El título de la reseña es un despropósito, pero oiga, también encierra sus verdades. Porque en Las vidas de Elena el sexo, las compras y el alcohol están muy presentes, y aunque la trama no se desarrolla en Nueva York, sino en Madrid, la apostilla entre paréntesis, si bien un pelín forzada, tampoco miente. Si a eso le añadimos que la atmósfera y el envoltorio formal de la novela de María Fasce recuerdan —con una pátina de oscuridad, eso sí— a la célebre serie, al final uno hasta le acaba cogiendo cariño.
La protagonista, que ha perdido trágicamente a su hija, transita su duelo luchando con su bloqueo creativo como ilustradora, la presencia castrante de su mejor amiga y la aparición del baile y el sexo como posibles vías de escape. Y digo posibles porque Fasce no permite la liberación de Elena, a quien no le apetece demasiado bailar, no le gusta el sabor de las copas que bebe y piensa a menudo en acostarse con hombres que sin embargo no pueden satisfacerla… La autora le ofrece estos suculentos salvavidas, pero son de mentirijilla. A su heroína pija las compras, el sexo y el alcohol no la ayudan demasiado.
Cuando se te acumulan las menciones un poco superfluas a pintores, películas y monumentos, cuando Fasce insufla a su personaje rasgos neoliberales de niña bien que se va de compras para combatir su duelo y recurre a clichés femeninos propios de la serie con la que abrí el texto, uno se siente un poco desanimado. Puede que por mi condición de lector hombre y devoto del realismo ruso, esa superficialidad y esa carcasa —no obstante engañosa— de literatura para mujeres me alejaban de la lectura por momentos. Pero esta autora guarda algunos ases en la manga que te traen de vuelta a la novela.
Para empezar, todo el mundo tiene derecho a parecerse a Carrie Bradshaw y a quien le dé la gana cuando se le muere una hija. Las irrupciones de una Irene —la niña— todavía viva saltan directas a la yugular desde el párrafo más insospechado. Y lo hacen con el peculiar estilo de Fasce, frío como el mercurio de un termómetro roto. La prosa cosida a base de frases cortas y contundentes, un poco engreídas pero siempre verdaderas —«me pareció un mal presagio, pero mi hija ya estaba muerta»—, recuperan el pulso de la novela siempre que esta lo necesita.
La desazón por un duelo abotagado priva a Elena del desgarro y supone la gran baza de este libro. La protagonista roza con la yema de los dedos distintas formas de catarsis —encuentros sexuales turbios, somníferos de más, el arte como fuente redentora— y el lector no sabrá nunca si podrá alcanzarlos y hallar así un poco de paz. Las vidas de Elena nos conduce por escenas no exentas de lugares comunes que de alguna forma se revuelven para revelar trallazos de buena literatura. En la languidez de Elena sobrevuela la idea de que nada puede salvarnos de un golpe como el suyo, y el libro le da la razón, negándole el consuelo.
Un anuncio de Chanel atravesado por el pesimismo posmoderno de Bret Easton Ellis y una especie de desasosiego pessoano. Así es esta novela, si es que eso es posible. Como ya apuntaba antes, María Fasce y Las vidas de Elena me desconciertan. Qué maravilla que así sea.
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Autora: María Fasce. Título: Las vidas de Elena. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.


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