Sofía Almiroty es una periodista y escritora nacida en Buenos Aires en 1986. Es licenciada en Comunicación Social (Universidad Austral) y Magíster en Escritura Creativa (UNTREF). Trabajó como colaboradora para La Nación Revista, Anfibia y Compost, entre otras. Actualmente, es redactora independiente y coordina talleres y clínicas de escritura donde el archivo y los registros personales son el foco de la investigación. Además, brinda acompañamientos narrativos a artistas y proyectos diversos. Presentamos una muestra de Mala carne, su primera novela, publicada en nuestro país por la editorial La Niña Azul en 2023. Un libro personal e híbrido, que, a través de un estilo fragmentario, combinado con el uso de monólogos, pequeños ensayos y otros recursos, narra el viaje de Ariana y su abuela a un pueblo en la estepa patagónica argentina, donde esta última nació. La narradora trata de averiguar las causas de la siniestra enfermedad que devora la piel de su abuela y para ello recorrerá lecturas, mitos y secretos familiares. Mala carne habla de la familia, la vejez y el paisaje del pueblo estepario, de un vínculo entre mujeres muy distintas que comparten la misma sangre, de la descomposición de los cuerpos y, sobre todo, del intento desesperado de ayudar a las personas que amamos en las agonías más monstruosas.
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La única parada entre Buenos Aires y la terminal del pueblo la hicimos en el medio de la Ruta del Desierto. Teníamos una hora para descansar del colectivo, comprar algún souvenir barato y cargar el termo con agua. Rosa Funes, mi abuela, entró rápido al baño de la cafetería. Busqué una mesa cerca del sol de la ventana. Afuera, la meseta patagónica se abría clara. Se escuchaba el silbido del viento. Agarré fuerte el bolso lleno de jeringas y lo puse entre mis piernas. Un bolso mediano de manijas cortas, desgastado, que no parecía contener nada importante. Si Rosa necesitaba una dosis mínima estaba lista para empezar a suministrarle el sedante de a gotas. Lento, lento como tiene que ser el suministro del placer.
—Contame algo que no me importe mucho— dijo mientras se sentaba.
Le conté que era buena cazando polillas al vuelo porque en mi cocina había una plaga. Le conté que tomaba el mate con manzanilla o con cedrón. Le conté que hacía poco había leído que el pintor argentino Cándido López había quedado manco después de pelear en la guerra de la Triple Alianza, y casi en la miseria tuvo que aprender a pintar con la mano izquierda. Que así como Cándido López, yo tenía que aprender a hacer cosas nuevas para sobrevivir. Le conté que los ciclos de la luna pasan cada vez más rápido y que quería aprender a tejer. Me miró resignada. No confiaba en mis dotes manuales.
El cuerpo enllagado es como la estepa desértica. La piel parece arrasada por esos plantines secos y pinchudos que, según la irritación, se intercala con una paleta de colores rojizos. El cuerpo de mi abuela parecía también una imagen satelital de los estepicursores, esos arbustos que ruedan por el paisaje. Ella cubría el territorio arrasado de sus brazos con mangas largas. La cabeza con un turbante de algodón. Los tobillos que sobresalían del pantalón con medias. Se cubría, siempre.
Llegó la mujer que servía el café. Tenía el cansancio debajo de los ojos apoyado sobre esas bolsas de noches frías y su boca gruesa protegía las paletas separadas por un hueco. Sirvió el café y cuando miré el anillo en forma de estrella en su dedo mayor noté que estaba desteñido.
—Seguí, dale.
Mientras la mujer del café pasaba un trapo con olor a humedad por la mesa volvieron las palabras. Le conté que estaba fotografiando huesos que encontraba tirados por ahí. A veces en una esquina cerca de mi casa veía algún hueso y le sacaba una foto. Me gustan las imágenes de huesos porque recrean otras, como la de un perro que se quedó dormido al sol y se disecó hasta convertirse en cuero. Mi abuela frunció la nariz desaprobando mi pasatiempo. No le dije que también le sacaba fotos a ella mientras dormía y que pretendía, también, hacerlo mientras estuviera despierta.
