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Juan Dominguez: “Siempre me ha fascinado el universo femenino”

Juan Dominguez: “Siempre me ha fascinado el universo femenino”

A lo largo de su trayectoria profesional, Juan Dominguez (Guadalajara, 1967) ha creado empresas de tecnología, viajes, publicidad y producción audiovisual. Os he querido tanto (Círculo de Tiza) es su primer libro. En esta obra, escrita en clave de autoficción, un hombre cuenta su historia a través de las mujeres que han marcado su vida, de la juventud a la madurez.

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—Empecemos haciendo una aclaración para que la gente no piense que hay una errata en el libro y en la entrevista. ¿Por qué tu apellido no lleva acento?

—Porque mi padre, no sé por qué, lo escribía sin acento, y yo también lo escribo así. Lo cual es una chorrada, porque mis hermanos y mis hijos lo escriben con acento, pero es una licencia que me tomo.

—Tu libro se abre con una Nota del autor en la que dices: «Este libro no es una biografía, ni una novela: es una trampa. Para mí, que me desnudo a medias, y para ti, que has decidido mirar». ¿Por qué es una trampa?

"El libro se lee, o espero que se lea, como una biografía, y espero también que yo desaparezca un poco como personaje"

—Porque es un artefacto literario, y creo que los artefactos, en general, están diseñados para que caigas en algo. En esa misma nota, me pregunto cuál es el límite del pudor y qué es lo que se puede contar y lo que no. El libro se lee, o espero que se lea, como una biografía, y espero también que yo desaparezca un poco como personaje. El flujo pertenece a la vida real, y salen por ejemplo mi padre y mi madre, pero el resto está hecho de retales. Hay grandes cantidades de páginas que son totalmente inventadas. Por eso es una trampa. Lo que quiero es que te leas el libro porque te haga gracia. No tiene una ambición literaria gigantesca, porque yo también sé quién soy y a dónde puedo llegar. Lo que espero es que sea entretenido, y creo que ese camino, el del entretenimiento, es todo un trampantojo, así que lo hago con consciencia de lo que estoy haciendo.

—De hecho, el libro tiene un subtítulo que dice: Una historia casi real.

—Es muy curioso porque tengo un montón de amigos que se han leído el libro, porque se lo iba mandando mientras lo iba escribiendo, y algunos me decían: “Madre mía, ¿pero quién era esta?”, y yo les decía: “Pero, cabrón, ¿no te das cuenta de que es inventado?” (risas). Me hace gracia porque es una historia casi real, pero la gente que me conoce la está viviendo como si fuera real.

—Dices también en la nota: «La autoficción no es un género, es una perversión, una excusa para el onanismo de un montón de gente con ínfulas de escritor». ¿No consideras este libro autoficción?

—Es autoficción pura y dura. Me encanta la novela y tengo un gran respeto por ella, porque me parece que es de una complicación gigante, porque tienes que inventarte un universo, así que la gente escribe autoficción por varias razones. Para empezar, porque ahora mismo parece que la persona es lo que está más en el centro, y es la misma historia de hace dos mil años porque es lo único universal: seguimos enamorándonos, seguimos jodiéndonos cuando se mueren nuestras madres, etcétera. Entonces, la autoficción es la forma más sencilla de llegar a un sitio que está de moda literariamente y a una forma de contar historias que no necesita unos recursos técnicos enormes, porque inventarse un universo completo, aunque sea basándote en cosas que ya conoces, es muy complejo. Por eso, los escritores noveles siempre hablan de uno mismo y la mayoría de las primeras obras son autoficción.

—El libro se divide en varios capítulos con el nombre de una mujer que ha marcado la vida de tu yo literario. En el primer capítulo, el de Rebeca, que es el primer amor, dices: «Estar enamorado fue algo que deseaba que me sucediera, pero que me llegó sin saber qué iba a suponer». Y en un capítulo posterior, el de Júlia, ella te dice: «Te has enamorado de mí porque no me podías poseer. Te has enamorado del amor, que, como ya me has contado, es lo que te pasa cada vez». Aparece varias veces esa idea de enamorarse del amor, más que de las mujeres.

