¡Ah, La metamorfosis! Esa joya literaria en la que un caballero despierta convertido en cucaracha y, lejos de provocar el escándalo que tal suceso merecería en una sociedad medianamente sensata, apenas suscita algo más que una ligera molestia doméstica. Si el señor Kafka hubiera tenido la cortesía de consultar a cualquier currante español del siglo XX, incluso del XXI, sabría que el verdadero terror no es amanecer insecto, sino no levantarse a tiempo para ir al trabajo.
Kafka —perdón, el señor Kafka, que para algo es funcionario de lo fantástico— nos presenta una familia cuya reacción ante la monstruosa novedad oscila entre el fastidio y la contabilidad. El padre, modelo de autoridad doméstica, no se pregunta por la naturaleza del prodigio; calcula más bien la pérdida de ingresos. La madre alterna desmayos estratégicos con una ternura que no resiste el primer coletazo quitinoso. Y la hermana, esa Greta de sensibilidad musical tan delicada que casi se nos antoja artista, descubre pronto que el amor fraternal tiene un límite muy preciso: la puerta del dormitorio.
¡Qué admirable economía de afectos! En esta casa, la metamorfosis no es tragedia, sino inconveniente. El monstruo no es el insecto, sino la hipoteca moral. Gregorio había sido, hasta su transformación, el sostén financiero del hogar. Convertido en escarabajo, pierde su única cualidad apreciable: la rentabilidad. Y así, la familia, que antes se apoyaba en él con la naturalidad de quien descansa sobre un cojín, descubre que el cojín tiene patas y estorba.
Si el propósito del autor era mostrarnos la soledad del individuo moderno, lo ha logrado con una crueldad que roza la comicidad. Gregorio intenta comunicarse, pero su voz se traduce en chirrido. ¡He aquí la metáfora perfecta del empleado contemporáneo! Habla, suplica, razona… y la empresa sólo oye ruido. Cuando el apoderado acude a la casa —ese emisario del orden laboral que se escandaliza más por la ausencia que por la monstruosidad—, uno comprende que el verdadero insectario es la oficina.
No obstante, debo confesar mi admiración por la sobriedad del estilo. No hay fuegos artificiales, ni discursos inflamados, ni moralejas explícitas. El horror se administra con la frialdad de un acta notarial. Se diría que el narrador contempla la escena con la misma distancia con que un entomólogo observa a su espécimen. Tal vez por eso el lector termina por aceptar lo inaceptable: si nadie se asombra demasiado, ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros?
Y, sin embargo, hay algo profundamente risible en esta tragedia doméstica. Gregorio, reducido a su nueva condición, se preocupa por no manchar las paredes, por no asustar a los huéspedes, por no interferir en la respetable decadencia familiar. Es el único personaje verdaderamente considerado. Mientras tanto, los demás evolucionan —¡oh ironía!— hacia una saludable indiferencia. La metamorfosis, pues, no es la del insecto, sino la de la familia, que pasa de la dependencia a la autosuficiencia con la facilidad de quien cambia de proveedor.
El desenlace, que no revelaré por piedad hacia quien aún no haya tenido el gusto de esta lectura entomológica, confirma la tesis: el problema nunca fue que Gregorio fuera insecto, sino que dejara de ser útil. Cuando la utilidad se evapora, también lo hace la compasión. Y la familia, liberada del estorbo, respira con alivio, como si hubiera terminado una limpieza general.
En suma, La metamorfosis es un tratado sobre la condición humana disfrazado de cuento fantástico. Kafka, con esa cortesía centroeuropea que consiste en no levantar la voz ni para anunciar el Apocalipsis, nos ofrece un espejo poco halagador. Nos vemos reflejados en él con antenas y caparazón, afanados en cumplir horarios, en pagar deudas, en no incomodar a los demás con nuestra desgracia.
Si el lector busca consuelo, no lo hallará. Si busca moraleja edificante, tampoco. Hallará, eso sí, una sátira involuntaria —o demasiado voluntaria— de la familia, el trabajo y la dignidad moderna. Y acaso, al cerrar el libro, mire su despertador con sospecha, temiendo que cualquier mañana amanezca convertido no en insecto, sino en algo peor: en un hombre perfectamente adaptado.
He ahí la mayor ironía de esta obra: que la monstruosidad no reside en la transformación física, sino en la naturalidad con que todos la aceptan. Kafka no necesitó convertirnos en cucarachas; le bastó recordarnos que ya sabíamos vivir como tales.


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