—Bueno ya está, gracias.
Se rascó los nudillos de la mano izquierda con fuerza. Terminamos de tomar el café con leche en silencio. Todavía no habíamos vuelto a mencionar el propósito del viaje y yo tenía un zumbido inquieto en los pies. Cuando lo que una estuvo planeando por mucho tiempo empieza a concretarse, a volverse realidad, algo entre un dolor de estómago y una excitación torpe asoma y se abre una dimensión de abismo. De alguna forma habíamos decidido viajar al medio de la nada para evitar morir en la incomodidad gris de un hospital. Y yo quería salir corriendo, abandonar a esa vieja encorvada y olvidarme de todo. Llamar a mi mamá, confesarle la verdad, que me exculpara y dijera que ella se iba a ocupar. Pero no. Ahí estábamos, a dos mil kilómetros de la ciudad, en una cafetería color salmón mirando la meseta árida.
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En el bar pedí una polenta con bolognesa y llevé una bandeja con la comida a la habitación. Encontré a mi abuela inclinada sobre sí, intentaba sintonizar la radio. Sonrió cuando me vio entrar con la bandeja y sonrió más cuando vio el plato de comida que había elegido. No sonreía seguido pero cuando lo hacía sus ojos tenían el brillo de quien descubre algo por primera vez.
Apoyé la bandeja sobre sus piernas y la dejé comer en paz. Comer era lo único que le daba placer y yo militaba cualquier goce posible que ella pudiera tomar.
Fui a preparar las cosas para hacerle la limpieza de todas las noches. En un balde con agua tibia mezclaba los desinfectantes que le habían recetado los médicos. Humedecía la gasa en la mezcla y la esparcía por el cuerpo putrefacto de mi abuela. Tenía que tener cuidado de no dejar ningún resto de gasa que pudiera asentarse en una herida. En ese momento, su cuerpo era una masa caliente de la que brotaba un jugo amarillento que había que contener. La dejé terminar de cenar y me acerqué a ella. Antes de empezar con el procedimiento que repetíamos cada noche, mi abuela cerraba los ojos con cara de crucifixión anunciando el dolor que venía. Empezábamos por los pies.
Unas semanas atrás habíamos estado en el Hospital Italiano donde se había atendido los últimos diez años. Rosa no podía caminar. De la planta de sus pies salían unos tubérculos blancos y duros. Le costaba ponerse los zapatos. La acompañé a la consulta y esperamos un buen rato en la antesala a dermatología. El aire acondicionado del hospital nos enfermaba tanto como la espera. La espera de los enfermos a que los atienda un médico que quizás nunca antes vieron. Que les haga las mismas preguntas incontables veces para llegar a ningún lado. Perdidos, médico y paciente, en la inmensidad de un anonimato insólito. La espera entre enfermos, algunos menos graves, otros más.
En el transcurso de las horas se acentuaba el ruido de la sala y se volvía más difuso. Los planos de conversaciones superpuestas, llamadores de pacientes, timbres, extracciones de sistemas de ventilación. La espera tiene su propio paisaje sonoro. Ni los moribundos están exentos de la burocracia de la espera. No hay piedad.
En el hospital la conocían las mujeres de todas las salas de espera y las enfermeras de cada piso. Una señora de unos sesenta años con pelo color bronce y uniforme celeste se acercó a saludarla. Era Mari, una enfermera que la conocía desde que mi abuela había comenzado el tratamiento. Rosa le preguntó por sus dos hijos, por sus tres nietas y si había dejado de fumar. Mari todavía fumaba.
—Qué se le va a hacer —respondió mi abuela—. Qué se le va a hacer, Mari, de algo nos vamos a morir.
Qué se le va hacer decía cada vez que terminaba un tema que no tenía una conclusión feliz, y esos eran la mayoría de los temas de los que hablaba mi abuela. Qué se le va hacer, la vida es así, te da y te quita. Uno propone y Dios dispone. Qué se le va a hacer, así son las cosas. Qué se le va a hacer. Tenía la suficiente inteligencia para no entregarse a conclusiones existenciales o benevolentes sobre el devenir de los acontecimientos y se resignaba con una frase que alcanzaba para terminar una conversación y saltar a otra.
Queselevaser.
Después de que Mari desapareció por un pasillo largo de salas, nos llamaron. El consultorio olía a cloro y amoníaco. Mi abuela se sentó en la camilla desnuda. Por momentos, todo su cuerpo púrpura y ulcerado se marchitaba como una berenjena madura.
—Sos hermosa —dije y miró mordiéndose el labio y negando con la cabeza.
Entró la doctora y la saludó con un abrazo. Mi abuela le decía Carlita, como si fuera una sobrina, la hija de su vecina o una buena amiga. La doctora Carla Richen era la sub-directora del área de dermatología del hospital y también integraba la red de linfomas cutáneos que estudiaba los casos como el de mi abuela. Este linfoma que con el correr de los años había convertido a mi abuela en un asunto anómalo y observable como muestra de laboratorio, como caso clínico, como destino incierto. Esta médica y su equipo estudiaban estos casos cuya incidencia anual es de menos de una persona por cada cien mil habitantes, y esa proporción de azar le había tocado a ella. Cuando la doctora Richen le rozó los pies vio las protuberancias blancas que salían hacia los costados.
—Ya casi no puedo caminar —dijo mi abuela.
La médica frunció el ceño y gimió en voz alta. Gimió por lo que no gimió mi abuela en ese momento. Recorrió su cuerpo con guantes de látex. Cuando veía una úlcera se detenía. Frenaba de repente y se quedaba en silencio como se frena ante un camino que termina en el abismo.
Con la punta de sus dedos apenas la tocaba y expandía la piel ulcerada como si fuera encontrar algo que se había escondido. Con un hisopo limpiaba la herida y seguía a la siguiente. Así hasta que llegó a la cabeza.
—Puede ser que estés infectada, tenés además muy lastimada la cabeza y el cuero cabelludo.
—La enfermedad está tomando la última fase de su mal —adelantó mi abuela.
—¿Esto quiere decir que este tipo de cáscaras y protuberancias son el avance? —pregunté.
—Sí —dijo la médica.
Se me atascó una bola de masa seca en la garganta. Mientras veía a mi abuela sacar su libreta y anotar con su letra redonda y lenta las indicaciones que le daban. Anotar como si fuera una lista de pendientes del supermercado o de una receta. Cómo aplicarse ungüentos, hacerse lavados con agua de códex, tomar antibióticos —además de las trece pastillas que tomaba a diario—, envolverse con gasas, secarse bien la piel húmeda después de exponerla al agua. Se me cayó una lágrima y lo único que deseé fue que no me viera porque no hay nada más incómodo que llorar en lugar de la persona que debería estar haciéndolo.
En el viaje me tocaba a mí aplicar esas anotaciones y hacerle las curaciones nocturnas antes de irse a dormir. Le desinfectaba las heridas y para esta instancia me había inventado un mecanismo efectivo. Compré un rociador y lo llené de pervinox. Una vez que le había hecho las curaciones, la rociaba con el líquido. El secreto era guardarlo en el frigobar de la habitación. Así, en ese instante de lluvia artificial, mi abuela sentía el placer del frío sobre una piel que hervía. La veía sonreír y decía: Ariana, qué gran invento.
Después la dejaba secarse con el oxígeno del aire. Si no tenía mucho frío, abría la ventana unos centímetros para dejar entrar el viento sur. Recién ahí, vendaba solo sus partes más expuestas, las que estaban en carne viva o donde la carne ya estaba mala. Nos sosteníamos en esos instantes de alivio, porque el alivio es otra forma de belleza.
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Autora: Sofía Almiroty. Título: Mala carne. Editorial: La Niña Azul. Venta: Todos tus libros.



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