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El centinela de la Ciudad Santa: El milagro documental del Conde de Ballobar

El centinela de la Ciudad Santa: El milagro documental del Conde de Ballobar

En el panorama de la historiografía de la Gran Guerra surge en ocasiones un hallazgo que obliga a recalibrar nuestra visión del pasado. La reciente publicación del Diario de Jerusalén (1914-1919), editado por Cuadernos del Laberinto, no es solo un acontecimiento editorial, sino un acto de justicia con la memoria de un hombre que, en el epicentro de un cataclismo mundial, se convirtió en el «cónsul universal».

El descubrimiento de este diario es, en sí mismo, una pericia detectivesca digna de mención. Eduardo Manzano Moreno (del Instituto de Historia del CSIC) —responsable de la presentación, introducción y notas— relata cómo el hilo de Ariadna comenzó en Londres, mientras estudiaba en la School of Oriental and African Studies. Allí, leyendo las memorias del gobernador británico Ronald Storrs, tropezó con una referencia fascinante: un joven diplomático español, el conde de Ballobar, que había permanecido en Jerusalén durante toda la guerra, representando los intereses de casi todas las potencias del mundo —neutrales, aliados y poderes centrales— y que llevaba un diario cotidiano.

"La tenacidad de Manzano le llevó a localizar a los herederos del conde, quienes custodiaban con celo seis cuadernos manuscritos que nunca habían sido publicados in extenso"

La tenacidad de Manzano le llevó a localizar a los herederos del conde, quienes custodiaban con celo seis cuadernos manuscritos que nunca habían sido publicados in extenso. Este hallazgo es fundamental porque, como bien señala Manzano en su excelente introducción, los archivos turcos han permanecido históricamente «cerrados a cal y canto», dejando un vacío informativo sobre la vida interna del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Ballobar, desde su posición de «cónsul universal», se convierte así en el testigo ocular más privilegiado de la agonía otomana en Palestina.

Eduardo Manzano no se limita a presentar al autor, sino que disecciona con maestría la «Cuestión Oriental» y el régimen de las Capitulaciones, esos privilegios que convertían al Imperio Otomano en una «colonia» de facto para las potencias europeas. Manzano logra que el lector comprenda por qué la presencia de un cónsul español resultaba tan crítica, ya que ante el vacío legal provocado por la abolición de estas Capitulaciones en 1914, Ballobar tuvo que actuar en un «absoluto vacío legal», defendiendo archivos y comunidades religiosas incluso «a punta de pistola». Ballobar, representando a una España neutral, asumió la protección de casi todas las naciones beligerantes, gestionando propiedades y vidas humanas en un absoluto vacío legal que solo su ingenio y su impecable traje de etiqueta lograban sostener, ante las suspicacias de las autoridades otomanas.

"Lejos de la imagen del diplomático rígido, Ballobar era una persona de una cultura vastísima, irónico y, a menudo, desesperado por el aislamiento"

A través de las páginas de este diario comprendemos la anomalía que supuso la vida de Antonio de la Cierva y Lewita, conde de Ballobar, en una Jerusalén asediada. Con apenas veintinueve años, este diplomático de ascendencia vienesa y cultura cosmopolita se vio solo en una ciudad donde las potencias en guerra habían abandonado a sus súbditos y sus intereses. Su estancia en Jerusalén lo definió para siempre. Llegó a una ciudad estancada en el tiempo y se marchó de una ciudad ocupada por el Imperio Británico. Su vida durante esos años fue un ejercicio de equilibrismo extremo ya que al estallar la guerra y romperse las relaciones diplomáticas, Ballobar terminó representando los intereses de naciones enfrentadas entre sí (Francia, Gran Bretaña, Rusia, Italia, Serbia, etc.). Esto le otorgó un poder e influencia inusitados, convirtiéndose en el protector de miles de civiles y religiosos extranjeros.

Lejos de la imagen del diplomático rígido, Ballobar era una persona de una cultura vastísima, irónico y, a menudo, desesperado por el aislamiento. Sus diarios revelan a un hombre que sufría la escasez de alimentos y que se refugiaba en la lectura y en su vida social en el American Colony. Tras su salida de Jerusalén, su carrera continuó en destinos como Tánger o el Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, pero nada igualó la intensidad de aquellos años. Murió en 1971, dejando tras de sí un legado documental que, gracias al empeño de Eduardo Manzano y su familia, hoy podemos leer como el testimonio de un hombre que vio morir un siglo y nacer otro entre las piedras de la Ciudad Santa.

