Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 3 de marzo de 1936: Tres comunistas en la Estación del Norte
El tren para Irún no salía hasta las cuatro y media de la tarde. A en punto empezó a haber gente en los andenes. Hubo un gran trasiego de viajeros abrigados, subiendo o bajando de los expresos, con maletas a rastras. Los que partían se acercaban a los vagones. Se encaramaron, cargando con sus bultos. Otros se despedían de sus familiares o amigos.
—Coño, Santiago, que desde que has salido de la cárcel parece que te hubieran dado cuerda.
—Y tanto, Felipe. Tenías que haber visto, después de las elecciones, la alegría con que escuchamos la manifestación que llegaba a la Modelo, pidiendo nuestra libertad. Sentir de cerca tanta solidaridad hace que se te salten las lágrimas.
—Tienes razón, coño. Que la gente salga a la calle exigiendo tu libertad es para un militante político el mayor de los premios.
A Santiago Carrillo lo acompañaban Federico Melchor, jefe de las Juventudes Socialistas, pero también Trifón Medrano y Felipe Muñoz Arconada, de las Comunistas. Los dos grupos pretendían fusionarse y sus delegaciones viajaban justamente a Moscú para discutir los problemas de la unificación con la dirección de la Internacional Juvenil. Aun así, lo que pudiera suponer una dificultad ya había sido resuelto en las conversaciones mantenidas los últimos días en Madrid. La unificación se haría sobre la base de las Juventudes Socialistas, más numerosas, de igual manera que, según calculaba Carrillo, también debían fusionarse en algún momento el PSOE y el PC, para pasar juntos a formar parte de la Tercera Internacional, abandonando la posición antibolchevique del ala más conservadora del partido.
—Vamos arriba. Ayúdame con la maleta.
—¡Cómo pesa, compañero! ¿Qué traes, el cadáver de Besteiro?
—No te rías, que es el de Prieto.
No podían estar de mejor humor. Todos viajaban por primera vez a lo que para ellos era la Meca, el norte que atraía todas las brújulas de las organizaciones obreras: ¡Moscú! El internacionalismo había calado fuerte y querían ver con sus propios ojos el paraíso en la Tierra del proletariado. Y más Santiago Carrillo, tras pasar los últimos meses, ¡un año de su vida!, enjaulado en la Modelo. ¡Qué hermosas le parecieron las aceras madrileñas, cuando pudo volver a pisarlas y caminó por Isaac Peral, junto con su padre y sus hermanas! ¡Qué hermoso le venía pareciendo el mundo en estos días!, pensó, tras colocar su maletón en el altillo, observando por la ventana la agitación en el andén.
—Lo que yo sigo sin entender, Santiago, y a ver si tú me lo aclaras, es por qué no entramos los socialistas en el Gobierno. ¿No hemos ganado también las elecciones? ¿Por qué tienen que gobernar solo Azaña y los republicanos? ¿Por qué no nosotros con ellos?
—Pues porque los caballeristas no quieren comprometerse —explicó Carrillo, con gesto de fastidio—, para que las bases no los vean otra vez como unos títeres de los republicanos. Así de claro.
—Bueno, y porque en Moscú se desaconseja esa participación, supongo.
—En esto no tiene nada que ver Moscú, compañero. Ha sido una decisión de Largo Caballero, que quedó escaldado tras su experiencia en el anterior Gobierno. De todas maneras, lo más importante que debían hacer los republicanos era liberar a los presos, y lo han hecho. O sea que, ahora, nosotros a disfrutar. ¡París nos espera! Allons, enfants de la patrieee! —entonó Santiago Carrillo.
¡Qué diferencia entre este joven guasón y aquel otro atormentado que pasó tantos meses enchironado! ¡Cómo afectaban el ánimo los barrotes, en un sentido, y la libertad, en otro! Eran el negro y el blanco, la noche y el día, el infierno y el paraíso, la celda y el parque del Retiro. Y ahora…, Moscú. Sí, la vida a veces podía ser muy hermosa, pensó Santiago Carrillo, al tiempo que sonaba el silbato, se cerraban las puertas del vagón y empezó a avanzar el tren.


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