"En el enamoramiento, muchas veces les colocas a las personas de las que te enamoras unas cosas que son esencialmente tus deseos"

—Creo que eso le pasa a la mayoría de la gente. En el enamoramiento —y aquí no te hablo del amor más estable y más organizado—, muchas veces les colocas a las personas de las que te enamoras unas cosas que son esencialmente tus deseos. A mí, por lo menos, me gusta mucho esa sensación de estar enamorado, ese momento de la pasión, de la locura, que es incomodísimo y que tiene cosas malas, pero que está muy bien. Ese subidón lo he buscado muchas veces, y en el caso de Júlia, que es un personaje muy ficcionado, era una forma de explicarme, porque creo que a la gente muy enamoradiza lo que le gusta es el amor, el rush.

—En este sentido, tu libro me ha recordado a una película de Truffaut sobre las mujeres que ha amado un hombre a lo largo de su vida. La película empieza con el entierro del hombre y vemos a todas las mujeres que van a su tumba. El título original es L’homme qui aimait les femmes, pero en español la llamaron El amante del amor. No sé si la has visto.

—Sí, la vi hace millones de años. A mí, Truffaut me encanta. Me parece un superartista que toca todos los palos y lo entiende todo. Esa no la recuerdo bien, porque tengo una memoria de pez para la mayoría de las cosas, pero me gustó. Creo que es algo bastante común. Jacobo Bergareche dice también en algún libro suyo que la gente se enamora del amor. Yo digo más bien que me enamoro del yo enamorado. Proyecto lo mío en alguien, y por eso veo a la gente y le pongo cosas increíbles. He estado loquísimamente enamorado un par de veces en mi vida y, cuando se me ha pasado, me he dado cuenta de que había proyectado sobre esas personas cosas que me inventaba o que deseaba. Es muy narcisista el amor en muchos casos.

—Decía Stendhal que «el amor ha sido siempre para mí el mayor de los asuntos o tal vez el único». ¿También es tu caso?

"Sí que tengo una curiosidad gigante por las mujeres. No tengo hermanas y tengo una madre rarísima,"

—No, porque soy una persona muy dispersa. Me gustan muchas cosas y me dedico con ahínco a muchos temas. Sí que tengo una curiosidad gigante por las mujeres. No tengo hermanas y tengo una madre rarísima, y siempre me ha fascinado el universo femenino, que además me ha llegado muy filtrado por mi madre, que es a la vez una persona muy femenina y muy masculina. Una vez que descubrí esa fascinación, pensé que la forma más fácil de internarme en el espíritu de las mujeres era enamorándonos —ambos, ellas de mí y yo de ellas, porque enamorarse de alguien que no lo está de ti debe de ser la mayor putada del mundo—. Solo que es mentira, porque al enamorarte te colocas en un sitio que no pertenece al mundo real. Es como una enfermedad mental, pero a mí me encanta. Me parece una de las mejores sensaciones legales, y además continuadas, que se puede tener.

—De hecho, cuando nace tu hija, dices: «Una de mis aspiraciones vitales era (y es) lograr entender a las mujeres». ¿Has logrado entenderlas?

—No he logrado entender nada de nada. No me entiendo ni a mí mismo. Además, las mujeres, como concepto general, es un poco vago porque hay muchos tipos. Me conformo con entender a alguna. Por supuesto, con los años ya empiezo a saber más de alguna gente, pero creo que nadie entiende a nadie.

—Cuando rompes con Rebeca y estás destrozado, hay un amigo que te dice: «Deberías estar celebrando sentirte así, porque hay mucha gente que no ha sentido ni va a sentir en su vida un desamor como el tuyo. Así que no desperdicies esta intensidad, porque a lo mejor es la última vez que te pasa y toda tu vida la dedicas a volver a buscar este abismo de pena y horror». Esto me recuerda a aquellos versos de Pedro Salina: «No quiero que te vayas, dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles». ¿Es mejor sentir dolor por el amor perdido que no haber sentido nada?

—Por supuesto que es mejor sentir dolor por el amor perdido. Este es un tema bastante continuo en mi vida. ¿Qué es mejor: no haber tenido o haber tenido y perder? Yo creo que es mejor haber tenido y perder, porque tienes las dos partes. No sé con qué te quedas al final de la vida, ni si cuando te mueres te acuerdas de algo, pero si eres capaz de sentir y te gusta la adrenalina, o la hormona que sea, como es mi caso, esa pérdida también te da mucha fuerza. Esa frase me la dijo un amigo de verdad y me salvó de esa situación catastrófica donde yo estaba. De pronto, ya no me quería morir y me dije: “Entiendo la estética de todo esto. Peor no solo la estética, sino también la ética de sentirse fatal porque a lo mejor no vuelves a tener esta sensación”. Saber que puedes llegar a eso también está bien, porque los límites de uno están para testarlos.

