“El color es un medio para ejercer influencia directa sobre el alma”.
Wassily Kandinski
Hay películas que nos tocan las fibras más sensibles de nuestro cuerpo, como La venue de l’avenir, traducida como Los colores del tiempo, dirigida por Cédric Klapisch, cineasta francés. El entrelazamiento entre el pasado y el presente reconstruye cuatro décadas de una historia familiar y social, en la que dos mundos confluyen en el París de la Belle Époque. La fotografía, la pintura y el cine avanzan de la mano, como una secuencia de cuadros de una galería. Las escenas nos integran, como parte de las pinturas impresionistas y nos sitúan frente a los nenúfares de Claude Monet, en el estanque de su jardín en Giverny. Esta serie de nenúfares ha inspirado a Baudelaire, Mallarmé y a los poetas modernistas, como Rubén Darío. Sin embargo, el germen de la palabra estaría en un relato de Edgar Allan Poe, traducido al español por Julio Cortázar: “A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares”.
El proceso creativo del cineasta, como del pintor, del fotógrafo y del escritor es una cadena que abarca varios estadios, épocas y ambientes que van más allá de la simple observación, la memoria visual y las múltiples percepciones de los sentidos. En realidad, es la puesta en escena de todos los elementos, reales e imaginarios, convertidos en retratos, pinturas, películas, libros y series. Adèle, la protagonista parece estar inspirada en la novela titulada Los colores del tiempo (2021), de Ana Alonso, donde el personaje central también se llama Adela, una mujer luchadora de posguerra. Aunque ambas pertenecen a dos contextos y épocas distintas, la figura femenina parece repetirse en los retratos de las mujeres pintadas por Monet, si bien en su última etapa los matices coloridos se diluyen en el espejo de agua y dan lugar al nacimiento de una nueva tendencia abstracta conocida como “arte moderno”.
En la época que ambienta la película francesa, muchos pintores coinciden en el juego de colores, luces, sombras y reflejos en sus retratos de mujeres solas, en dúo o en grupo: Mujeres en el jardín (1866) de Monet, Lujo, calma y voluptuosidad y Alegría de vivir de Matisse, Grandes bañistas (1906) de Cézanne, donde ellas se funden con el paisaje, vestidas o desnudas. Paseo a orillas del mar (1909), de Sorolla. Sin embargo, Las señoritas de Aviñón (1907), pintura cubista de Picasso, marca un hito en la historia del arte. A su vez, este retrato grupal será el germen del libro de título homónimo, Las señoritas de Aviñón (1995), de Francisco Umbral. A partir de este lienzo emblemático de cinco figuras femeninas, el narrador proyecta a sus personajes, desde el plano literario y simbólico. Allí, Umbral derrocha referencias a otros pintores: Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y Caravaggio.
Tanto en la película como en esta novela, la fotografía y la pintura son el leitmotiv para conocer a las protagonistas. A Adèle la acompañamos por los parajes de su comarca y durante su travesía solitaria por el mar, en busca de su madre y de sus sueños. Descubrimos sus orígenes, en plena época de glamur y esplendor parisino, de finales del siglo XIX y principios del XX. Mientras a Algadefina, la tía enamoradiza, la observamos integrada en los acontecimientos culturales y sociales de España, como pretexto para buscar respuestas y redescubrir la historia familiar. Ella posa para Picasso y aparece en los retratos, junto a su admirado a Rubén Darío y al rey Alfonso XIII, producto de la realidad/fantasía del escritor. Si seguimos con el encadenamiento creativo, enlazamos esta novela con la serie Ena, vida de la reina Victoria Eugenia, inspirada en la novela homónima de Pilar Eyre. La reina-puente que une España e Inglaterra, al contraer matrimonio con el rey Alfonso XIII. Su figura como madre y reina se reconoce con el paso del tiempo, admirada y respetada por el pueblo español, por sus obras benéficas y humanitarias. Su vida personal, al lado de un hombre al que amó, pero que no la valoró, ni supo ver la grandeza de su corazón y de su mente, sale a la luz, después de casi después de 50 años de su muerte.
Al final es como si las viésemos, en la película, la novela, la serie y en los retratos individuales o grupales de Monet, Sorolla y otros pintores impresionistas. Los creadores no sólo han universalizado al enjambre de señoritas, sino a las mujeres enamoradas, adelantadas a su época, libres de prejuicios, que transformaron la mentalidad del mundo. Los artistas visionarios, quizás sin proponérselo, pronosticaron la liberación femenina del siglo XX. Sólo el arte, a través de formas reales y ficticias, permite este asombroso encadenamiento del tiempo, de sensaciones, percepciones, ángulos y colores.
Al fin y al cabo, el color es un lenguaje para crear belleza y atraer la atención del espectador. Como decía Jean Giraud, los colores pueden ser objetivos y subjetivos e influyen en el estado de ánimo, según los espacios representados. Así también, los poetas, escritores, cineastas, pintores o fotógrafos crean una atmósfera y nos invitan a dejarnos llevar por el movimiento equilibrado de la obra creada, para el disfrute de los sentidos.
Crear es volver a vivir y recuperar el tiempo pasado, a través de la imaginación. Los creadores han existido y existen gracias a la creatividad que, les ha permitido ser y estar. En verdad, la vida es un camino pintado con distintos colores y matices. Una suma de pinturas y micropelículas hechas con cada paso que damos, durante el tiempo que nos ha sido concedido.




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