Tras la revisión de la representación femenina toca radiografiar la masculinidad herida, y sabedor de que Maestro no impactó como debía, Bradley Cooper rebaja octanaje y pretensiones en un film que, ante todo, supone una verdadera oportunidad para reivindicar a Will Arnett como un grandísimo actor.
Pero su giro hacia la luz, que no tinieblas, señala un posible cambio de discurso en su fotografía cinéfila de las ansiedades masculinas, pero también femeninas (memorable esa conversación post con Laura Dern) y la apertura de un camino a una pausada reconstrucción de identidad mutua.
La soledad y melancolía que Arnett y Dern logran imprimir a sus personajes supera la mera reproducción del esquema Mrs Maisel, y su brutal honestidad compensa la ocasional autocomplacencia de un film llamado a pasar desapercibido, pero bastante feliz en su singularidad y humorística reinvidación de la infelicidad.
Lo mismo sucede con El agente secreto, que muestra a un muy vulnerable Wagner Moura, dejando atrás definitivamente al Pablo Escobar de Narcos, como un profesor de universidad a la búsqueda de su hijo y un refugio seguro en medio de la dictadura brasileña.
Moura, que se hizo con el Globo de Oro al mejor actor y es posible que gane el Oscar si Timothée Chalamet y su Marty Supreme se lo permiten, representa un rol masculino lejos de la idealización heroica. Un hombre humilde pero inteligente que hace lo que puede frente al acoso gubernamental.
Todo en El agente secreto adopta coordenadas de cine de género (espionaje) pero adaptado a la naturaleza brasileña, que tal y como asegura uno de los personajes de la cinta, es de naturaleza más improvisada que tecnológica.
Que todo se mueva en un registro banal, con matones callejeros ejerciendo el papel que en EEUU desempeñarían espías y asesinos, da la medida del éxito de El agente secreto, film que por otra parte se prolonga media hora más de lo necesario.
Moura hace un triple papel en el film, por motivos que nos guardamos, pero en los tres casos su rol masculino es mesurado, prudente, lejos del embrutecimiento prometido por el género. Y el director Kleber Mendonça Filho, versado en documentales pero también ficciones como Doña Clara, no oculta referencias cinéfilas (en este caso, a Tiburón o La profecía, las dos obras maestras de moda en el Brasil de 1977) que nos ubican en otro cine (moderno), otra época en la que las películas de estreno eran acontecimientos sociales.


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