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Bad Bunny en la Super Bowl, un producto cultural averiado

Bad Bunny en la Super Bowl, un producto cultural averiado

Cómo le gusta a la prensa que las expresiones artísticas estén cargadas de sentido político. En mi caso, sin embargo, aun estando de acuerdo con el sentido político del espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl, me horroriza la posibilidad de que las expresiones artísticas vuelvan a ser —como con la iglesia católica en siglos pasados— pura propaganda, sermón ideológico y moralismo atorrante, porque resulta empobrecedor, un paso atrás, en absoluto un síntoma de progreso. Es verdad que tal vez no debiéramos considerar “obra de arte” a lo de Bad Bunny, pero como expresión artística nos lo vende la prensa y como expresión artística lo interpreta el común. He leído apelativos como “¡impresionante!”, “¡nunca he visto nada igual!”, “¡muy interesante!”, “¡cargado de mensajes!”, “¡me emocionó!”, y algunos periódicos en España lo expresan así: “Espectáculo de alta calidad visual y musical” (El País); “Declaración cultural en mayúscula” (Marca), “Un show plagado de símbolos” (SER).

Es normal que la prensa adore lo hecho por Bad Bunny en la Super Bowl. Los periodistas venden actualidad. Solo la mercancía de la actualidad puede ser su producto. Hoy ese mercado de la actualidad es efervescente y Bad Bunny ha hecho lo que debía para obtener el tipo de éxito instantáneo que es posible en tan fulgurante espacio. El suyo es un producto expresamente dedicado a los periodistas, servido a ellos para que lo comercialicen, y no otra cosa. Sin embargo, los periodistas lo dan como obra artística, y no lo es, sino, más bien, en cuanto que producto para la actualidad estrecha, una creación cultural averiada por la introducción de la política del momento. Nadie volverá a ver este espectáculo, porque se trata de un producto hecho para el instante de ahora mismo (un ahora mismo que ya pasó), todo lo contrario que una obra de arte, que se realiza con un carácter universal que atesora sentido en el tiempo y se renueva cada vez que alguien la vuelve a ver o leer en el futuro. Hoy, poca gente ve 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick —que en su día, años 1968, 1969, 1970, fue un acontecimiento de rabiosa actualidad, cómo no—, pero la película no ha perdido un ápice de su universalidad y sigue siendo culturalmente relevante, una obra maestra del cine. Nada parecido sucederá con el espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl, por la misma razón que la crónica de un crimen en una página de sucesos no se convierte con el tiempo en una obra tan relevante como una narración de Joseph Roth. Tanto esa crónica como el espectáculo de Bad Bunny, cuanto más tiempo pasa, menos son.

Los grandes artistas aspiran a cuestionar y nombrarlo todo en sus obras, no un aspecto tan pobre y coyuntural como el expresado en la Super Bowl por Bad Bunny, aunque con apariencia de abarcador de América y de inusitada relevancia política.

"Aunque Trump sea un poder, afrentándolo de este modo, en este momento, no nos emancipamos, más bien lo pinchamos para que nos someta a su reacción"

Pero tal vez lo más preocupante es que, con expresiones artísticas de tan corto y estrecho repercutir, estamos aniquilando la libertad crítica que, contra los curas moralistas y la frivolidad del mero divertimento de las novelas de caballería, nos legó Miguel de Cervantes. Lo que Cervantes nos legó fue independencia, libertad para hablar sobre lo que quisiéramos y, especialmente, para emancipar la propia obra artística de los relatos del poder (entonces la iglesia católica, principalmente, de ahí su famoso prólogo del Quijote). Por supuesto que el espectáculo de Bad Bunny es un gran bofetón a Trump, y a mí, personalmente, ese bofetón me agrada. Pero, ¿y qué? Artísticamente no importa. Como producto artístico eso lo convierte en un panfleto con mucha audiencia. Y aunque Trump sea un poder, afrentándolo de este modo, en este momento, no nos emancipamos, más bien lo pinchamos para que nos someta a su reacción. Visto así, la obra carece incluso de sentido político: no es eficaz en lo que se propone. Además de carecer de sentido artístico.

