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Paraíso, de Germán Sánchez Espeso

Paraíso, de Germán Sánchez Espeso

Imagen de portada: El paraíso terrenal, de Pieter Brueghel el Joven (Museo del Prado)

No se trata de practicar aquí la arqueología del microrrelato, ni de explorar quiénes fueron los primeros colonos de ese conciso territorio de la ficción. Pero dejo constancia de que Germán Sánchez Espeso (Pamplona, 1940) compuso en el otoño en Iowa de 1979 —en cuya Universidad participó en su International Writing Program— textos narrativos muy breves, disparatados, con munición de bíblicas resonancias al Génesis. Y decididamente falsos. O sea: ficticios. Y no muy conocidos por desgracia.

Los publicó después, en 1981, encerrados bajo el glorioso título de Paraíso. Además, formó en ese centenar de páginas una afinidad temática y de tono, de ambientación y personajes. Una especie de ciclo narrativo enlazado, de mecanismo de short short story cycle. Con media docena de engranajes: «La creación del mundo», «La creación de los animales», «La creación del hombre», «La creación de la mujer», «El pecado» y «Caín y Abel».

"Esencialmente novelista —y autor de cuentos y ensayos y memorias y poemas—, Sánchez Espeso ha sido y es escritor ambicioso, atrevido hasta lo temerario"

Muestras tempranas de esos libros de ficción brevísima que se anudan y vertebran por una cuerda dorsal a lo largo de similar fondo, parecida voz y modulación de voz, protagonistas… son los tempranos Crímenes ejemplares (1957) de Max Aub compuestos en México o las veintiuna piezas de Los niños tontos de Ana María Matute que acertaron a sobrevivir a los vaivenes y las zozobras de la censura oficial española en los años cincuenta. Otra gran Ana María, excepcional autora de microrrelatos, es la argentina Ana María Shua: sus libros suelen aglutinarse en torno a temáticas y originales visiones que ensartan fantasmas, violencias, personajes clásicos de las letras y las fantasías entre desarreglos de lo onírico, oficios circenses o provocaciones y luchas de la humanidad: La sueñera (1984), Casa de geishas (1992), Botánica del Caos (2000), Temporada de fantasmas (2004), Fenómenos de circo (2011), La guerra (2019). Y se me viene a la cabeza otro: Casa de muñecas (2012), de la zaragozana Patricia Esteban Erlés, juguete como un plano de habitaciones, con dormitorios y muebles terribles pero fascinantes.

Esencialmente novelista —y autor de cuentos y ensayos y memorias y poemas—, Sánchez Espeso ha sido y es escritor ambicioso, atrevido hasta lo temerario o incluso rozando lo hermético. También innovador y, finalmente, divertido hasta lo sardónico —incluso sardonoso, diría yo—, no siempre fácil.

"Sus primeras novelas, concebidas con técnicas de experimentaciones narrativas, se amparaban en los temas reflexivos y en actitudes antropológicas"

Sus primeras novelas, concebidas con técnicas de experimentaciones narrativas, se amparaban en los temas reflexivos y en actitudes antropológicas que ya estaban sembradas en los cinco primeros libros de la Biblia, en el Pentateuco.

En 1978 Sánchez Espeso ganó el Premio Nadal con Narciso, obra madurada durante diez años, donde la propia visión de quien cuenta y mira crea y borra su propio reflejo y la superficie de la realidad. Un ejercicio artístico muy interesante.

Sus otros libros —como los críticos reconocen— tras las novelas sesudas y experimentales, son luego juguetones y hasta disparatados, marcados siempre por la inteligencia y por meter el dedo en la llaga de lo que merece reproches.

Su voz en Wikipedia está minuciosamente lograda: desgrana sus hechos biográficos y su literatura. Aún mejor se recogen en su página web.

De ese sitio raro de su libro Paraíso reproducimos una de las primeras piezas. Basándose en la crónica del Génesis, este conjunto de relatos de Espeso «condensa con gran ironía las relaciones humanas», como asegura su biógrafa Isabel de Frutos.

"Este microrrelato incide sobre el mal potencial y la mediación humana. Y se resalta un hecho firme y una verdad incómoda"

Este pequeño y peligroso texto sin titular se suma a una larga tradición de fábulas, de narraciones cortas con personajes de la naturaleza. Este microrrelato incide sobre el mal potencial y la mediación humana. Y se resalta un hecho firme y una verdad incómoda (aunque la mentira acaba siendo todavía menos confortable): que lo más visible suele ser lo que no se ve. Aquí tiene forma de complicidad: la destrucción de los árboles requiere la colaboración de un árbol. Aplicada al género humano, deja al aire nuestra propia precariedad desde el principio de los tiempos. Y una inclinación a ejecutar fieramente la maldad. En esta arcaica narración de un antiguo paraíso, Dios se limita a ser una borrosa figura remota que ordena el mundo mientras marca etapas —momentos— de creación. El hombre, que ahí aún no ha sido creado, será la mayor amenaza. El verdugo respira antes y después tras el patíbulo. Pero pocos quieren ser verdugos. Ser instrumentos, herramientas. Y hay hachas pero afortunadamente hay siempre también pinceles.

*****

Paraíso

Desde que Dios creó el hierro, los árboles vivían intranquilos. En aquel duro metal adivinaron la existencia de su peor enemigo: el hacha.

Por su parte, el hierro los miraba con codicia desde la mina. Resultaba excitante la visión de aquellos troncos jóvenes donde hincar el filo

Pero nada podía el hacha contra los árboles sin el concurso de la madera: para ser manejada necesitaba un mango y ningún árbol se lo prestaría.

De momento, aquella feliz indigencia del hierro libró a los árboles de la matanza. Mientras no hubiese una mano que entregara el mango al hacha, los árboles podían vivir tranquilos. Por eso, el día que Dios habló de crear al hombre los árboles temblaron.

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