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Hunter S. Thompson, el miedo y el asco

Hunter S. Thompson, el miedo y el asco

Son excepciones los periodistas que sobreviven más allá del tiempo que les tocó vivir. La posteridad no es lugar para quien une su destino al presente. Hunter S. Thompson (1937-2005) es una de esas excepciones. Tal vez porque él nunca consideró que sus reportajes fueran periodismo, sino la obra de un escritor. Y un escritor sí tiene derecho a la posteridad.

El pasado mes de octubre se reabrió la investigación sobre su muerte, un aparente suicidio, del que su viuda, al parecer, no estaba muy convencida. ¿Cuestiones hereditarias? Probablemente. En diciembre se estrenó en Netflix la magnífica serie Verdades ocultas (Sterlin Harjo, 2025), en la que, sin aparecer, el autor de Los Ángeles del Infierno está siempre presente, agazapado tras las peripecias del periodista librero encarnado por Ethan Hawke. No diré más. Juan Manuel González lo cuenta todo aquí.

Se podría pensar que Thompson sigue vivo en espíritu, que no quiere dejarnos a sus lectores descansar en paz. Y eso que consideraba que, de sus 67 años de existencia terrenal, le sobraban los últimos 17. Los que sobrepasaban los 50 “ni los necesitaba ni los quería”, escribió antes de que la muerte le impidiera cumplir los 68.

"Murió hace poco más de diez años, pero ya era cadáver andante desde los primeros 80"

Murió hace poco más de diez años, pero ya era cadáver andante desde los primeros 80. Resultaba difícil superarse a sí mismo tras todo lo escrito, y vivido, hasta entonces. Estaba hecho para ser joven y no soportaba al viejo prematuro, cascarrabias y achacoso en el que los excesos le habían convertido. A pesar de todo, ¿por qué Hunter S. Thompson sigue tan vivo?

La mejor manera de buscar respuesta a esta pregunta es releer su obra cumbre: Miedo y asco en Las Vegas. Así arranca: “Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas…”. Te arrebata y ya no te vuelve a soltar hasta la última página, con esa sensación de fracaso, de derrota, que deja ese concluyente final: “La fiesta había terminado”.

Entre medias, la fiesta. Hunter y su abogado samoano iban camino de Las Vegas. Habían sido acreditados por “una famosa revista deportiva de Nueva York” para cubrir la fabulosa carrera Mint 400. Les habían reservado una lujosa suite insonorizada, así como un lujoso Chevrolet descapotable (El Gran Tiburón Rojo). Les había adelantado 300 dólares, cuya totalidad ya habían gastado en “drogas extremadamente peligrosas”, que llenaban el maletero y que “detallar aquí sería realmente prolijo”.

A Hunter S. Thompson se le puede achacar de todo, pero en ningún caso que no se tomara en serio su trabajo. “Yo era realmente un periodista profesional; así que tenía la obligación de hacer el reportaje, fuese como fuese”, asegura ante los muchos contratiempos e irresistibles tentaciones que parecen confabularse para que no cumpla con su deber.

"No deja de admirarse de lo afortunado que es. No da crédito a su golpe de suerte"

No deja de admirarse de lo afortunado que es. No da crédito a su golpe de suerte. “De pronto va y me llama un absoluto desconocido de Nueva York diciéndome que vaya a Las Vegas y que no me preocupe por los gastos… y luego me manda a una oficina de Beverly Hills, donde otra total desconocida me da trescientos billetes sin el menor motivo… Te lo aseguro, amigo mío, ¡este es el Sueño Americano en acción! Seríamos tontos si no nos montásemos en este extraño torpedo y siguiésemos en él hasta el final”.

A todo esto, no sabía qué tenía que hacer. “Pero ¿cuál era el reportaje?”, se pregunta. Tal vez lo ha olvidado. “Nadie se había molestado en decirlo. Así que tendríamos que montárnoslo nosotros mismos. Libre Empresa. El Sueño Americano. Horatio Alger se vuelve loco a causa de las drogas en Las Vegas: Hazlo ya; puro periodismo gonzo”.

“Una prestigiosa revista me había enviado allí en el Gran Tiburón Rojo por alguna razón que nadie pretendía entender. ‘Basta con que te presentes en el hotel’. dijeron, ‘ya nos encargaremos del resto…’”. ¿Cuál era el acontecimiento tan importante que tenía que cubrir? “El Mint 400 —por fin deduce su misión—. Es la mejor carrera de motocross para motos y todoterrenos de la historia del deporte organizado… un espectáculo fantástico en honor de un puerco grosero llamado Del Webb, que es propietario del lujoso Hotel Mint que está en el mismísimo corazón de Las Vegas… Al menos eso es lo que dice la información de prensa”.

