Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Sábado, 8 de febrero de 1936: Los generales también politiquean
¡Viva Renovación Española! ¡Vivan Goicoechea y Fanjul! ¡Viva España!
La estampa se repetía en cada localidad. El fervor con el que los estaban recibiendo las gentes de la sierra quedaba fuera de cualquier previsión. La acogida garantizaba que, cuando el dieciséis de febrero se abrieran las urnas, aquellos vecinos acudirían a votarles con entusiasmo. Eran gente humilde, que poco sabía de política. Solo les interesaba que alguien los escuchara un rato, que les dijeran que la situación en el campo iba a mejorar. Con unas sonrisas y cuatro promesas, prácticamente se garantizaba su voto.
El general Fanjul estaba pletórico. El antiguo subsecretario en el Ministerio de la Guerra de Gil-Robles hacía una semana que había salido de Canarias, en el Elcano, para empezar la campaña, y su candidatura por Cuenca estaba resultando un acierto. Sus compañeros de Renovación Española le aseguraban que la campaña iba viento en popa.
A Fanjul la política siempre le atrajo. Su brillante carrera militar se había convertido en un perfecto trampolín para servir a la patria desde nuevos horizontes. No solo con las armas se defendían los ideales. En la arena política también podía batirse uno cara a cara con los verdaderos enemigos de España, con quienes pretendían destruirla. Puede que no fuera el mejor orador y que todavía le quedara mucho que aprender en las Cortes, pero ya habría tiempo para eso. Antonio Goicoechea, jefe de Renovación Española, se lo había dicho: «Necesitamos gente como tú en el Congreso. Lo demás llegará».
Tras varios días recorriendo la sierra, ya se iba acostumbrando a los recibimientos multitudinarios. Por lo que iba viendo, lo que aguardaba en Tragacete no cambiaba la tónica. No tenía previsto ningún discurso, pero siempre tocaba, ante el gentío, improvisar unas palabras de agradecimiento y aliento.
Cuando cruzaron el río Júcar por el puente antiguo, a un par de kilómetros del pueblo, los vecinos apostados en la carretera vitorearon a los coches y corrieron tras ellos. Al rato decidieron parar y salir para hacer una entrada triunfal, a pie, por las calles de la localidad. Antes incluso de llegar al término municipal ya estaban rodeados de entusiastas que querían estrechar sus manos y golpearles las espaldas. Goicoechea iba en el centro. Fanjul y el otro candidato de Renovación Española lo flanqueaban. El pueblo entero los esperaba y agrandó la comitiva, camino de la plaza mayor.
—¡Viva Renovación Española! ¡Vivan Goicoechea y Fanjul! ¡Viva España! ¡Vivan los diputados por Cuenca!
A la entrada del ayuntamiento, el alcalde, endomingado, aguardaba con el resto de la corporación local. Rostros rústicos, impresionados por la ilustre visita. Todos intentaban ser tan ceremoniosos como la ocasión exigía. El recibimiento no podía ser más caluroso, pese al paisaje nevado. Los políticos entraron en el ayuntamiento y cuando, unos momentos después, aparecieron en el balcón, la plaza, abarrotada de vecinos, se vino abajo.


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