—El libro también tiene algunas notas de humor. Dices: «Tengo una amiga que llama “efecto Barajas” a esa decepción que te asalta justo cuando aterrizan en Madrid los novios, amantes, rollos y demás especímenes que parecían lo más en viajes de estudios, intercambios o vacaciones». ¿Tú has sufrido el efecto Barajas?

"Lo veo bastante a mi alrededor, esa gente que ha conocido a un chico en Erasmus, y luego aparece el tío del Erasmus y no quieren ni verlo"

—Poco, pero sí que lo veo bastante a mi alrededor, esa gente que ha conocido a un chico en Erasmus, y luego aparece el tío del Erasmus y no quieren ni verlo. Más que con amores, me pasa con amigos, con gente que voy conociendo en viajes y que luego, cuando vienen, están fuera de sitio y el efecto Barajas cobra mucha fuerza. Recuerdo que mi hija estuvo pasando un curso en Estados Unidos y, cuando vino, se trajo al padre de la familia con la que estaba y no sabía dónde meterlo. Ahí vi el efecto Barajas y me hizo mucha gracia.

—Hablas en el libro de los peligros de la rutina. Dices: «Nuestra antigua intimidad se había ido transformando en protocolo: nos contábamos las cotidianidades, el trabajo, lo que habíamos comido». Y añades: «Cuando una pareja te cuenta lo que ha comido ese día, es el momento de cambiar de pareja».

—¿Y tú no lo crees?

—Sí, probablemente sí.

(Risas) Vamos a ver, puedes hablar de lo que has comido y está muy bien, pero, cuando las cosas se limitan al día a día, estás jodido. Yo no quiero tener amigos con los que hable de qué tal les va en la oficina. Me la suda lo que les ha pasado en la oficina. A mí me interesa hablar con la gente de cosas que no son lo que les pasa en el día a día. Me interesa lo que piensan y yo quiero contarles otras cosas. Si la vida es solo lo que te pasa, menuda mierda.

—El capítulo de Júlia empieza así: «Nos conocimos en un avión, y solo por eso pensé que valía la pena insistir». Ahora parece más difícil ligar en los trenes y en los aviones porque, como la gente va mirando el móvil, no se aburre y no siente la necesidad de hablar.

—Eso está cogido de una cosa que me pasó de verdad, de una a la que conocí en un vuelo de Berlín y que luego fue mi novia un par de años, aunque no fue exactamente como lo cuento. Sí que es más difícil porque la gente va a lo suyo completamente. Yo antes tenía muchas conversaciones. Hacía muchos vuelos internacionales larguísimos y al final acabas pegando la hebra con el primero que te encuentras, o te pones de pie y hablas con uno que está en la puerta de la cola del baño. Antes la gente hablaba mucho en los aviones. Yo soy bastante tímido, o sea, que tampoco me lanzo, pero, cuando alguien me abre la puerta, allá que voy.

—Lo primero que te pregunta Júlia es cuál es el libro que has leído más veces, y tú le mientes y le dices que los Ensayos de Montaigne. Así que ahora te pregunto de verdad: ¿cuál es el libro que has leído más veces?

"Los Ensayos de Montaigne los tengo encima de la mesa y los abro como el que abre la Biblia, pero nunca los he leído de principio a fin, sino que los leo a retales"

—Es un libro acojonante que se llama Os he querido tanto, de un autor que se llama Juan Dominguez, que estoy de él hasta los huevos porque me lo he leído noventa veces (risas). Hay muchos libros que he leído muchas veces porque tengo muy mala memoria. Cuando tenía 14 o 16 años, me inflé a leer ciencia ficción y ahora estoy recuperándola para alguno de mis hijos, y me doy cuenta de que he leído muchas veces El juego de Ender. También he leído muchas veces La colmena, de Camilo José Cela, que es un autor que me fascina, y de hecho acabo de releer Viaje a la Alcarria. Los Ensayos de Montaigne los tengo encima de la mesa y los abro como el que abre la Biblia, pero nunca los he leído de principio a fin, sino que los leo a retales. He leído muchas veces El Reino, de Emmanuel Carrère, por el tema del que trata. Yo no tengo ninguna fe, pero es un fenómeno que me interesa muchísimo, así que lo releí varias veces para ver qué sacaba en claro. Carrère me tiene loco. Siempre que pienso en algo que quiero contar, pienso: “¿Cómo lo escribiría este tío?”. Houellebecq y él son mis guías, por decirlo de alguna forma. También he leído muchas veces dos novelas de Vargas Llosa: La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras.

