Siempre he deseado una vida literaria de cafés: escribir en un café el relato perfecto, leer en un café una novela catártica; vivir horas de abandono en que mi única ocupación haya sido escribir, o pasar las páginas de un libro escuchando conversaciones, espiando vidas ajenas… Pero no había encontrado en Zaragoza el café idóneo para llevar a cabo mi plan, hasta que hoy he descubierto Cuarto Espacio. Sí, no hay duda de que es mi lugar: en plena plaza de España, donde, a través de los ventanales de esta mañana electoral, el sol brilla sobre la piedra caliza, como lo haría sobre el acero inoxidable, para reflejarse en las páginas de Las vidas de Elena.
Mientras tecleo esta reseña en Cuarto Espacio, en la mesa de detrás, tres matrimonios jóvenes con bebés charlan sobre el futuro. «Trataré de ir en tren… pero igual me toca viajar en avión. Mi amigo vive en Ámsterdam, así que si no consigo alojamiento me meteré en su casa / Por Facebook alquilan habitaciones, la mayoría en casas particulares con los propietarios dentro. Te piden un depósito de tres meses, pero el sueldo merece vivir en Holanda…». Uno de los bebés comienza a berrear. «¡Aldo, cariño, ya…». La madre echa leche en polvo en el biberón y pide al camarero agua tibia. «Chica, el pelo largo te queda genial / Gracias, pues no lo llevaba así desde la uni… Además, ahora que no estará él y me encargaré sola de Aldo, no me lo podre lavar a diario. Me haré una coleta y ¡ya…!».
El primer acierto de la novela son sus breves capítulos, de apenas dos o tres páginas; incluso de una página o un solo párrafo. Durante el duelo, la vida se detiene, todo deja de interesarnos, todo se para y tiende a la inacción, a la morosidad. La brevedad de los capítulos tiende a dinamizar esa inacción, esa inapetencia de la protagonista por la vida: solo puede pensar en un pasado que no continuará, en el cual, sin embargo, quiere seguir morando pese a que ya es irrecuperable.
En Ámsterdam, Elena visita el Rijksmuseum, cuyas paredes azules la fascinan; pero sale apresuradamente al gris de las calles como si no deseara disfrutar lo que ve. Recorre el museo Van Gogh y se encuentra con Rama de almendro en vaso de vidrio (Arles, 1888): “Ese cuadro me recordaba algo. Mi memoria era un museo con salas clausuradas, y de pronto una se abrió: un vaso de vidrio con una rosa marchita; el agua y los pétalos planos, una pared naranja al fondo y el ocre disonante de la rosa. ¿Me habría enamorado de Sergio si me hubieran gustado sus cuadros?”.
Las oraciones de María Fasce son claras, breves, rotundas; llenas de preguntas, enigmas, epifanías. La clave de la novela tal vez nos la dio durante la presentación en la librería Cálamo de Zaragoza. Parafraseó a Bioy Casares: todos podemos imaginar infinitas vidas, pero solo podemos vivir una. El problema de Elena es que ya no quiere vivir la suya.
A mi derecha, un matrimonio de sesentones mira por la ventana sin dirigirse la palabra. Ella: «Qué viento bárbaro, si no nos cae un árbol en la cabeza ni bien ni mal…». Él, circunspecto, con las gafitas colgando de la punta de su nariz: «Pues no para hasta mañana. Nevará en Madrid. En Barcelona, nublado por la tarde. Hielo en el Pirineo. En Pamplona, lloviendo… / ¿En Pamplona lloviendo? Pobre Reme, que no se nos resbale…». Silencio prolongado hasta que ella coge el móvil con sus largas uñas fucsia: «¡Anda, hijo, ¿te he llamado…? No sé qué ha pasado, he debido de darle al botón sin querer… Oye, la tortilla de patata ¿qué tal, estaba buena?».
Cuando Rosa, su íntima amiga, le alquila un piso en Chamberí para que no vea la antigua habitación de Irene, Elena llega cual exiliada, con la maleta de Lina Fernández. Sigue evitando recuperar la suya. No quiere tener sus zapatos dorados de tango, que tanto amaba. El baile, el sexo y la ilustración eran los ejes de su vida y ahora parecen no significar nada. Opina, además, como Victoria Beckham, que Madrid huele a ajo… Que nadie piense que se trata de una novela triste: las páginas de Las vidas de Elena destilan ironías y chistes.
Rosa (argentina y psicoanalista, cómo no) desvela a Elena que el dolor es un modo de aferrarse a la vida, mientras autos amarillos transitan por las calles de Madrid cual fantasmas reales o imaginarios; pero ninguno de ellos desea matar a Elena ni puede devolverle a Irene. La vida, en cambio, le brinda nuevos encargos editoriales y amantes que no desea. ¿O tal vez sí los desea…? El más cercano a otra vida posible de Bioy Casares es Samir, un asesor de bolsa tunecino que baila milongas con ella. Pero, ¿podemos empezar otras vidas cuando una ha concluido?, ¿deseamos una nueva vida realmente? Ese es el enigma principal que debe descubrir el lector en el comportamiento enigmático de la protagonista.
En palabras de Fasce, Elena es una coleccionista de primeras veces. La confianza apaga su fulgor primero y piensa, como Lacan, que “lo único que las mujeres no perdonan a los hombres es que no estén a la altura de su deseo”.
Mientras trato de teclear sin despistarme, el matrimonio se ha marchado y toman asiento dos ancianas de pelo lacio y ceniciento. Ambas visten jerséis de lana gruesa y cuello alto y llevan enormes gafas de montura metálica. Una: «Hoy tengo pescado». / La otra: «No sé qué pasa con la calefacción, que no se enciende, y mira que yo pongo la ruedecilla en la posición de siempre… Pues nada». Una: «Mi hija tiene el viernes la comida de los otorrinos y a mí no me han avisado, mira que siempre iba a todas, y van y se me olvidan…». La otra: «Por cierto, ¿sabes que Mariajo se separó del marido y ahora vive en un pueblo? Hasta que consiga alquilar piso en Zaragoza, que no veas lo caros que están». Una: «De verdad que no entiendo por qué no me han avisado. Llamaré al decano de Medicina para quejarme».
El caso es que Elena no logra encontrarse del todo en ningún lugar: ni bailando, ni en los brazos de un hombre, ni empuñando sus lápices; pero hay quizá un punto de inflexión en la trama, otro de esos momentos catárticos de María Fasce: aquel en que Elena traza líneas sin propósito hasta descubrir que se ha dibujado a sí misma; parece dejar de “no ser” y volver a reconocerse, tornar a ser ella, o al menos barruntarlo.
Hacia el final del libro, la protagonista reflexiona: “El amor por las flores es el más desinteresado: no te hablan, no te siguen. Te regalan su belleza, se marchitan, mueren y tu vida continúa”. Es el preludio del último viaje de Elena, que la llevará a la resolución del que quizá sea el mayor enigma de su vida; aunque todo apunta a que nuestras vidas se parecen a las de las flores cuando nos obsequian su belleza: nosotros también brindamos nuestra belleza a alguien, pero esa belleza es siempre efímera e irrecuperable. Quienes deseen saber más, deberán leer esta intensa novela.




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