En Tierra mezclada (Impedimenta, 2026), una colección de diez relatos magníficos traducidos por Martha Asunción Alonso, Maryse Condé (1937-2024) continúa con la crítica mirada política al mundo poscolonial que impregna toda su obra. Se centra aquí en el territorio, esa tierra mezclada, un “espacio otro”, como diría Bhabha, el generado por la hibridez: ni nativo ni francés o inglés, sino colonial, “en algún lugar, el árbol genealógico se había roto y había brotado ella, criatura desconocida” (p. 133). En ese paraje complicado de arenas movedizas en el que los personajes deben intentar definir su identidad a través de la indagación personal entre lo heredado, la historia silenciada, lo esperado y lo proscrito frente a la legitimidad acuciante de cumplir con sus deseos y sueños personales, se eleva de manera potente la dolorosa y trágica certeza del peso de su origen: “Sus alumnos eran negros o chicanos que sabían de sobra que nunca vivirían el gran sueño que también se les había escapado a sus padres” (p. 182), nos dice el profesor en “Mount Shasta”; “Parecía destinada a lavar, fregar, planchar y regar las plantas tanto a un lado de la mar como al otro” (p. 164), reconoce Claude en “Tres mujeres en Manhattan”. Personajes que se saben lastrados por esa identidad en la que ya no se reconocen y que transitan —como el muerto viviente del cuento “Kakador”— entre esos ‘otros’ de los que formaban parte y los ‘otros’ que no terminan de aceptarlos. Condé alza su voz poderosa por esos habitantes de una tierra de nadie cuyas vidas se consumen en un desesperado intento de ser escuchados. Figuras desvalidas, atrapadas en un destino que las ahoga: “jamás terminaré de remontar este río, de nadar a contracorriente” (p.9), lamenta la protagonista del primer cuento “Solo”. Una profesora que, de sentirse acogida y aceptada en su comunidad, pasa a ser rechazada cuando se atreve a iniciar una relación con un joven blanco, llamado significativamente Solo, al que en el pueblo consideran maldito: “Formaron un corro y, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos en el centro. Aislados. Sospechosos. Excluidos. Otra vez” (p. 16).
En “Ayissé” la mirada se vuelve interior. Creemos conocernos, pero ¿cómo hacer frente a nuestro lado oscuro, cuando descubrimos que ese otro al que despreciamos puede habitar en nosotros? “¿Quién es más despreciable, el capitán o yo?” (p. 277), se pregunta el protagonista. Enamorado de una joven, acaba encubriendo al marido de esta —un despreciable alto mando militar, torturador y asesino—, con quien comparte no sólo el amor por Ayissé, sino también, en un juego de espejos, el nombre, Ismaëla: “Abrió los brazos. Nos abrazamos. Sí, abracé a aquel asesino” (p. 29).
La madre y la tierra, dadoras de vida e identidad, permanecen imperturbables, como una montaña —“Mount Shasta”—, observando nuestras idas y venidas desesperadas, pero dispuestas a acogernos de nuevo. La complejidad de la maternidad y de las relaciones maternofiliales es uno de los temas más presentes en la obra de Condé, y se filtra en todos los relatos de este volumen. “¿Es el amor maternal una mera invención?” (p.71) es una pregunta que subyace en todas sus historias. Esas madres silenciosas incapaces de exteriorizar su amor hacia las hijas, que entierran sus deseos y aceptan con resignación su destino, y esos padres ausentes, alcohólicos y mujeriegos, pero mistificados por la distancia, conforman el paisaje desolador y complejo de los habitantes del archipiélago: “Conocí a mi padre a los diez años. Mi madre nunca pronunció su nombre en mi presencia, llegué a creer que yo había nacido de su única e inflexible voluntad” (p. 31), cuenta en “La castaña y el frutipán” la protagonista.
En el magistral “Tierra mezclada”, que da título al volumen, un médico investiga la historia del joven Antoine Suréna, comprometido con la causa independentista y fallecido por la explosión de una bomba, y su madre, Berthe Suréna, quien, al enterarse de la muerte de su hijo, “se había desplomado sin un grito” (p. 60). Una historia que es una cartografía del laberinto étnico de las antiguas colonias en las que, como ya hemos señalado, las coordenadas se desplazan continuamente en la búsqueda desesperada de un lugar. Presenciamos la incertidumbre que genera la ruptura con los estereotipos: “a ojos de sus compatriotas, Belle era todo un enigma” (p. 66); y las dificultades y luchas que se suceden en ese espacio colonial híbrido en el que las relaciones deben definirse de nuevo. Las pinturas de Antoine Suréna (padre del joven fallecido) —afectado por una meningitis en su infancia, pero con un aspecto físico que todos admiraban—, sintetizan y reflejan el panorama: “Pronto empezó a pintar los rostros que veía a su alrededor y todos empezaron a temer reconocerse, parecidos y a la vez diferentes, indescifrables y descifrados, secretos y descubiertos” (p. 95).
En ese mismo ‘espacio otro’ que se está redefiniendo nos encontramos en “Nanna-Ya” con una cimarrona que da a luz una niña blanca: “Cuando se extendió el rumor de que la hija de Jane era blanca como la luna, bajo todos los techos se sintió la misma vergüenza y el mismo dolor” (p. 132). Y en el que el protagonista masculino, hijo de un “mestizo con sangre india, china y blanca” (p. 137), acaba burlado por Joyce, hija de un jamaicano y una inglesa, de la que se ha encaprichado: “el color de su piel, que paradójicamente la había hecho huir de Inglaterra, la situaba de inmediato en una clase superior. (…) las personas claras, como ella, podrían atreverse a todo si jugaban bien sus cartas” (p. 145).
El papel mediador de Claude, en “Tres mujeres en Manhattan”, entre la Élinor exitosa escritora, a pesar del color de su piel, y la anciana Véra, fracasada en ese mismo intento, presenta la fragilidad de unas identidades conformadas sobre unos estereotipos que vuelven a nosotros y nos interrogan. Con ironía plantea en el último relato, “Wayang Kulit”, si acaso no está condenado al fracaso todo intento de aproximación, si no hay en el fondo de todos nosotros un deseo y una necesidad de tener un ‘otro’ frente al que definirnos.
Condé cierra así una colección espléndida que nos empuja a mirarnos, a plantearnos nuestro lugar en el mundo y a cultivar nuestra humanidad: “Madre y Tierra que nunca me quisisteis: os obligaré a adoptar a esta criatura” (p. 17).
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Autora: Maryse Condé. Título: Tierra mezclada. Traducción: Martha Asunción Alonso. Editorial: Impedimenta. Venta: Todos tus libros.


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