La tía Julia y el escribidor es estupenda.

—En mi opinión, es uno de los mejores libros en español, con esa estructura en dos niveles. Está además llena de humor y con un español que me deja sin habla.

—En una de tus primeras citas con Júlia, dices: «Yo asentía vigorosamente con la cabeza, mirando cómo poco a poco se acariciaba el pelo, síntoma infalible de que le iba gustando». ¿Esto es así? Cuando una mujer se acaricia el pelo, ¿le gustas?

—Verdad absoluta. Cuando alguien se toca el pelo, ya está, ya tienes el cincuenta por ciento del trabajo hecho. Está estudiado psicológicamente, te lo juro.

—También dices de ella: «Estaba haciendo un trabajo detectivesco para intentar saber más sobre Júlia. En los primeros dosmiles, muchas de las cosas que hoy damos por hecho no existían, y la ausencia de redes sociales hacía muy complicado saber nada sobre la gente. Júlia era un misterio». ¿Hoy se ha perdido la magia de ese misterio?

—Por supuesto. Ahora, en cuanto tengas una red social, te puedes hacer una composición de lugar de quién es la gente y el stalking está a la orden del día. Ahora mismo ya no sé cómo funciona muy bien esto, pero creo que la gente liga por Twitter y por Instagram más que por Tinder.

—¿Por Twitter se liga?

—Creo que mogollón. La gente mete fichas a saco, según tengo entendido. No lo sé, a mí nunca me han metido fichas.

—A mí tampoco.

—Pues nada, hay que exhibirse más (risas).

—Precisamente, en el libro se ve la evolución en la forma de ligar porque a la última chica, Chloé, la conoces en Tinder. ¿Qué opinas de Tinder?

"Me parece que Tinder, siempre que tengas curiosidad y ganas y estés dispuesto a asumir el riesgo, te abre el mundo"

—Me parece maravilloso. No sé tú, pero la mayoría de nosotros tenemos un círculo relativamente restringido de gente a la que conocemos y es difícil conocer gente nueva. Y cuanto más mayor te haces, más restringido es tu círculo. Entonces, me parece que Tinder, siempre que tengas curiosidad y ganas y estés dispuesto a asumir el riesgo, te abre el mundo.

—¿Pero no se pierde la gracia de la conquista?

—Creo que la conquista la tienes que hacer igual, y además me encanta el rollo de escribir, porque es mi fuerte, mientras que entrar a alguien en un bar no se me da nada bien, así que juega a mi favor. Lo que pasa es que pierdes el olor, las feromonas, el aspecto, le movimiento, el aire… Todo eso lo pierdes hasta que te encuentras, que es el momento de la verdad y que es horrible. No sé si lo has practicado, pero quedar con alguien que has conocido en Tinder es jodido.

—Alguna vez lo he hecho, pero no me convence porque es como si me faltara algo. Se supone que, cuando quedas, ya estáis medio liados, pero me ha faltado la conquista, el jugártela cara a cara. Me desconcierta un poco.

—Yo quizás soy más mayor, porque doy por hecho que lo de antes ha sido como el jugueteo previo, y que tienes que ir y empezar la conquista en ese momento en que las cosas cambian, porque luego la química tiene que encajar, y eso es muy difícil.

—En el capítulo de Mariana, dices: «No me atraía la idea de ser la pareja, el marido o lo que sea de nadie. Quería ser el amante, la aventura, el otro». Y luego con Chloé dices una frase bastante parecida. ¿Qué es lo que más te atrae de ser el otro?

"El amante tiene esos toques novelescos, que para mí son un poco franceses. El amante es el que te saca de la rutina, de los niños, de las facturas por pagar"

—A ver cómo explico esto mejor, porque creo que no está bien contado. Creo que, en las relaciones con quien sea, lo ideal es ser el amante, aunque seas el único. El amante es una figura que necesita que las dos partes pongan mucho interés. Se le puede dar poco por hecho a un amante. Tienes que estar conquistando todo el tiempo porque, si no, no va a funcionar, y eso me gusta mucho. Me parece que es la forma en la que las parejas deberían vivir, intentando ser el amante: estar siempre bien, contento, guapo, bien vestido… Por ejemplo, en las relaciones a distancia, y yo he tenido algunas, no hablas de la comida. Puedes incluso inventar un poco. El amante tiene esos toques novelescos, que para mí son un poco franceses. El amante es el que te saca de la rutina, de los niños, de las facturas por pagar, y eso es muy atractivo. Creo que esa debería ser una aspiración para la pareja de verdad de uno. Ojalá fuéramos el amante de nuestras mujeres, de nuestras novias o de lo que sea.

