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Daniel Ramírez García-Mina: “Espero que sea una novela incómoda para todos”

Daniel Ramírez García-Mina: “Espero que sea una novela incómoda para todos”

Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 1992) pertenece a una estirpe cada vez más rara: la de los periodistas que no han renunciado a la complejidad. Formado en Periodismo por la Universidad de Navarra, hoy trabaja en Onda Cero (en Más de uno, junto a Carlos Alsina) y es redactor jefe en El Español. Antes de dar el salto a la narrativa de ficción había transitado ya por el ensayo, la crónica y la poesía (Es solo vivir, Tus canciones y las mías), y había recibido reconocimientos como el Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés por su trabajo en reportajes de carácter social.

Su primera novela, Los días que no existieron (Espasa, 2026), marca un punto de inflexión. No es un debut que busque el efecto inmediato ni la comodidad del lector, sino un texto que nace con la ambición de cruzar géneros; una novela de investigación histórica con pulso de thriller que entrelaza dos heridas aún abiertas de la historia reciente española, la violencia política de ETA y la presencia de antiguos nazis refugiados en nuestro país tras la Segunda Guerra Mundial, y en la que el autor se pregunta (y nos pregunta) qué hacemos hoy con ese pasado.

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—Si Julia no fuera periodista… ¿existiría esta novela? ¿O el oficio es el verdadero protagonista encubierto?

"Los reporteros clásicos tienen esa tensión a la hora de vivir, ese inconformismo, incluso ese salvajismo que a veces los empuja"

—Yo necesitaba que Julia fuera periodista. Creo que eso aporta una gran tensión narrativa al suceder de los acontecimientos. Hay varios motores de combustión que aceleran la novela, y uno de ellos es la urgencia que tiene Julia por encontrar esa historia que (como le dice su director) “nos cambie la manera de pensar”. Ahí es cuando se embarca en la búsqueda del viejo nazi refugiado en Madrid con identidad falsa. Y luego está su carácter de reportera clásica. Porque Julia es una reportera clásica. Los reporteros clásicos tienen esa tensión a la hora de vivir, ese inconformismo, incluso ese salvajismo que a veces los empuja. Eso también la lleva a sumergirse en la investigación del asesinato de su abuela a manos de ETA con una gran fiereza, con una gran visceralidad, con una gran velocidad.

—Las mujeres son pilares de la novela: Julia, la hija del nazi, la heredera de la muerte de Guernica… ¿Son ellas quienes sostienen la memoria?

—Sí. Son las mujeres quienes han mantenido viva la memoria. Primero, porque viven más años, generalmente. Y segundo, porque creo que tienen una mayor profundidad psicológica y una mirada más a largo plazo.

—Frente a la velocidad del clic, tú reivindicas la investigación lenta.

"Las grandes historias te obligan a esa investigación lenta"

—Bueno. Las grandes historias te obligan a esa investigación lenta. Cuando Julia persigue al viejo nazi refugiado en Madrid, la investigación es rápida, muy vertiginosa: quiere llegar cuanto antes, entrevistarse con él, arrimarlo al precipicio de sus contradicciones. Pero es lenta en la reflexión, en la preparación de los encuentros. En el caso de ETA también es vertiginosa, porque el crimen de su abuelo está a punto de prescribir. Pero aunque los hechos suceden en pocos días, para ella pasan con una gran lentitud. Puede parecer una paradoja, pero lo vive con tal densidad que es una combinación de las dos velocidades.

—Has trabajado con documentos nazis. ¿Dónde termina el reportaje que no pudiste publicar y dónde empieza la literatura?

—Empecé a escribir esta novela porque una fuente puso en mis manos unos papeles sobre la red nazi establecida en España tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Son impresionantes: un mapa de constelaciones con lápices de colores. Ponía “vigilancia”, “Gestapo”, “militares”, cómo estaban interconectados entre ellos, matrículas de coche, dónde vivían, en qué bares se reunían… Cuando me llegaron esos papeles le dije a mi fuente que quería hacer un reportaje. Pensé: “Si ya están todos muertos…”. Pero primero había que comprobarlo. Algunos podían tener 98 o 99 años, y yo he entrevistado a personas de hasta 112. Mi fuente me dijo que no quería que lo publicara. Y aunque me parecieran absurdos sus argumentos, la fuente es sagrada. Lo respeté. Entonces decidí hacer ficción con esos papeles y cumplir mi sueño de periodista: encontrar a uno de esos viejos nazis, perseguirlo y hacerle las grandes preguntas sobre la banalización del mal. En la ficción lo revisto todo de una peripecia, de una aventura, de una persecución con elementos de acción.

—¿Cómo fue el trabajo de ficción con toda esa “delicada verdad” entre manos?

"La realidad me fue llevando a la ficción"

—Para dar verosimilitud al personaje central trabajé con documentación, prensa de la época, ensayos sobre el pensamiento del alemán medio en la Alemania nazi. Pero también necesitaba humanidad. Hay cosas para construir personajes que no están en los papeles. Necesitan carne, sangre, vísceras… en el sentido humano. Yo encontré a la hija de uno de los pilotos que bombardeó Guernica. No quería reunirse conmigo porque sabía que era periodista. Le prometí que iría como escritor, que no revelaría su nombre ni el de su padre. Aceptó. Nos reunimos en un pueblo fuera de Madrid y fue una de las conversaciones más apasionantes de mi vida. Me habló de cómo era su padre, de cómo evolucionó con el tiempo, de cómo murió convertido en un anciano completamente corriente en la España de los años 80 y 90. Tomé muchas notas. Luego contrasté con otras conversaciones: miembros de la División Azul que habían convivido con soldados nazis en el frente y me contaban cómo eran. La realidad me fue llevando a la ficción.

—¿Reivindicas el periodismo como herramienta de memoria?

—Reivindico como herramienta de memoria el periodismo, la literatura y la historia. Pero no la política. La política lo está embadurnando todo de violencia, polarización y división. Para mis hijos, que tienen dos años y medio y tres meses, el terrorismo de ETA será como para mí la Guerra Civil, o como para mis padres las guerras carlistas. Es impresionante pensarlo. Ellos tienen el derecho y el privilegio de disfrutar un presente sin violencia, pero tienen el deber moral de hacer memoria, como decía Lorca: “Si se recuerda hacia mañana”. Mirar hacia adelante, disfrutar del presente, pero interiorizar que hubo una dictadura, una guerra civil, una banda terrorista que asesinó a quienes no pensaban como ellos. El periodismo puede ser una herramienta de memoria. Los libros de historia, por supuesto. Y la literatura también. Lo que no puede serlo (o al menos no como está hoy) es la política.

—Julia, además de su ética profesional, arrastra un trauma personal. ¿Cómo manejaste esa dimensión?

"El trauma no es un accesorio narrativo"

—Porque el trauma no es un accesorio narrativo. No es un motor artificial. Es el combustible moral del personaje. Julia investiga porque necesita saber. Y necesita saber porque necesita entender lo que le pasó a su familia. No es una investigación fría; es una búsqueda íntima. Y esa mezcla entre ética profesional y herida personal es lo que la hace avanzar.

—¿Es ésta una novela incómoda?

—Ojalá.

—¿Para quién?

—Espero que sea incómoda para todos. Eso significaría que la historia está viva.

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