El éxodo a los pueblos se ha desinflado. Miles de urbanitas hicieron peregrinación hacia el mundo rural tras la pandemia pensando que iban a encontrar allí la tierra prometida, pero la realidad pone a cada uno en su sitio, porque en el campo la vida es dura, dura de cojones, y aburrida, aburrida hasta la extenuación. Israel Merino sabe lo que es vivir en un pueblo de la meseta, y por eso en Epifanía (Temas de hoy), la extraordinaria novela de la que todo el mundo habla en este comienzo de 2026, no hay trampa ni cartón, ni decorados color pastel; en este libro la crueldad campa a sus anchas, la venganza es el único lenguaje conocido y la belleza preparó la maleta hace tiempo para fugarse a la ciudad. Merino nos arrastra al mundo del trash rural a bofetones, con un lenguaje visceral, sirviéndose de lo onírico para mostrarnos la realidad más descarnada y salvaje.
Hablamos con Israel Merino de la idealización de los pueblos, sobre sexo asqueroso y acerca de la idea de ser siempre un forastero en el mundo rural.
—Ya nos lo advierte en la cita de Travis Scott con la que arranca el libro: este libro va de demonios.
—La frase es de “Sirens”, una canción del último disco de Travis Scott: “All the demons need a reason” (Todos los demonios necesitan una razón). Escribí Epifanía escuchando en bucle ese álbum, Utopia, durante dos años. Cuando estoy con un libro, encuentro un disco, una canción, y asocio el momento de escribir con concentrarme con esa música; me la pongo, y automáticamente, estoy listo para trabajar. Y sí que creo que los demonios tienen una razón para serlo. Una persona no nace siendo diablo, sino que le hacen ser diablo. Y en el caso de Epifanía, creo que el pueblo convierte a muchas personas en diablos. No hay obligación porque hay libertad individual de elección —cada uno tiene su responsabilidad—, pero sí que se crea para hacer ciertas cosas.
—Su libro tiene aroma a Pascual Duarte.
—Ojalá. Esa es una novela que me gusta mucho. A mí me marcó Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; de ese libro surgió la idea de cómo presentar mi novela. En el principio de la novela de Fernanda parece que estamos ante una historia de realismo mágico. Nos habla de unas brujas que han hecho algo malo en un pueblo de México. Y poco a poco se va desentrañando que ni realismo mágico ni leches, que lo que pasa es que están en un pueblo que está corrompido por el narcotráfico, y que los narcos asesinan a gente, no a cuatro brujas. Fernanda desmembra ese realismo mágico para mostrarnos la realidad. Esa fórmula me enamoró. El realismo mágico nunca me ha llamado la atención, pero lo utilicé como un reclamo: hacer creer al lector que ese concepto está en el libro, pero no hay ni rastro de él. También me inspiraron los relatos sobre pueblos periféricos, como los de Kiko Amat, y también me influyó mucho Miguel Delibes.
—Pocas historias tan violentas, tan auténticas y tan nuestras como las de los pueblos. ¿Por qué nos cuesta contarnos?
—Porque al final los pueblos se han erigido un poco como los guardeses, quizá involuntarios, de las esencias. Como nuestras administraciones públicas y nuestros queridos políticos están vendiendo las ciudades, están vendiendo Madrid, están vendiendo Barcelona, están vendiendo Toledo, al turismo y están desguazando y desbrozando cualquier signo de identidad; los pueblos han quedado como los que deben guardar esa esencia original de la Castilla antigua, la esencia original de la Cataluña profunda, la esencia original de Andalucía.
—Eso hace que sólo queramos contar la parte bonita de lo rural, obviar lo negativo.
—Hemos idealizado los pueblos, sobre todo desde la pandemia. Muchos vivíamos en ciudades, encerrados en micropisos durante meses, compartiendo en ocasiones piso con gente que no era nuestra familia. Entonces surgió el concepto de irse a vivir al pueblo con cuatro cabras, que además era todo muy barato. Necesitas un relato y lo que haces es idealizarlo: los pueblos son lugares maravillosos, donde la gente convive, se conoce, donde nunca ocurre nada… ¡Mis cojones! En los pueblos pasan muchísimas cosas; los hay tremendamente violentos. Escribí un artículo sobre lo que pasó en Villamanín con la lotería, y hubo gente en las redes que quería denunciarme por delito de odio. Eso es lo que pasa, que vemos a los pueblos como los guardianes de la esencia de España.
—Les he fastidiado el sueño idílico de vivir en un pueblo a muchos urbanitas.
—Pero es que los urbanitas hacen trampa: se van a vivir en los pueblos, pero trabajan, a lo mejor, en una consultora o son periodistas o escritores o lo que sea, pero trabajan como si hicieran en la ciudad, teletrabajan. Los trabajos de los pueblos son en fábricas de muebles, en la agricultura… A los urbanitas no los vas a ver trabajando de cajeros en el supermercado del pueblo; ellos quieren su trabajito de la ciudad. Eso es trampa. (Risas)
—La carretera de la portada vertebra el relato. Aparte del componente trágico que nos anuncian esas floras en el quitamiedos, vemos esa carretera como puerta a la huida y también a una “revolá”, como cantan Sanguijuelas del Guadiana.
