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Madre, de Mònica Roig Tió

Los filólogos que excavan en el pasado de los vocabularios aseguran —demuestran— que la palabra presente procede de una de las formas del complejo participio de los verbos latinos. En concreto, de praeessese, “estar delante y a la vista”. Y se trata de su «participio de presente». Nuestro idioma lo ha heredado en palabras como estudiante, cantante, amante, caminante, durmiente, urgente, corriente… Que estudia, que canta, que preside… «Que está delante o en presencia de alguien, o concurre con él en el mismo sitio», por transcribir la definición que de presente trae el Diccionario de la lengua española. Obvio, que lo contrario es ausente, absentem en latín.

El mismo registro oficial de voces de la Real Academia incluye dos significados más de presente. Refiriéndose al tiempo, ese «en que está quien habla». El microrrelato «Madre» escoge ese cercano tiempo verbal. Pero el presente tiene tanto valor que es capaz de reemplazar al pasado («John Lennon muere asesinado el 8 de diciembre de 1980») y quedarse ahí o hasta irse al mismísimo futuro («El sábado viene Carlos»).

Con la acepción de “regalo”, «un presente» —palabra no muy utilizada hoy, me parece a mí— se emparenta con el infinitivo praesentare, que significaba tanto “ofrecer” como “dar” o “mostrar” o el primigenio “poner delante”.

"La vida y la destrucción ocurren a la vez. La nada y su oscuridad simultánea. El instinto materno y la incertidumbre o la ineficacia ante lo inevitable"

Las madres son un regalo y traen ese gran don que es inicialmente la vida. El esfuerzo de dar a luz a un nuevo ser irrepetible —ese cíclico jadea y empuja y respira, las contracciones mientras el ternero nace o tal vez cerrado en un parto interrumpido— queda reflejado en esta intensa pieza narrativa de Mònica Roig. Está escrita en presente, cerca cerca de lo que ocurre. Cambiaría bastante si leyéramos «La vaca se movió por la parcela y escarbó…». Porque el presente cuenta desde ahí mismo, y algo más que solamente un parto. Realza la fuerza dramática. Viene luego algo propio de seguir vivo… Los riesgos. Las amenazas. El peligro. La generación del miedo. Y esa voz y esa mirada y los oídos de quien va narrando esa cruda escena se limitan, con frases tajantes, afiladas, a consignar hechos, sin interpretarlos ni enjuiciar qué parece que pasa. Sin sentimentalismos. Cuando entonces otro instinto irrumpe violento. Cuando entonces.

El parto es un momento de generosidad extrema y a la vez de máxima vulnerabilidad. Se nota en las palabras: polvo, pezuñas, carne, hocico húmedo, colmillos, dientes.

La vida y la destrucción ocurren a la vez. La nada y su oscuridad simultánea. El instinto materno y la incertidumbre o la ineficacia ante lo inevitable. Las palabras lo insinúan y lo hacen retumbar: desgarrar, carne, colmillo. La violencia y algún depredador. La exhalación de la vida y la del acabarse.

Acorto de unas notas biográficas que la escritora me remitió: la barcelonesa del Maresme Mònica Roig Tió (Sant Pol de Mar, 1979) es licenciada en Periodismo y doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Navarra. Es madre de siete hijos y, además, trabaja por cuenta propia ayudando a corregir y mejorar textos. Durante un par de años, narró historias y anécdotas en su blog Un quiosco de malaquita. Está cerrando un libro de narrativa breve. Este microrrelato, «Madre», galardonado en una convocatoria organizada por el Orfeón Burgalés, se publicó en internet en 2022. La vida, que está ahí cerca.

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Madre

La vaca se mueve por la parcela y escarba el polvo con la pezuña. Se para y levanta la cola. Avanza hasta las lindes de sus dominios y patea la tierra y recula; detrás de este alambre solo hay nada, una nada negra, profunda, temible. Camina. Se detiene. Deambula. Por fin, se recuesta y empuja. Y respira y empuja. Se golpea el flanco con la cabeza. Y empuja. Jadea, respira, empuja, jadea. Ya asoma una pezuña viscosa. Jadea, empuja, respira. Y otra más. Empuja, jadea. Y el hocico húmedo. Respira. Unas espigas han crujido al fondo. Jadea. Se levanta. El ternero cuelga como un badajo. Empuja, jadea, respira. Empuja. Se deja caer de nuevo. Respira, jadea. Suena el trigo. Yergue la cabeza. Una exhalación de pelo, uñas y dientes salta sobre ella. Los colmillos desgarran la carne más tierna como si fuera mantequilla. La vaca muge, empuja, embiste, jadea. Respira.

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