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El silencio

Seguro que pareces el habitante más escaso, incluso aquí, donde solo compites con el viento y con el canto de los pájaros. Ni los zorros te dejan expandirte en tu plenitud en medio de la noche, cuando aúllan con un extraño ronquido quejándose del frío. Ni tampoco la escarcha cuando se deshace con el sol después del amanecer. Incluso ella, si nos arrodillamos en el suelo y escuchamos las hojas congeladas, contiene un pequeño hervor, el sonido delicado, efervescente, de lo que ha sido y ya se va.

No me refiero al silencio de la muerte sino al de la vida, el que a menudo encuentro en el firmamento las noches de invierno, donde destella el fuego creador repartido en la infinidad negra.

Ahí, en los intermedios en que no rugen los aviones ni vibran los satélites, te abres como un magma esférico que me recoge y que acaba inyectando su contenido en mi pecho, y siento cómo la cálida oscuridad se expande por mis venas.

Entonces descubro que una vez basta para activarte a voluntad en cuanto cierro los ojos y me concentro en mi respiración en cualquier rincón entre muros.

Comienzas a ronronear en mi interior, encendiendo aquí y allá destellos de mis propias partículas, que flotan en esta forma mía que las envuelve y, al mismo tiempo, en esa otra esfera que me envuelve a mí y esta colina y el valle, todo encendido de ti, todo ronroneando en ti, este planeta y el sistema solar, nuestra galaxia, el cosmos entero.

Así lo fui sabiendo: el universo solo se completa en el silencio. Mientras tanto es un universo a medias, que está esperando su plenitud, una plenitud que depende de mí.

Me doy cuenta especialmente los días de nieve. La nieve es la maestra del silencio. Mientras cae va atenuando todos los sonidos salvo el de sus propios copos cuando se depositan sobre el manto que va creando sutilmente un nuevo suelo. La nieve instaura su reino bajando el volumen a todo aquello que no sea esencial. Los seres enmudecen ante el susurro de su belleza. Y, cuando deja de nevar, solo existe el sonido del asombro.

El sonido del asombro es el silencio, y también es el sonido del amor.

El que ama se expande sin hacer, se comunica sin pronunciar.

Nadie ama con ruido.

Lo vemos en el sol un día de invierno, cuando asoma unos segundos entre las nubes. En ese instante sabemos que esa luz que nos inunda, además, nos permite ser. El conocimiento viene con la caricia del sol en nuestro rostro. La caricia iluminada del silencio.

Por eso, silencio, recurro a ti cada vez que siento mi fragilidad y mi mudez. Parece que no existes en el océano fragmentado de los ruidos externos e internos. Pero es justamente lo contrario. Todo lo que suena dentro o fuera de mi mente se calma en el eco de tu infinitud.

Tengo ese eco llenándome la boca. Y, callando, lo escribo.

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