Hay libros que se leen, libros que se disfrutan y libros que se sobreviven. Ulises, de mi medio tocayo James Joyce, pertenece a esta última categoría, aunque con un matiz importante: no se sobrevive a él sin secuelas. Algunas son leves —una vaga sensación de haber sido estafado— y otras más graves: el impulso irrefrenable de fingir que se ha entendido para no quedar como un completo ignorante en tertulias literarias.
La premisa, si es que puede hablarse de tal cosa, es sencilla hasta la irrelevancia: un día en la vida de un tal Leopold Bloom en Dublín. Sí, un día. No una vida, no una epopeya, no una tragedia digna de ser contada junto al fuego, sino un martes cualquiera. Pero Joyce, en un alarde de confianza que raya en la temeridad, decide que ese martes contiene más literatura de la que cualquier lector sensato podría desear. Y se empeña en demostrárnoslo durante cientos de páginas.
¿El resultado? Un texto que parece haber sido concebido como una broma privada a costa del lector. Joyce juega con el lenguaje como un gato con un ratón, pero olvidando que el ratón —es decir, yo— no disfruta del juego. Cambios de estilo, monólogos interiores interminables, referencias que exigen un doctorado en mitología, historia, lingüística y paciencia… Todo ello se acumula hasta formar una especie de torre de Babel literaria en la que cada ladrillo parece colocado con desprecio hacia quien se atreva a subirla.
Dirán algunos —y lo dicen, con voz grave y gesto solemne— que Ulises es una obra maestra. Que hay que dejarse llevar. Que no se trata de entender, sino de sentir. A estos entusiastas cabría preguntarles si también recomiendan masticar piedras para apreciar la textura de lo imposible. Porque una cosa es exigir un esfuerzo al lector, y otra muy distinta es exigirle que abdique de toda lógica, de todo placer, de toda esperanza.
El humor, dicen también, está presente. Y es cierto: hay momentos en los que uno ríe. Pero no por la intención del autor, sino por la absurda situación en la que se encuentra como lector, atrapado en una frase que parece no querer terminar nunca, preguntándose si no habría sido mejor dedicarse a leer de nuevo la Odisea original, la de Homero.
Joyce, en su afán de experimentación, parece olvidar un detalle fundamental: que la literatura, además de ser un arte, es también una forma de comunicación. Y aquí es donde Ulises fracasa con una elegancia casi insultante. Porque no es que no diga nada; es que lo dice de tal manera que uno sospecha que no quería ser entendido en absoluto. Es como si el autor hubiese escrito el libro para sí mismo, y luego, por error o por crueldad, lo hubiese publicado.
El célebre paralelismo con la Odisea añade una capa más de artificio a este despropósito. Bloom como Ulises, Dublín como Ítaca… Todo ello suena muy bien en teoría, pero en la práctica se siente como una broma excesivamente larga. Uno busca el heroísmo, la aventura, el regreso triunfal, y en su lugar encuentra paseos, pensamientos inconexos y una sensación constante de que algo —cualquier cosa— debería estar ocurriendo y no ocurre.
No falta quien defienda que la grandeza de Ulises reside precisamente en esa acumulación de detalles cotidianos, en esa inmersión total en la mente de sus personajes. Pero incluso concediendo este punto, cabe preguntarse: ¿era necesario hacerlo así? ¿Era imprescindible convertir cada pensamiento en un laberinto, cada frase en un acertijo, cada capítulo en un experimento de laboratorio?
La respuesta, sospecho, es no. No era necesario. Pero Joyce, como esos arquitectos que diseñan edificios imposibles, parecía más interesado en demostrar lo que podía hacer que en ofrecer un espacio habitable. Ulises no se lee: se contempla, se analiza, se disecciona… pero rara vez se disfruta.
Y sin embargo, ahí está, en lo alto del canon literario, intocable, reverenciado, protegido por una legión de críticos y académicos que han construido a su alrededor una muralla de interpretaciones. Criticarlo es casi un sacrilegio, una confesión de ignorancia. Pero quizá sea hora de decirlo en voz alta: si una obra necesita un ejército de explicadores para ser apreciada, tal vez el problema no esté en el lector.
No se me malinterprete. No niego el talento de Joyce. Sería absurdo hacerlo. Hay destellos de genialidad en Ulises, momentos en los que el lenguaje se eleva, en los que uno vislumbra lo que podría haber sido una obra extraordinaria. Pero esos momentos están enterrados bajo tal cantidad de artificio que encontrarlos se convierte en una tarea más propia de arqueólogos que de lectores.
Al final, cerrar Ulises produce una extraña mezcla de alivio y resentimiento. Alivio por haber terminado, resentimiento por el tiempo invertido. Es como salir de una larga y confusa conversación con alguien brillante pero insoportable, de esas en las que uno asiente sin entender del todo, esperando el momento de escapar.
Quizá dentro de cien años alguien siga defendiendo este libro con la misma pasión con la que hoy se defiende. O quizá no. Tal vez, con el tiempo, se reconozca que Ulises fue menos una obra maestra que un experimento llevado demasiado lejos. Mientras tanto, el lector común haría bien en acercarse a él con cautela, como quien se aproxima a un animal exótico: con curiosidad, sí, pero también con la prudencia de quien sabe que podría salir mal parado.
En definitiva, un monumento. Pero no todos los monumentos invitan a ser visitados, y algunos, francamente, están mejor vistos desde lejos.


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