—Precisamente Chloé, la mujer casada de la que eres amante, es francesa. Siempre me ha admirado la tranquilidad con la que en Francia se practica el adulterio: sin dramatismo, con despreocupación, con alegría.

—Ahí hay una cosa cultural que no sé si es verdad o es más novelesca, porque en mis relaciones con francesas, que he tenido algunas, luego no es exactamente así (risas). Hay de todo. Es verdad que los franceses siempre han tenido una visión del amor romántico un poco abierta y distinta de la española, sin duda ninguna, pero no sé si eso es solo literario. No tengo tanto conocimiento de causa como para decir si los franceses son más dados al adulterio, pero desde luego ellos lo venden como si lo fueran.

—A mí lo que me ha pasado con todas las francesas con las que he estado es que siempre han sido ellas las que han dado el primer paso y siempre han sido ellas las que me han dejado.

—Es que la educación sentimental en Francia parece que es más directa. No sé si alguna vez has ligado con una nórdica, pero son como un sargento de caballería: llegan, te follan y te echan. Yo eso lo odio. Y con las francesas siempre ha sido todo mucho más divertido, más juguetón, pero muy directo y muy claro, lo cual me parece muy bien. Creo que en España está ocurriendo un poco eso, pero no lo sé.

Hay un momento en que estás con Jacobo Bergareche y con Eva Serrano, que es la editora de este libro. Les cuentas que estás de amante de Chloé, que está casada y tiene un hijo, y que además tiene una segunda amante, que es una mujer. Y escribes: «Eva me hizo un aparte y me dijo que me dejara de bobadas, que hiciera cosas propias de un señor de mi edad y condición, y que mantuviera las formas, aunque luego hiciera lo que me diera la gana». Lo curioso es que justo esa persona que te dice que mantengas las formas es la que va a publicar este libro en el que te desnudas, y de hecho dices que uno de los motivos principales por los que lo escribiste fue por su fe ciega en el libro.

"Tengo muchas dudas acerca de la calidad de este libro. Es un divertimento y ya está"

—Más bien por su fe ciega en mí. A Eva la conocí porque es la editora de Jacobo, que es muy amigo mío. Hicimos un podcast para Eva que se llamaba El diletante, y ella siempre me decía: “Creo que hay un escritor en ti”, y yo me reía.  Entonces, un día, en un curso de literatura de la experiencia al que me invitó Jacobo —pero me invitó para que cocinara, no para que escribiera—, escribí una crónica que a Eva le encantó y me dijo: “Yo ya sé que hay un escritor en ti, así que te lo voy a poner muy fácil: te voy a mandar un contrato y escribe lo que te dé la gana”. Entonces he escrito esto, que no empezó siendo esto —porque el proceso creativo ha sido completamente distinto—, pero ella tenía fe ciega, no en el libro, sino en mí, lo cual me sorprende enormemente. También te digo una cosa: tengo muchas dudas acerca de la calidad de este libro. Es un divertimento y ya está, pero me hace gracia que haya llegado a existir con esos mimbres, es decir, que yo no le di la lata a nadie con mi manuscrito. Ha salido muy orgánicamente y el libro se escribió en dos meses. Ha sido una experiencia rara y en gran medida dirigida por Eva.

—Le dedicas un capítulo a tu hija, que se llama Violeta, y dices: «no había logrado convencer a su madre de que llevara el nombre completo —Violeta Isabel— de uno de los personajes literarios de mi infancia». ¿A qué personaje te refieres? 

—Es un personaje de los libros de Guillermo Brown, de Richmal Crompton. Son libros maravillosos que leía de pequeño en una edición de Molino Rojo y que estaban traducidos graciosísimamente. Yo odio la traducción, pero hubo una escuela de traductores de los años 40 y 50, que son los que traducían a Wodehouse, a Richmal Crompton y a Enid Blyton, que eran la pera porque tenían muchísimo humor. Y en esos libros hay una niña que se llama Violeta Isabel, que además cecea y dice que se llama Violeta Izabel. Me parecía muy graciosa y siempre quise tener una hija que se llamara Violeta Izabel, pero solo me dejaron poner Violeta.

—Hay un momento en que dices: «Es una verdad universalmente conocida que el estado ideal de la persona adulta es el de divorciado con hijos, que te permite tener una vida en la que eres responsable de algo en lo que no se puede fallar, combinada con la libertad de poder dejar los zapatos tirados en el salón sin miedo de que un inocente los vea e imite esos hábitos infames». 

—Creo que el mejor estado es casado con hijos si estás felizmente casado. Si no, divorciado con hijos está muy bien porque puedes vivir dos vidas: tienes una vida familiar muy ordenada y luego puedes hacer el punk en los ratos libres. Para alguien como yo, al que le gusta el caos, está fenomenal. Imagino que habrá gente a la que le parecerá espantoso. Me gusta mucho ser padre, me encantan mis hijos, me gusta el orden y estar con ellos, pero también acabo hasta las narices. Llega un momento en que ya he hecho con ellos los deberes, los he llevado al colegio, y entonces se van y me puedo ir de juerga con mis amigos, o puedo estar tirado en el sofá en pelotas, o haciendo yoga, y no pasa nada.

—Cuando se termina la relación con Chloe, dices: «La madurez, supongo, consiste en hacer exactamente lo que hicimos Chloé y yo cuando lo nuestro se acabó. En lugar de pasar por una fase de rechazo, decepción y silencio para después intentar acercarnos de nuevo —como hacen tantos que se han querido—, pasamos directamente de ser amantes ardorosos a amigos entrañables. Confiados el uno en el otro, sabiendo que podemos contar con la comprensión, la escucha, el entendimiento. Sin mentiras ni dramatismos. Otro tipo de amor». Hay mucha gente que no cree en la amistad después del amor, pero tú sí.

"En un mundo ideal, deberíamos ser amigos de nuestras ex"

—Soy bastante amigo de algunas de mis ex. Con algunas me costó o les costó a ellas, y con otras fue de una forma más natural. Eso está basado en una historia real que tuve hace unos años con una que sigue siendo muy amiga mía y que es una persona muy particular. No es exactamente como lo cuento ahí, pero se da un aire. Creo que se puede ser amigo de las ex y se puede ser amigo de las mujeres, porque siempre está esa pregunta: ¿puede un hombre ser amigo de una mujer? Claro que puede. De hecho, debe ser amigo de las mujeres. No siempre tiene que haber una tensión sexual, o puede haber desaparecido la tensión sexual y a lo mejor se te ha abierto otra cosa que no tendrías de otra forma. En un mundo ideal, deberíamos ser amigos de nuestras ex. Habéis compartido un montón de cosas, no sé por qué tiene que haber un odio. Entiendo que, si la has dejado por su hermana, igual está un poco resentida, pero no debería (risas).

—En la nota del principio, calificas esta obra como un striptease y un ejercicio de impudicia, y en ese sentido hay escenas de sexo bastante explícitas, pero me da la impresión de que donde más te has abierto ha sido en el capítulo final, donde hablas de tu madre y de su enfermedad de Alzheimer.

—Es cierto. Cuando empecé este libro, no pensaba hablar de mi madre para nada, pero ya te digo que es un libro que se ha escrito prácticamente solo. De hecho, ni siquiera pensaba escribir este libro. Pensaba escribir otra cosa completamente distinta y luego fue cambiando a un tema que me interesa mucho, que es el desamor, más que el amor. Y más que el desamor, la pérdida. ¿Qué pasa con ella? ¿Cómo reaccionas ante la pérdida? Al final me quedé con qué tipos de pérdidas he tenido y cómo me han dolido. Cuento mucho la historia de mi padre, que para mí fue una pérdida muy extraña, porque lo dejé ir un poco sin querer. Y luego está el tema de mi madre, que es una persona muy particular, bastante extraña y que ha sido una presencia muy fuerte en mi vida. Pero mi madre se ha diluido. Entonces, ¿cómo cuento yo eso? Para mí, es como si hubiera tenido dos vidas con mi madre. Una, hasta que tuvo Alzheimer, y otra, desde que tuvo Alzheimer. Es un tema jodido. Es muy curioso, porque el otro día puse una foto en Instagram y me escribieron un montón de amigos míos diciendo que me entendían perfectamente porque tenían un padre con demencia o algo parecido. Tú no dejas de querer a tu padre o a tu madre. Los quieres un montón, pero ¿cuánto los quieres en comparación con cómo los querías cuando estaban bien? Es todo un tema. Hay gente que dice: “Hay que quererlos exactamente igual”. A mí se me hace muy cuesta arriba. Veo a mi madre y no se acuerda de nada. Lo único que quiere es comer. Cuando estuve con ella, el día de esa foto, fui a enseñarle el libro, en el que hay un poema suyo, y la única palabra que pronunció en toda la reunión fue cuando se lo leí. Le dije: “¿Quién ha escrito esto?”. Y dijo: “Yo”. Me quedé flipado, porque no se acuerda de quién es. La memoria es una cosa acojonante. Ese olvido y esa situación los cuento con crudeza, es todo cierto, y claro que es la parte en la que más me abro. Pero son reflexiones que mucha gente tiene. El que está en una situación de estas lo entiende muy bien.