Si el sentido político es lo importante en un espectáculo musical, como se demuestra, no hace falta ni saber cantar. Y así con todas las disciplinas: ni saber escribir, ni saber pintar, ni saber esculpir, ni saber filmar… Se trata de una estrategia artística, una vez más, averiada: el artista sitúa el sentido político —políticamente correcto, en este caso— primero de todo, y a correr… Todo lo demás carece de importancia. Al contrario de lo que dicen los periodistas entusiasmados con lo de Bad Bunny en la Super Bowl, en mi caso, aun estando políticamente de acuerdo con el sentido del espectáculo, el espectáculo me parece insufrible, detestable, ridículo y, lo peor de todo, al nivel bajísimo de aquello a lo que pretende oponerse. Una obra artística al nivel y a la medida de Trump. ¿Se puede caer artísticamente más bajo?

Claro que al común le parece “lo más”: después de décadas en las que estos espectáculos han sido solo “chichita convulsa”, espectáculo publicitario para que fuéramos a la tienda de discos, mera publicidad vacía para que consumiéramos música, esto otro, sin embargo, “mola”, como dicen los cursis. Frente a la publicidad vacía, la propaganda parece algo, aparenta ser más. Ahí radica la “solidez soluble” de estos productos: venimos de la nada publicitaria, de modo que el producto supuestamente enriquecido con una buena dosis de sentido político —propaganda— parece mejor. Y esto, en sociedades que desconocen lo que es una obra de arte, porque la obra de arte se ha sustituido convenientemente por el “producto cultural”, no deja de ser una desgracia, una debacle.

"No me resulta nada descabellado augurar que el próximo año, en este mismo evento de la Super Bowl, no habrá ni rastro de lo hispano"

Esta estrategia de “enriquecimiento” de las obras —el arte como propaganda, como sermón, como proselitismo— se está extendiendo a todas las artes. Y es síntoma de decadencia cultural. Hoy también hay artistas que se niegan a incurrir en el oportunismo y no sucumben a esta tendencia al sermón, pero están siendo adelantados por todos los oportunistas y, enterrados por la banalidad general, cada vez se les nota menos.

Sobre el espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl se han podido leer cosas como que “hemos visto que la guerra cultural no está perdida”. Ni siquiera en esto, que es circunstancial, me parece atisbar verdadera inteligencia. No me resulta nada descabellado augurar que el próximo año, en este mismo evento de la Super Bowl, no habrá ni rastro de lo hispano. Eso también será consecuencia de que “hemos visto que la guerra cultural no está perdida”. Incidir en la guerra cultural de este modo, a estas alturas de dicha guerra, no carece de cierto delito, pues se trata de la guerra que ha llevado al poder al movimiento MAGA y a Trump. Sin wokismo no lo hubiesen podido hacer y es contra el wokismo que actúan ejerciendo el poder, como vemos, de un modo reaccionario que amenaza la democracia. Además, esta guerra cultural ya ha dejado de ser meramente cultural para insinuarse como guerra, a secas, con víctimas mortales: amenazas de muerte de unos hacia otros, intentos de asesinato a Trump, Charlie Kirk asesinado, asesinatos de ciudadanos a manos de la migra… La violencia persecutoria parece iniciar su escalada.

Previsiblemente, incidir en la guerra cultural del modo que se ha hecho en la Super Bowl acarreará consecuencias en las vidas de bastantes personas, pues la guerra cultural es excluyente, unos excluyen a los otros: los excluidos de la ecuación del wokismo, los trumpistas, con esto de Bad Bunny en la Super Bowl, se sentirán amenazados una vez más (en ello se centra su indignación cuando acusan la abrumadora presencia de la lengua española en el espectáculo: ¡nos han excluido!, ¡nos quieren borrar!), y los excluidos de la ecuación del trumpismo, los wokistas, recibirán nuevos, descomunales ataques de Trump desde sus políticas. “¡Es un dedo medio (peineta) al resto de América”, declaran ya los MAGA. Por el camino, previsiblemente, morirán personas.

