Inicio > Libros > Adelantos editoriales > La pequeña dama de la casa grande, de Jack London

La pequeña dama de la casa grande, de Jack London

La pequeña dama de la casa grande, de Jack London

Esta fue la última novela publicada por Jack London. En ella puso al límite sus indagaciones sobre la libertad, las convenciones sociales y la lucha por la vida. La protagonista es una figura adelantada a su tiempo: una mujer inteligente, contradictoria, insumisa y que se atreve a pensar desde el deseo.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La pequeña dama de la casa grande (Montesinos), de Jack London.

***

CAPÍTULO 1

Se despertó en la oscuridad. Su despertar fue simple, fácil, sin ningún otro movimiento aparte del de sus ojos, que se abrieron y le hicieron ser consciente de la oscuridad. A diferencia de muchos que deben tocar, tantear, escuchar y establecer un contacto físico con el mundo que los rodea, él sabía quién era desde el primer momento en que se despertaba, se orientaba inmediatamente en el tiempo y el espacio y sabía cuál era su personalidad. Tras las horas de sueño que había adquirido, sin ningún tipo de esfuerzo, se reincorporaba a la historia interrumpida de su vida. Sabía que él era Dick Forrest, el amo de los amplios acres, que se había quedado dormido durante horas después de haber puesto, adormilado, una cerilla entre las páginas de Road Town y haber apagado la lámpara de lectura eléctrica.

Cerca, se oía la ondulación y el gorgoteo de una fuente somnolienta. De lejos, tan tenue y tan lejano que solo un oído agudo podría captarlo, oyó un sonido que le hizo sonreír de placer. Reconoció al Rey Polo por el berreo distante y gutural; Rey Polo era su toro campeón sin cuernos, un shorthorn, ganó también tres veces a todos los toros de Sacramento en la feria del estado de California. La sonrisa tardó en difuminarse de la cara de Dick Forrest, ya que se entretuvo un momento pensando en los nuevos triunfos que había planificado para Rey Polo en los circuitos de ganado del Este. Les demostraría que un toro, que nació en California y que moriría en California, podía competir contra los toros pardos de Iowa que se alimentaban de maíz o contra los toros importados del extranjero, del hogar inmemorial de los shorthorns.

No presionó el primer botón de la hilera hasta que la sonrisa desapareció, lo cual pasó en cuestión de segundos. Había tres hileras de botones. La iluminación escondida que fluyó de la lámpara redondeada del techo hizo visible un porche para dormir, tres paredes del cual estaban hechas de una malla fina de cobre. La cuarta pared era la de la casa, hecha de hormigón y con ventanas francesas que daban acceso al porche.

Presionó el segundo botón de la hilera y una fuerte luz se con centró en un lugar del muro de hormigón, iluminando, por este orden, un reloj, un barómetro, un termómetro de grados Centígrados y otro de grados Fahrenheit. Con una mirada casi ininterrumpida, leyó la información de los diales: hora, 4:30 h; presión del aire, 29:80, lo cual era normal en esa altitud y estación del año; y la temperatura, en grados Centígrados, 2,2 °C. Tocando otra vez el botón, los indicadores de tiempo, temperatura y aire volvieron a la oscuridad.

Un tercer botón encendió su lámpara de lectura, colocada de forma que la luz caía de arriba y de atrás sin enfocarle a los ojos. El primer botón apagó la luz de la lámpara escondida del techo. Cogió un montón de borradores de su soporte para libros y, lápiz en mano, encendiéndose un cigarrillo, empezó a corregir.

La estancia era claramente el dormitorio de un hombre que trabajaba. Dominaba la eficiencia, pero la comodidad, que no era completamente frugal, también estaba presente. La cama era de hierro esmaltado gris que combinaba con la pared de hormigón. A pie de cama, junto con otro edredón, colgaba una bata gris de piel de lobo con todas las colas suspendidas. En el suelo, donde descansaban un par de pantuflas, había una piel gruesa de cabra de montaña extendida.

Con pilas ordenadas de libros, revistas y bloques de notas, había sitio en el gran soporte de lectura para cerillas, cigarrillos, un cenicero y una botella térmica. Había un fonógrafo que usaba para dictar encima de una escuadra articulada y oscilante. En la pared, bajo el barómetro y los termómetros, en un marco circular y de madera, reía la cara de una chica. En la pared, entre las hileras de botones y una centralita, de una funda, asomaba ligeramente la culata de una Colt automática del 44.

A las seis en punto, después que una luz gris empezara a filtrarse entre la malla de cables, Dick Forrest, sin alzar sus ojos de los borradores, alargó su brazo derecho y presionó un botón de la segunda hilera. Cinco minutos más tarde, un chino con pantuflas suaves apareció en el porche para dormir. Llevaba en sus manos una ban deja recubierta de cobre con una taza, un platillo, una pequeña cafetera plateada y su correspondiente jarrita de leche plateada.

—Buenos días, Ah Vaya —saludó Dick Forrest, y sus ojos y labios sonrieron al decirlo.

—Buenos días, señor —respondió Ah Vaya mientras se mantenía ocupado, haciendo espacio para la bandeja en el soporte de lectura y sirviendo el café y la leche.

(…)

—————————————

Autor: Jack London. Título: La pequeña dama de la casa grande. Traducción: Laura Gómez Peña. Editorial: Montesinos. Venta: Todos tus libros.

4.7/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios