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27 de febrero de 1936: La Primera y la Segunda República comparadas

27 de febrero de 1936: La Primera y la Segunda República comparadas

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Jueves, 27 de febrero de 1936: La Primera y la Segunda República comparadas por José Ángel Mañas

Creo que se puede encontrar un gran número de analogías entre la Primera y la Segunda República. De entrada, parece importante subrayar que ninguna de las dos fue proclamada de forma violenta. El propio Manuel Azaña, en la Puerta del Sol, se felicitó el catorce de abril de que a pesar de la multitud agolpada en las calles, todo transcurría sin incidentes. También el once de febrero de 1873, Castelar, desde el Congreso, prometió que no se moverían de allí los diputados hasta que se aceptara la república. No hizo falta a los republicanos del XIX salir a la calle para cambiar de régimen: la Primera República fue proclamada de manera incruenta.

Y si es notable la inestabilidad de los gobiernos de la Segunda República, la velocidad a la que se sucedieron los de la Primera no le iban a la zaga. En los once meses que duró el primer ensayo republicano hubo cuatro ejecutivos distintos: Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar ocuparon, sucesivamente, la presidencia, sin lograr estabilizar el régimen. Ambas repúblicas amnistiaron a los presos políticos. Y si en la Segunda la rivalidad se polarizó en torno a Azaña y Gil-Robles, en la Primera desempeñaron ese mismo papel Pi y Margall y Castelar. Los dos pertenecían al mismo partido, ciertamente, pero representaban concepciones opuestas del republicanismo. Pi y Margall, ideólogo del federalismo, más a la izquierda, abogaba por una república federal. En cambio, Castelar era partidario del Estado unitario.

"Tanto la Primera como la Segunda República supusieron un importante cambio en la organización territorial"

Tanto la Primera como la Segunda República supusieron un importante cambio en la organización territorial. Es cierto que en 1873 aún no existían demandas nacionalistas, más allá del carlismo en el norte de la península, si es que a eso podemos llamar nacionalismo. Sin embargo, en el proyecto de Constitución de la Primera República, redactado en tres días por Castelar, el Estado se configuró de manera federal, abriendo la puerta a todo tipo de reivindicaciones y añoranzas futuras. Parece claro que esa es la razón por la que, desde entonces, república, en España, como forma de gobierno, es sinónimo de descentralización, a pesar de que en la monarquía constitucional actual hayamos llegado al mayor grado de descentralización de nuestra historia.

Y si tomamos una fecha de 1936 al azar, por ejemplo el veintisiete de febrero, sin ir más lejos, recién restablecido el estatuto de Cataluña, vemos que la Segunda República estaba haciendo frente a las mismas amenazas que sesenta años antes acabaron con la Primera: el Ejército, siempre preocupado por la cuestión de la unidad, ya conspiraba para acabar con la República. Exactamente lo mismo que ocurrió cuando el general Pavía, de acuerdo con otros generales, acabó entrando en las Cortes. De modo que el final de las dos repúblicas tuvo por motivo una asonada.

"Hasta los miedos que se sufrían en ambas repúblicas eran parecidos. Si en la Segunda se temía la revolución bolchevique que preconizaba la izquierda más radical, en la Primera se temió que se reprodujese la Comuna de París"

El cantonalismo radical tiene igualmente su reflejo en la Segunda República. Hay quien ve en los estatutos de autonomía de Cataluña y el País Vasco en la Segunda República una reedición de los fueros de aquellos cantones. Y la revolución de Asturias de 1934 podría decirse que tuvo cierto parecido con la insurrección cantonal. No olvidemos que en Cartagena no solo se proclamó la soberanía del cantón murciano, un nuevo Estado en Murcia como expresión extrema del federalismo, sino que el cantón abanderaba la demanda de cambios sociales de los trabajadores y las clases más desfavorecidas. Hasta los miedos que se sufrían en ambas repúblicas eran parecidos. Si en la Segunda se temía la revolución bolchevique que preconizaba la izquierda más radical, en la Primera se temió que se reprodujese la Comuna de París. La Primera República, con todos sus desacuerdos, estaba sentenciada desde el principio, como también, en definitiva, lo estuvo la Segunda. Y dicho todo esto, ya podemos continuar con nuestra historia.

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