"La actuación de Bad Bunny ha sido como recordarle al movimiento MAGA y a Trump por qué razón están haciendo lo que están haciendo"

La actuación de Bad Bunny ha sido como recordarle al movimiento MAGA y a Trump por qué razón están haciendo lo que están haciendo. En ese sentido, habrá supuesto reforzarles en sus convicciones. Ambas partes son capaces de asesinarse, ya se ha visto, y por eso se temen, y el temor les lleva a atacarse y a transmitir al mundo que, en cuanto puedan, excluirán al otro y lo borrarán del mapa. Ahora, el estadounidense que se ha visto excluido de la imagen cultural proyectada por este acto de la Super Bowl, temerá que lo borren de Estados Unidos del mismo modo, como lo han desaparecido de los televisores en un día tan señalado. Por ello, el gesto político de la Super Bowl podría interpretarse también como expresión de frivolidad, una provocación innecesaria. “El orgullo latino desafía en la Super Bowl a la política del miedo” (Público). En cierto modo, se diría que no saben lo que tienen enfrente. Son conscientes de que encaran, afrentan, humillan a Trump, pero demasiado ingenuos para comprender que la reacción de Trump contra ellos puede ser violenta. Humillan, lo saben, pero creen que sin maldad —música, baile y español: ¡alegría!—, y la humillación sin maldad no existe. Reservan el carácter de malvado para el humillado.

Hay estudios que muestran cómo la humillación es una de las principales causas de violencia en todo tiempo y lugar. Las afrentas las carga el diablo. Esta gente que ha hecho lo de Bad Bunny en la Super Bowl, dice ir —y muestra que va— a la guerra, pero sin prever represalias, ingenuamente. No parecen esperar que Trump pida la “listita” con sus nombres. Se diría que creen que Trump es lo peor, pero que no hará lo peor.

"No sé si Bad Bunny & compañía serían tan valientes en el caso de que las amenazas de muerte cayeran sobre ellos"

Nada nuevo, sin embargo. Los primeros cristianos buscaban con sus provocaciones que la autoridad romana los castigara. La autoridad romana intentaba que los cristianos renegaran de su religión, para no tener que ajusticiarlos, pero, a menudo, estos no lo hacían, no renegaban ni siquiera cuando eran amenazados con la pena capital. A veces, sin quererlo, la autoridad romana se veía abocada a condenarlos a muerte. Sin embargo, de ese modo fue como los cristianos resistieron a su intento de aniquilación y se vengaron y arrasaron con sus enemigos ideológicos y llegaron a nuestros días. No sé si Bad Bunny & compañía serían tan valientes en el caso de que las amenazas de muerte cayeran sobre ellos (ya digo que, por ahora, no parece ni que lo esperen), pero nada de lo realizado por ellos es inocente del todo. Este, me parece, ha sido un problema de la izquierda woke en no pocos momentos de los últimos tiempos: amedrentar al otro, humillarlo, como sin darse cuenta, se diría que convencidos de que el otro no debe reaccionar y no lo hará, o en la creencia de que, si el otro reacciona, se retratará como lo peor y se podrá hacer política con ello contra él. Por desgracia, ir hacia la violencia no parece lo más inteligente: mucha gente sufrirá. Trump ya ha calificado la actuación de Bad Bunny de “bofetón en la cara de Estados Unidos” y de “afrenta a la grandeza de América”. En términos de humillación lo define. ¿Y la respuesta de los “agentes” del wokismo cuál ha sido? Seguir la mofa, el humor como humillación.

No me malinterpreten, por favor, no propongo evitar molestar a Trump. No es eso.

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