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Introducción al “polar” francés

Introducción al “polar” francés

Ya no es nada nuevo, pero nos sigue resultando tan extraño, como si aún lo fuera, descubrir las películas por procedimientos ajenos a aquellas proyecciones a la antigua usanza con las que el cine nos cautivó. De modo que ha sido en plataformas de streaming donde hemos visionado —y casi siempre con reclinatorio, como decían los cinéfilos de aquellas sesiones pretéritas— la mayor parte de ese cine coreano al que tendemos inexorables de un tiempo a esta parte. Con todo, hace unos días, dando cuenta, mediante esta nueva técnica, de Harbin —el espléndido drama histórico que en 2024 Woo Min-ho dedicó a un grupo de conjurados por la independencia de su país del imperio japonés en 1909—, percibí con claridad la impronta de El ejército de las sombras (Jean-Pierre Melville, 1969), esa obra maestra en la que el polar trufa el cine de la resistencia al invasor alemán, todo un género de la pantalla gala. Pues bien, en las secuencias de interiores de Harbin, mientras los patriotas coreanos planean sus atentados, yo evoqué a los de Melville.

"La influencia de Melville —quien renovó, sublimó y consolidó el polar— es notoria en el cine hongkonés"

Aunque recordamos con exactitud los carteles que anunciaban Círculo rojo (Jean-Pierre Melville, 1970), siguiente cinta del maestro del polar en la marquesina del cine Coliseum de Madrid —nuestra ciudad—, no descubrimos a Melville hasta el año 81, merced a un ciclo organizado por la Filmoteca, que entonces programaba sus sesiones matinales en las salas de proyecciones del Museo Español de Arte Contemporáneo —actual Museo del Traje—. Y hasta allí nos devolvió hace unos días Woo Min-ho, con las concomitancias que registramos entre sus patriotas y los soldados de ese ejército de las sombras de Melville.

La influencia del francés —quien renovó, sublimó y consolidó el polar— es notoria en el cine hongkonés: John Woo, el finado Ringo Lam y, casi huelga apuntarlo, en el gran Wong Kar-wai. Este último, en cintas como Chungking Express (1994) o Deseando amar (2000), nos habla del aislamiento, fragmenta su narrativa y nos cautiva visualmente con cierta melancolía muy de Melville. Sí señor, nosotros hacemos extensiva esa influencia del autor de El ejército de las sombras en el policiaco de Hong Kong hasta Corea del Sur y la percibimos en Woo Min-ho.

"Son varias las cinematografías europeas que han cultivado su propio cine policiaco con características que las diferencian entre sí"

Y qué decir de las yakuza eiga, esas películas sobre las organizaciones criminales japonesas, a las que, en 1967, parecía aludir directamente Melville tanto en el título original de El silencio de un hombre Le samouraï—, como en la cita del Bushido (el camino del guerrero), el libro del samurái: “No hay soledad más profunda que la del samurái. Salvo la de un tigre en la selva… Tal vez”. El polar, vía Melville, ha dejado su impronta en las cintas de la yakuza de Seijun Suzuki, Takeshi Kitano y Kinji Fukasaku.

Son varias las cinematografías europeas que han cultivado su propio cine policiaco con características que las diferencian entre sí —el poliziesco italiano, el noir británico, el krimi alemán, el autóctono y excelente Spanish noir de los años 50…—, pero ninguna ha tenido la trascendencia internacional del polar, cuya estela se percibe sin ambages en pantallas tan lejanas de la francofonía —que llamó el geógrafo francés Onésime Reclus al conjunto de naciones que hablan la lengua de Rimbaud— como las ya citadas de extremo Oriente.

Ahora bien, en la primera que influyó —acaso por esa debilidad estadounidense ante la cultura francesa— fue en la pantalla que se había inventado las películas de gánsteres. Si se nos permite un símil, que sea el de la invasión británica —encabezada por The Beatles— a la que asistió el rock —entonces poco más que el rock & roll seminal— cuando regresó a Estados Unidos reinterpretado por las primeras aportaciones del Reino Unido. Como veremos, el polar aún estaba en ciernes y ya interactuaba con el cine negro de Hollywood.

1 ALBORES DE UN GÉNERO 

Según José Giovanni, a quien podemos llamar su creador, puesto que codificó los parámetros y los mitos que integran lo que en la actualidad conocemos como el polar francés en las novelas que empezó a publicar a finales de los años 50 en la mítica colección Série noire de la editorial Gallimard, este género nace para el cine en Un tal La Rocca (Jean Becker, 1961) y muere en La Diva (Jean-Jacques Beineix, 1981). Tras conocer su máximo apogeo en las aportaciones de Jean-Pierre Melville, su declive comienza cuando los actores que lo han protagonizado deciden producirlo, es el caso de Jean-Paul Belmondo en Yo impongo mi ley a sangre y fuego (Georges Lautner, 1979), dirigirlo como el Delon de Por la piel de un policía (1981), sobre una novela de Jean-Patrick Manchette, ni más ni menos; o el Robert Hossein de Pánico (1970, no confundir con la obra maestra de Duvivier, de la que hablaremos más adelante. Aun así, unos meses después, el gran Claude Sautet estrenará Max y los chatarreros.

"Ya andando los años, empero su inexorable decadencia, el polar dará cintas de la altura de Serie negra"

Y, ya andando los años, empero su inexorable decadencia, el polar dará cintas de la altura de Serie negra (Alain Corneau, 1979). Corneau será uno de los más dotados cultivadores del género en su decadencia. Incluso nuestro siempre admirado Bertrand Tavernier, ya en las postrimerías, tendrá mucho que decir en 1.820 almas (1981), adaptación al África colonial francesa de la novela homónima de Jim Thompson.

Pero no adelantemos acontecimientos. Antes de tanta gloria, el relato criminal galo tiene un camino que recorrer.

(continuará)

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