—Esa es la parte más triste del libro, pero en los otros capítulos vemos a tu madre en plenitud de facultades. Es un personaje maravilloso que te envía cartas muy divertidas con un humor sarcástico de vieja dama inglesa.

—Las cartas no son reales. Me las he inventado, pero están con su humor. O sea, mi madre escribía así y decía esas cosas bastante salvajes, o más burras incluso. Era un personaje.

—Tu madre era escritora. ¿Qué crees que habría dicho de este libro si hubiese podido leerlo?

"Creo que a mi madre, que sin ninguna duda era una escritora mucho mejor que yo, le habría parecido que podía haber hecho un poco más de esfuerzo"

—Para empezar, a mi madre siempre le gustaba que la gente hiciera cosas. Creo que le habría gustado, y sospecho que no le habría gustado nada que la hubiera utilizado como personaje. O igual sí y le daba vanidad, no sé. Creo que a mi madre, que sin ninguna duda era una escritora mucho mejor que yo, le habría parecido que podía haber hecho un poco más de esfuerzo (risas) y creo que habría preferido que hubiese escrito una novela, pero yo llego a donde llego. También creo que se habría reído, lo cual es importante, porque parte de lo que quería con este libro es que la gente se riera un poco.

—En la lista de agradecimientos del final, dices: «A ChatGPT, sin cuya infatigable ayuda y comentarios elogiosos, pero poco acertados, hubiera podido escribir este libro en la mitad de tiempo». 

—Eso es un homenaje literal a Wodehouse, que es uno de mis autores favoritos, y que tiene una dedicatoria así a una de sus hijas en un libro. Me parecía tan gracioso que lo quería utilizar con una persona, pero luego pensé que se iba a molestar, así que lo hice con ChatGPT, al que le pregunto muchas idioteces y es un compañero últimamente. Lo que pasa es que tengo una relación de amor-odio, y últimamente de odio-odio, con ChatGPT muy fuerte, pero sí, lo utilizo mucho. Tuve una pelea gorda con él para escribir la sinopsis, porque me di cuenta de que el cabrón no se lo había leído en realidad, y me pelée muchísimo.

—¿Y qué te dijo ChatGPT de las escenas de sexo?

—Yo trabajo en una empresa en la que hacemos IA, así que utilizo ChatGPT profesionalmente como una herramienta para otras cosas y sé cómo funcionan los contextos. Si le das a ChatGPT un capítulo de mi libro y le preguntas qué opina, te sale el ChatGPT conservador puritano americano que dice: “Las escenas de sexo son una barbaridad, tratas a las mujeres como objetos…”. Entonces yo le digo: “Recontexto…”, y me dice: “Es maravilloso, es la pera, eres el mejor escritor…”, cosa que me toca los cojones (risas). Es una pelea permanente. Entonces, ese es el tema: que no piensa. Piensa lo que tú le digas que piense.

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Raoul
Raoul
44 minutos hace

Últimamente, en Zenda está fallando el control de calidad. Si algún día el tal Dominguez (sin tilde) cae en desgracia, esperemos que el autor de la entrevista no añada una enmienda justificándose por haberla hecho, como la semana pasada con la que perpetraron, a dúo y a cappella, Varela & Uclés.

zendalibros.com
Administrador
5 minutos hace
Responder a  Raoul

El autor no tilda su apellido. Así lo hemos reproducido.