El diario es una ventana privilegiada a una cotidianidad marcada por el contraste. Ballobar narra con el mismo pulso la angustia por la plaga bíblica de langostas que asoló Palestina en 1915 que sus cenas con el temible Djemal Pasha, donde se servía champán mientras la ciudad moría de hambre y cólera.

"El editor es contundente al contextualizar cómo el gobierno de los Jóvenes Turcos aprovechó el conflicto para ejecutar una violencia sistemática"

Esta edición se enriquece, además, con una serie de fotografías inéditas del archivo familiar que nos permiten poner rostro a la historia: vemos al conde, de mirada inteligente y pose distinguida, moviéndose entre las piedras milenarias del Muro de las Lamentaciones o el lago de Tiberíades, dándonos una dimensión física de su soledad en el mando. Su escritura, cargada de un cinismo afable, no oculta su agotamiento ante las intrigas eclesiásticas; en un momento de honestidad, confiesa estar volviéndose anticlerical debido a las constantes y mezquinas disputas entre las órdenes religiosas que debía proteger: “Positivamente, me estoy volviendo anticlerical en Jerusalén. Es el colmo” (escribe el 4 de febrero de 1915). Este comentario, analizado bajo la lupa de Manzano, cobra sentido al entender las disputas jurisdiccionales entre la Custodia de Tierra Santa, el Vaticano y el Gobierno español, donde Ballobar se veía atrapado entre las exigencias de los monjes y las amenazas turcas.

Sin embargo, el libro no elude la sombra del horror. Eduardo Manzano, en una nota fundamental de la página 37, eleva el diario desde la mera anécdota personal a la denuncia histórica al abordar el exterminio de los armenios. El editor es contundente al contextualizar cómo el gobierno de los Jóvenes Turcos aprovechó el conflicto para ejecutar una violencia sistemática. Manzano nos recuerda que las estimaciones más conservadoras cifran el número de muertos en 300.000, mientras que las más altas hablan de hasta un millón de civiles armenios víctimas de esta masacre. El propio Ballobar deja constancia del eco de esta tragedia en sus páginas, registrando testimonios directos de esta barbarie. Por ejemplo, el 24 de noviembre de 1915, anota tras un almuerzo con el militar venezolano Rafael de Nogales (quien servía en el ejército turco): “Casi ninguna casa queda en pie, porque los armenios han incendiado las propiedades de los kurdos y éstos las de los armenios”.

Aunque Ballobar inicialmente reproduce la retórica de conflicto mutuo, las notas de Manzano clarifican que hoy está demostrado que las poblaciones armenias fueron víctimas de una matanza inducida y que el grado de responsabilidad del Gobierno de Estambul, aunque discutido en matices, fue determinante en la ejecución del genocidio. Este diario, por lo tanto, se convierte en una verificación de uno de los primeros genocidios de la modernidad.

"Pero, por encima de la crónica bélica o el documento diplomático, lo que perdura es el elogio a la labor humana de Ballobar"

También la obra ofrece un asiento de primera fila para un acontecimiento histórico relevante: el 11 de diciembre de 1917, cuando el general británico Allenby entra a pie en Jerusalén. Ballobar, que había servido de enlace entre los turcos que se retiraban y los británicos que llegaban, narra el cambio de guardia con una mezcla de alivio y melancolía por el orden que se desvanece.

Gracias a la impecable labor de Eduardo Manzano, el Diario de Jerusalén deja de ser un secreto familiar y convertirse en un mapa imprescindible para entender el convulso nacimiento del Oriente Próximo contemporáneo y la figura de un español que, entre el deber y la ironía, fue el último caballero de una era que se desvanecía. Una obra donde la historia con mayúsculas (la entrada de Allenby en la ciudad, el fin de un imperio) se cruza con la vida de un hombre que suspiraba por «ostras y langostas en Shepheard’s» mientras el mundo que conocía saltaba por los aires.

Pero, por encima de la crónica bélica o el documento diplomático, lo que perdura es el elogio a la labor humana de Ballobar. En medio del caos y la desolación de una guerra total, el conde se erigió como un faro de civilización y humanidad. Su despacho no fue solo una oficina de representación, sino un refugio donde se salvaron vidas y se preservó el patrimonio cultural y espiritual de una ciudad sagrada para tres religiones. Antonio de la Cierva no solo fue el testigo de la agonía de un imperio, sino el hombre que, con una dignidad inquebrantable, logró que la compasión y el derecho internacional no fueran sepultados por el estruendo de los cañones. Su labor en Jerusalén queda grabada como un ejemplo de cómo la diplomacia, en su sentido más noble, puede ser la última frontera contra la barbarie.

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