—En todos los pueblos de España las carreteras y los coches son muy importantes. En mi pueblo, lo típico es sacarte el carnet de conducir antes de cumplir siquiera los dieciocho años. Las distancias en los pueblos son largas y no tienes un transporte público. Los coches tienen una importancia brutal; todo gira en torno a ellos. Y al final, lo usas todo el rato: de tu casa a la plaza del pueblo, al centro de salud; aunque haya sólo cien metros. Conducir también da un estatus. Por eso cuando pedí la ilustración de la portada, tenía muy claro que quería una carretera porque es el detonante de la historia. La carretera marca el camino de salida, pero también el de entrada; no es sólo un camino físico, sino también onírico. Tú puedes irte a vivir a un pueblo, pero no es lo mismo vivir en él que habitar en él. Tú puedes tirarte veinte años viviendo en un pueblo y ser un forastero, porque no estás en sus círculos, no participas en su vida. Eso genera mucha frustración y muchos conflictos.
—La venganza es el motor que hace avanzar la novela.
—Efectivamente. En la ciudad, la revancha es un concepto en el que interactúas con alguien por lo que hace y por quién es. En cambio, en un pueblo también entra en juego la familia y lo que han hecho durante generaciones; tienes que cargar con la mochila de tus apellidos. En los pueblos la venganza es mucho más fuerte. Todo se puede complicar por una tontería, que se convierte en la excusa para sacar todo el odio acumulado.
—El sexo en la novela es explícito, bruto, repulsivo en ocasiones.
—No está hecho a propósito, pero tengo veinticinco años: soy un chaval con hormonas. (Risas) Me da mucho pudor contar el sexo de una forma literaria. Cuando leo una escena erótica, no me pone cachondo; a mí me da vergüenza ajena. Pero sabía que en la novela tenía que haber sexo. Entonces tenía el recurso fácil de hacerlo ridículo o bastante asqueroso. Mi intención no es poner cachondo al lector, sino que le dé asco. Es un buen sentimiento también.
—Morito, rumano y gordo recuerdan a los drugos. Como en La naranja mecánica, estos personajes solo consiguen expresarse con la violencia.
—Total. Volvemos al principio: ellos son demonios con una razón. Ahí es donde encuentra una salida; son carne de cañón. Ellos nunca van a ser aceptados dentro del pueblo. Al final, todo ese odio, si no se le da salida, si no se aplica correctamente, acabas haciendo maldades para sobrevivir.
—Ajos, guardia civiles, clubes de carreteras… Lo cañí vende desde que C Tangana lo reivindicó.
—En los vídeos de ese disco, en sus imágenes, todo es bello; yo en mi libro he querido hacer lo contrario. Y no hay nada de malo en esa confrontación. Yo he buscado escribir sobre la parte que no es tan bella. No he querido criminalizar a los pueblos, pero hay que hacer una revisión sobre lo que estamos contando y su idealización.
—Todos tenemos un pasado. Con 17 años presentaste en tu pueblo el poemario ‘Movimiento Visceral’. Con pajarita y todo.
—Sí. Eso fue en la época de poeta que todos tenemos en la adolescencia. Les envía un manuscrito a una editorial extremeña y me lo publicaron. Lo presenté en la casa de la cultura de mi pueblo con pajarita y eso. Sé qué foto es, pero no la saques, por favor. (Risas)
—También fuiste editor de poesía.
—Fui una especie de autoeditor. Éramos un grupo de poetillas que queríamos hacer una antología que no nos publicaba nadie, y me encargué yo de hacerlo. En esa época estaba estudiando periodismo, y me habían enseñado a usar el InDesign y toda la vaina, y dije: “Pues adelante”. Sacamos ese libro que no vendió nada, pero me gustó la idea y comencé a editar para otras personas. Ediciones del humo se llamó el invento.
—¿Cómo ha sido el proceso de pasar de ser reportero, comentarista político y periodista musical a novelistas? ¿Qué influencias ha incorporado en Epifanía?
—Ser periodista me ha ayudado a observar. En mi faceta como novelista, huyo de la opción de contar el “yo”. Estoy harto de mí mismo; ojalá pudiera escapar de mi cuerpo y ser un rato otra persona. Ser periodista me ha enseñado a observar, a saber que no debemos estar en el centro de la historia. Escribir en primera persona está chulo, pero hacerlo todo el rato sobre nosotros… ¡Hostia! Todos estos autores que escriben en bucles sobre lo que sienten, lo que experimentan… Tú eres un egocéntrico, tú eres un narcisista. Mira por la ventana que hay cosas chulísimas. Entonces, como no me aguanto y no me soporto, pues salgo a la calle y miro, observo y escribo de lo que veo. Eso es lo que me ha enseñado ser reportero.
—¿Va a volver al trash rural en su próxima novela?
—Nada. Quiero alejarme de esto. Me he pasado dos años leyendo prensa regional casi a diario buscando historias para construir la novela y ahora estoy harto de los pueblos. Le he dicho a mi madre que no cuente conmigo para las fiestas. Si quiere verme, que venga a Madrid. (Risas)






El mundo rural era el paraíso hace unos años y ahora es un nido de demonios. Los urbanitas siempre contando la historia a su manera y hablando y escribiendo de más.