz de replicar aquellos pastelillos que tanto recordaba.
Al guardar la mantequilla notó que en los compartimentos todavía había algunos frascos de pepinillos y un par de recipientes vacíos de vidrio en los que se solían guardar las mermeladas. Nunca esperó que, al abrir la puerta del congelador, la sensación de que su alma se había desplazado a otro sitio ─y que había estado experimentando desde hacía algún tiempo─ se intensificara de tal modo que le fuera necesario buscar algo a lo que sostenerse.
El mismo sol de siempre, agonizante, volvía a colarse por el ventanal que siendo pequeña le parecía inalcanzable. Sentada sobre su regazo de madera, Ana daba, temblorosa y cubierta del rocío salado que brotaba desde su corazón roto, un primer mordisco al último pastelillo de zanahoria cocinado por su madre en vida.
Mientras aquel instante se desvanecía en su boca, se sintió de nuevo habitada.
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10
Título: La cota cero del recuerdo
Autor: Paqui Rodríguez Extremera
El hormigón tiene una memoria brutal, pero la tiza es volátil.
Elena, a sus cincuenta años, observa el plano de sección que descansa sobre su mesa de dibujo. El proyecto es una escuela en la periferia, un encargo de esos que exigen luz y presupuestos de miseria. Pero hay un error en los niveles; la cota cero no está donde debería. Elena suspira, y en el gesto de frotarse los ojos, el rastro de grafito en sus dedos le devuelve un aroma que no debería estar ahí: madera húmeda y el polvo seco de una pizarra que se borraba con desgana.
Entonces, el tiempo deja de ser una línea para convertirse en un plano de estratos solapados.
Ahí está ella: Doña Adela. No era una figura de cuento. Adela era una mujer de geometría severa, de rebecas grises que parecían armaduras de punto y manos que olían a la cal de los muros. No regalaba elogios; los elogios son voladizos peligrosos si no tienen donde apoyarse.
—Elena, tu letra <<p>> no tiene cimentación. Se va a caer en cuanto sople la gramática —le dijo un martes de 1982.
En aquella aula de techos altos —que en la memoria de Elena hoy se dibuja como un espacio de compresión y descompresión—, Adela no enseñaba a leer; enseñaba a resistir. Para ella, una oración bien construida era un muro de carga; un adjetivo innecesario, un exceso de ornamentación que ocultaba las grietas del pensamiento.
Elena cierra los ojos y la ve. Adela no caminaba, patrullaba el perímetro del conocimiento. Se detenía frente al pupitre de Elena y, sin decir nada, corregía la inclinación de su mano. No era una caricia, era una calibración.
—Si no dominas el ángulo del lápiz, el mundo te saldrá torcido —sentenciaba.
A sus cincuenta años, Elena comprende que aquella mujer no buscaba que fueran niños felices, sino ciudadanos estructuralmente íntegros. Aquella nostalgia no es dulce, es una deuda técnica. Adela le inyectó el miedo al vacío y el respeto por el eje.
Recuerda el día de la gran nevada. El pueblo quedó sitiado por el blanco, un vacío absoluto que amenazaba con borrar los límites de las cosas. Los niños lloraban, asustados por la desaparición del paisaje. Adela se levantó y, en lugar de consolar con frases hechas, se acercó a la pizarra. Dibujó una línea horizontal perfecta. Una viga de carboncillo.
—Mientras sepáis dónde está el horizonte, nadie está perdido —dijo con una voz que cortaba el frío—. El miedo es un fallo de cálculo.
Calculad el espacio que hay entre vosotros y la puerta. Ese es vuestro reino.
Elena abre el cajón inferior de su escritorio de diseño. Debajo de las facturas y los contratos de obra, sobrevive un resto arqueológico: una cartilla de caligrafía. La abre. No hay pegatinas de estrellas ni mensajes de ánimo en rojo. Hay anotaciones técnicas de una mujer que trataba a una niña de seis años como a un ingeniero en potencia: <<Cuidado con los espacios de aire entre letras>>; <<El trazo debe ser firme, el papel no perdona la duda>>.
En la página central, Elena encuentra el rastro de un desastre: un borrón de tinta azul donde ella, desesperada, intentó corregir una palabra. Adela no la obligó a repetir la página. Rodeó el borrón con un círculo perfecto y escribió debajo: <<Usa el error como zapata. Sobre esto, construye algo más alto>>.
Esa frase es hoy la piedra angular de su estudio.
La nostalgia, piensa Elena mientras retoma el escalímetro, no es un regreso al pasado, es el mantenimiento de la estructura. Adela no fue la “querida profesora”; fue el encofrado que evitó que la identidad de Elena se desplomara cuando llegaron las tormentas de la edad adulta, los divorcios que parecieron demoliciones y los fracasos profesionales que crujieron como vigas fatigadas.
Elena se levanta. Camina hacia el ventanal de su estudio. La ciudad es una selva de acero y vidrio, un caos que solo se sostiene porque alguien, en alguna parte, aprendió a trazar una línea recta. Siente una punzada de frío, una corriente de aire que parece venir directamente de aquella aula de 1982. Es una nostalgia necesaria, un recordatorio de que la belleza no es el adorno, sino la honestidad del material.
Vuelve al plano de la escuela. Coge el lápiz. Su mano, ya con la piel más fina y las venas marcadas por el medio siglo de vida, se mueve con una precisión mecánica, casi ajena. Redibuja la cota cero. Ajusta los niveles.
—El trazo debe ser firme, Adela. El papel no perdona —susurra.
No hay lágrimas. Solo hay trabajo. Un trabajo que es, en sí mismo, un monumento de hormigón y luz dedicado a la mujer que le enseñó que, para tocar el cielo, primero hay que saber dibujar el suelo que pisamos. El plano está listo. La estructura aguanta. Adela, desde algún rincón de la geometría universal, asiente con la severidad de quien sabe que el deber ha sido cumplido.


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