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Cartas a Mateo (XXV): Quedarse

Cartas a Mateo (XXV): Quedarse

Creo haber comprendido una cosa, que las historias son siempre más grandes que nosotros, nos ocurrieron y nosotros fuimos inconscientemente sus protagonistas, pero el verdadero protagonista de la historia que hemos vivido no somos nosotros, es la historia que hemos vivido. 

Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa

Querido Mateo,

Tras la sucesión de festejos con motivo del cambio de año, que en nuestro caso se prolonga hasta bien entrado enero con la conmemoración de tu nacimiento —seis años que han sido como un suspiro—, la rutina ha vuelto a instalarse en casa; esa rutina que nunca es del todo mansa ni del todo exigente, pero que empuja los días hacia delante casi sin que uno se dé cuenta. Y así, ya integrados de nuevo en la dinámica semanal, mientras me acercaba a tu salida del entrenamiento de baloncesto, intentando no mojarme entre una sucesión de chaparrones, me vino a la cabeza una escena de hace pocas semanas, todavía en plena Navidad. No sé muy bien por qué hoy y no otro día, pero ya te decía en otra carta, citando a Saramago, que las respuestas no siempre llegan cuando uno las espera, y que a veces quedarse aguardando es, en sí mismo, la única respuesta posible.

Quizá en este caso fuese la propia lluvia la que me asomó al recuerdo porque, aunque suene a tópico, lo que te quiero contar ocurrió en una tarde de invierno al uso. Habíamos ido al centro con la idea, tan cauta como optimista, de aprovechar alguna pausa entre lluvias para que pudieras montarte en las “diversiones”. Les venías siguiendo la pista en semanas previas, desde la fase de montaje, y ya las habíamos disfrutado en un par de ocasiones, pero es algo de lo que nunca te cansas: las camas elásticas, esos cochecitos que recorren los raíles (sorpresa mayúscula al constatar que ya no cabes en algunos, con un techo demasiado bajo para ti…), un tiovivo de los de toda la vida, o esos columpios que giran suspendidos de unas cadenas y donde parecía que fueras a despegar.

"Te movías como si el mundo fuese, en ese momento, exactamente lo que tenías delante. Nada que temer, nada que buscar, nada que desear"

Y bueno, lo habitual en ti: pasando de una cosa a otra sin merma visible de energía, con esa mezcla de concentración y entusiasmo tan tuya. Lo estabas pasando muy bien: saltabas, corrías, observabas cada detalle con una alegría limpia, con esa felicidad que solo se tiene de niño y que se va perdiendo por el camino, como arena que se escurre entre los dedos o como el agua de lluvia que nos había dado la tregua necesaria. Te movías como si el mundo fuese, en ese momento, exactamente lo que tenías delante. Nada que temer, nada que buscar, nada que desear.

Al final, como siempre, tocó recoger. Y también aquí seguimos notando cómo maduras, porque asumiste la situación con una neutra resignación: recuerdo años anteriores en los que el berrinche de la salida podía durar tanto como toda la tarde previa de juegos. Emprendimos con tranquilidad el camino hacia el aparcamiento, ahora sí con la energía algo más baja, pero todavía con esa excitación suave que dejan las cosas que se han disfrutado.

Fue entonces cuando lo vimos: un perro pequeño, con uno de esos abrigos que parecen hechos casi a imagen y semejanza de las personas, caminando de un lado a otro sin rumbo claro. Se acercaba a un sitio, retrocedía, volvía a mirar, con un tipo de movimiento que no parecía propio del juego, sino de la búsqueda. Preguntamos a un par de personas y nos indicaron que llevaba ya un buen rato por allí, sin compañía. Bastaron unos segundos para confirmar algo que tú también entendiste al momento: estaba perdido.

"Poco a poco, ese pequeño círculo de atención se fue deshaciendo sin ruido, hasta dejarnos allí solos con él. Esperando"

Tu madre se acercó y lo sujetó con cuidado por el abrigo. El animal se dejó hacer. Estaba nervioso, seguía mirando alrededor con atención, pero al mismo tiempo se quedó quieto, como si agradeciese que alguien se ocupara de él. Le hablamos con calma. Te explicamos que seguramente su dueño lo estaría buscando y que lo mejor era quedarnos allí, en un punto fijo, para que pudiera encontrarnos. Tú escuchabas atento, mirando al perro, pendiente de cada gesto suyo. Llamé a la policía local y, poco después, desde el refugio de animales nos indicaron que venían de camino. Mientras tanto, la gente seguía pasando a nuestro alrededor: como suele ocurrir en estos casos, al principio algunos se detenían un momento, miraban al perro o hacían algún comentario antes de retomar su camino. Poco a poco, ese pequeño círculo de atención se fue deshaciendo sin ruido, hasta dejarnos allí solos con él. Esperando.

Ya te puedes imaginar que el cuento acabó bien. Pero lo que me interesa no es su desenlace, sino cómo lo viviste tú. Mantenías una calma atenta: observabas, acariciabas al perro cuando se acercaba un poco más, seguías sus movimientos. Comprendías la situación con una naturalidad que a veces a los adultos nos cuesta más, como si para ti fuera evidente que, cuando alguien necesita ayuda y tú puedes ofrecerla, lo lógico es hacerlo.

"Si algo de lo vivido aquella tarde resiste al paso del tiempo, me encantaría que fuesen esos rasgos de carácter que van asomando poco a poco"

Pasaron quince o veinte minutos. El perro seguía inquieto, pero ya no se movía de allí, como si hubiera asumido que aquel era, por el momento, su sitio. Entonces apareció el dueño, montado sobre un patinete, y todo terminó con la misma rapidez con la que había comenzado: el perro se llenó de alegría al reconocerlo, y no hicieron falta demasiadas explicaciones. Bastaba con verlos juntos para saber que todo volvía a estar bien. Avisamos al refugio para que cancelaran la recogida y, sencillamente, cada uno siguió su camino.

Como ves, la historia es de las mías, de las pequeñas. Y cuando leas esta carta, es casi seguro que no recuerdes el episodio del que te hablo. Si algo de lo vivido aquella tarde resiste al paso del tiempo, me encantaría que fuesen esos rasgos de carácter que van asomando poco a poco: la habilidad para percibir cuándo alguien necesita una mano y de ofrecerla sin ruido, tu sensibilidad tranquila y atenta que, al menos para mí, define una manera hermosa de estar en el mundo. Este peculiar mundo que, filtrado a través de tu habitual alegría limpia, y de esa felicidad exclusiva de la infancia, pareces ver con la mirada madura de quien entiende que aquel no se sostiene solo, sino que precisa de gestos mínimos. Un mundo que, al menos de vez en cuando, puede necesitar de alguien que entienda que ayudar no siempre es hacer algo ni muy grande ni muy visible, sino simplemente quedarse cuando otros se marchan.

Muchos besos, hijo.

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