No hace muchas migas con sus colegas. Le gusta trabajar solo. Se encuentra al enviado especial de Life beodo en la barra del bar del hotel.

“Estaba perdiendo apoyo en la barra. Iba cayendo de rodillas, pero aún hablaba con cierta autoridad.

—¡Este es un momento mágico del deporte! ¡Quizá nunca se repita!

Acabó cayendo del todo sin que la mujer que le colgaba del brazo pudiera hacer nada por levantarle”.

¿Qué hizo Thompson? Tuvo un arrebato de responsabilidad. “Aparté la vista. Era demasiado horrible. Después de todo, éramos la crema misma de la prensa deportiva nacional. Y estábamos allí reunidos en Las Vegas para una misión muy especial: informar sobre la cuarta Mint 400 anual… y, en cosas como estas, uno no hace el tonto”.

"Para conocer la forma de trabajar de Thompson, resulta muy ilustrativo revisar sus notas"

Se centra en el trabajo. Se replantea su labor como periodista. “La idea de intentar ‘cubrir la carrera’ en cualquier sentido periodístico convencional era absurda: era como intentar seguir un campeonato de natación en una piscina olímpica llena de polvos de talco en vez de agua. La empresa Ford había aparecido, cumpliendo su promesa, con un Bronco para la prensa y chófer, pero tras unos cuantos recorridos salvajes por el desierto (buscando motoristas y encontrando alguno de vez en cuando), abandoné el vehículo a los fotógrafos y volví al bar”.

En el bar se toma un poco más de tiempo para reflexionar. “Era hora, creía yo, de una recapitulación ambiciosa de todo el asunto. La carrera estaba celebrándose, sin duda. Yo había presenciado la salida, de eso estaba seguro. Pero, ¿qué hacer ahora? ¿Alquilar un helicóptero? ¿Volver a aquel Bronco apestoso? ¿Vagar por el maldito desierto y ver pasar a toda pastilla a aquellos locos por los puestos de control? Uno cada trece minutos…”.

Volvió al trabajo. “Hacia las once, hice otra gira en el coche de la prensa, pero solo nos encontramos dos todoterrenos llenos de lo que parecían chupatintas jubilados de San Diego”. Pero no. “Eran unos ultras cargados de banderas y lo que parecía una ametralladora montada en el asiento del conductor.

—¿De qué grupo sois? —gritó uno de ellos.

—Prensa deportiva —grité—. Somos amigos… empleados.

Leves sonrisas.

—Si queréis buena caza —grité— deberías ir a por el sinvergüenza de la CBS, que va ahí delante, en ese Jeep negro grande. Es el responsable de La venta del Pentágono.

—¡Maldita sea! —gritaron dos a la vez—. ¿Dijiste un Jeep negro?

Salieron zumbando.

Volví al bar/casino del fortín (…), donde me puse a beber afanosamente, a pensar afanosamente y a tomar afanosas notas…”.

"Thompson tiene un problema para pagar la cuenta del hotel, así que decide poner tierra por medio"

Para conocer la forma de trabajar de Thompson, resulta muy ilustrativo revisar sus notas. Como buen profesional, lo anota todo. Eso sí, luego resulta difícil entender qué quiso decir. Él mismo lo relata. “Medianoche del sábado… Los recuerdos de esa noche son sumamente nebulosos. Las únicas claves que tengo son un puñado de fichas keno [un juego parecido a la lotería que se juega en los casinos] y de servilletas de cóctel, cubiertas todas de notas garrapateadas. Ahí va una: ‘Llamar al hombre de la Ford. Pedir un Bronco para seguir la carrera… ¿Fotos?… Lacerda/ver [su fotógrafo]… ¿por qué no un helicóptero?… Coger el teléfono, apretarles las tuercas a esos cabrones… dar muchas voces’…

“Otra dice: ‘Letrero del Bulevar Paradise: ‘Stopless and Topless’… sexo de segunda división comparado con Los Ángeles; aquí cubrepezones… en Los Angeles abunda la desnudez total en público. Las Vegas es una sociedad de masturbadores armados / aquí la emoción es el juego / el sexo es un extra / un viaje raro para los ricachos… putas de la casa para los ganadores, pajas para la chusma desafortunada”.

Thompson tiene un problema para pagar la cuenta del hotel, así que decide poner tierra por medio. “La decisión de huir llegó bruscamente (…). Creo que un factor fue la factura. Porque no tenía dinero para pagarla (…) me agarraron mi tarjeta de American Express, y los cabrones me demandaron… junto con los del Diner’s Club y los de Hacienda… Y además, la responsable legal era la revista (…). No llegamos a saber el total (…). Mi abogado [el samoano que le acompaña en el viaje] calculó que llevábamos una media de veintinueve a treinta y seis dólares por hora, durante cuarenta y ocho horas seguidas”.

En estas circunstancias, ya se imagina en prisión. “Bueno, ¿por qué no? En la cárcel se han escrito libros excelentes. Y no es que sea un total desconocido allá en Carson City. El guardián me reconocerá; y el presidiario jefe… Les entrevisté una vez para el New York Times. Junto con muchos otros presidiarios y guardias y polis y sinvergüenzas diversos que al no aparecer en el artículo se pusieron desagradables por correo. ‘¿Por qué no?’, preguntaban. Querían que se contasen sus historias. Y era difícil explicar en aquellos círculos que todo lo que me contaron fue a la papelera, o al menos al archivo de los cadáveres, porque los primeros párrafos que escribí no le gustaron a algún editor a cuatro mil kilómetros y medio de allí, algún nervioso zángano detrás de un escritorio de formica gris en las entrañas de una burocracia periodística que ningún presidiario de Nevada entenderá jamás… y que, finalmente, el artículo murió en la parra, como si dijésemos, porque me negué a reescribir el principio. Razones personales…”.

La aventura tocaba a su fin. Llegaba el momento de escribir, pero ¿sobre qué? “Yo ni siquiera sabía quién había ganado la carrera. Lo único que sabía era que todo el espectáculo había sido abortado por un terrible motín: una orgía de violencia insensata, organizada por golfos borrachos que se negaban a someterse a las normas (…). Me proponía rellenar este vacío en mi conocimiento a la primera oportunidad. Coger Los Angeles Times y leerme la sección de deportes para hacer un reportaje sobre el Mint 400. Coger los detalles. Informar yo mismo”.

"El mundo ha cambiado demasiado desde entonces como para que el periodismo de Hunter S. Thompson tenga cabida en los medios de hoy"

Sólo le quedaban recuerdos inconexos. “Una semana en Las Vegas es como entrar de pronto en el túnel del tiempo, es una regresión a finales de los cincuenta. Lo cual resulta perfectamente comprensible cuando ves a la gente que viene aquí, los grandes gastadores de sitios como Denver y Dallas, junto con las convenciones del Club Nacional de Alces (no se permiten negros) y la Asamblea de Pastores Voluntarios de todo el Oeste. Son gente que se vuelve literalmente loca solo con ver una puta vieja que se queda en bragas y sale cabrioleando de la pista al lánguido son de ‘September Song’”.

Los colocones se salen de madre. Le acaban echando del hotel “los apaga broncas”.

—Este no es sitio para ti. Lárgate. ¿Qué es de tu amigo?

—¿Qué amigo?

—El hispano grandón [en realidad samoano].

—Oye —dije—. Soy doctor en periodismo. Nunca me veréis por aquí con un hispano de mierda.

—¿Y esto qué?— dijeron, y me plantaron delante de una gran foto en la que aparecíamos mi abogado y yo sentados en una mesa del bar flotante.

—Ese no soy yo —dije—. Ese es un tío que se llama Thompson, que trabaja para Rolling Stone… Un mal bicho, un chiflado. Y el que está sentado con él es un pistolero de la mafia de Hollywood”.

Al final se separan. “El abogado aceptó un destino en el mar de China y yo me convertí en doctor del periodismo gonzo. Varios años después, cuando mataba el tiempo en el aeropuerto de Las Vegas, aquella horrible mañana, cogí un periódico y vi cuál había sido el triste destino de aquel capitán:

“CAPITÁN ASESINADO

POR NATIVOS DESPUÉS DE

UN ASALTO ‘ACCIDENTAL’

EN GUAM”

Y, como colofón, una profunda reflexión sobre el periodismo. “…¿Por qué molestarse en leer los periódicos si lo que ofrecen es esto? Tenía razón [Spiro] Agnew. Los de prensa son una pandilla de maricas crueles. El periodismo no es ni una profesión ni un oficio. Es un cajón de sastre para emoticones e inadaptados… acceso falso al lado posterior de la vida, un agujero sucio y meado, desechado por el supervisor editorial, pero justo lo bastante profundo para que un borracho se acurruque allí desde la acera, y se masturbe como un chimpancé en la jaula de un zoo”.

El mundo ha cambiado demasiado desde entonces como para que el periodismo de Hunter S. Thompson tenga cabida en los medios de hoy. Lo que es seguro es que su literatura no ha perdido ni un ápice de frescura. A él le habría gustado que así fuera.

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