Llevaba un año sin sentarme frente al ordenador. Un año alejado de las pantallas por prescripción médica, tanto del móvil como de todas las demás. Durante un tiempo intenté seguir con la rutina usando mi vieja máquina de escribir. Tenía la sensación de estar dando un paso atrás, mis dedos no eran capaces de procesar toda esa información que brotaba de mi mente con la suficiente rapidez; así que se me escapaban palabras y conceptos, ideas. Puse sobre la mesa, a mi izquierda, media docena de bolígrafos de tinta azul, negra y roja —dos de cada— y un par de cuadernos de los muchos que tengo en blanco y que no hago más que acumular por algún motivo que aún ignoro. Pura atracción hacia la página en blanco, supongo. Tampoco resultó mejor. Si en la máquina de escribir notaba la falta de fuerza en mis dedos, escribir a mano me rompía las muñecas y tenía que descansar cada pocos minutos. El dolor hacía que las ideas se dispersaran.
Ha sido hoy cuando lo he visto con mis propios ojos. Renuncié a las recomendaciones de mi médica (lo siento, Rita) y encendí el ordenador. Tardó lo suyo. Ya no es un recién nacido y sus tripas llevan tanto digerido que a la RAM le cuesta procesarlo todo. Lo primero que apareció fue la bandeja de entrada con 9755 mensajes nuevos sin leer. Mientras que cargaba el resto y se me abrían los últimos programas usados, sopesé la opción de caer en la tentación de coger el móvil y hurgar más allá de la lista de contactos. Sobre todo por hacer tiempo. Después de un año, no iba a dejarme arrastrar por algo tan banal; no tenía intención de caer en la trampa. Lo que hice fue apartarlo y coger el libro que tengo a medias. Se abrió el Scrivener; lo observé con cierta nostalgia. Hay ahí media vida en relatos, novelas y reflexiones que no irán a ninguna parte. Se abrió por la última página que escribí. Un capítulo a medias. Una obra inacabada. Con lo que duele. Contuve las lágrimas. No estaba ahí por eso.
Una vez se abrió el navegador, me busqué en Google y lo vi. Había más de cincuenta entradas en Zenda firmadas con mi nombre. Empecé a leer desde el principio. La primera se publicó la misma semana que apagué las pantallas por un tiempo que no esperaba tan distendido. Noté la familiaridad en el estilo, retazos de mi propia vida hilvanados con aquellas aberraciones monstruosas, propias de una mente enferma y desestructurada. En algunos pasajes reconocí muchos de mis miedos y reviví mis más oscuras pesadillas. Parecían tan reales. Entendí todos esos comentarios que me habían hecho los colegas y otra gente desconocida con la que me cruzaba por la calle. Las piezas comenzaron a encajar de un modo que no me gustaba nada. Ahí estaba mi otro yo, mi alter ego, valiéndose de una identidad que no le correspondía para dar rienda suelta a sus delirios.
No fue lo peor ni mucho menos. Lo peor vino durante este proceso de descubrimiento. Vi como los correos que estaban sin leer se marcaban como leídos o acababan en la papelera de reciclaje. Observé como una mano fantasma contestaba aquellos que merecían una respuesta y vaciaba la carpeta de spam. Si aquello no fuera lo suficientemente aterrador, vi como se abría una página en blanco y alguien comenzaba a escribir sin pulsar las teclas, directamente sobre la pantalla. A pesar de esa repentina invasión de mi intimidad, fui yo el que se sintió como un intruso. Seguí la línea de pensamiento de esas palabras que, a veces, se borraban y reescribían para darle una forma más adecuada a las frases, la textura necesaria para imprimir tensión o lo contrario. Miré el teclado creyendo que unas manos invisibles lo aporrearían, que las vería moverse por él al mismo tiempo que lo hacía yo. Por instinto, recogí mis manos sobre el regazo y aguardé mientras leía en tiempo real aquella creación. Eran palabras de lo más perturbadoras. Escritas por el mismo ente que llevaba suplantándome todo un año ya. Esa criatura o cosa o lo que sea que llevaba usando mi nombre semana tras semana, contestando mis correos y, ¿por qué no?, puede que incluso usando mi móvil para hablar con mis contactos, estaba justo allí, conmigo, solo que yo no la veía por ningún lado.
«Las IA han avanzado mucho en este tiempo», es lo primero que pensé. Porque ese había sido uno de los motivos de que me alejara de las pantallas: no quería caer en la manipulación de esas nuevas inteligencias que alteraban todo sin que uno se apercibiera de ello. Lo reconozco. No solo era por mi vista cansada, sino por el bien de mi salud mental. Entré en mis perfiles de streaming, en mis redes sociales, en el portal del paciente… En todas había contenido reciente. Había, de forma inexplicable, movimiento. La locura estaba acercándose sigilosa por detrás, notaba sus dedos nudosos y afilados arañándome los hombros, apretándomelos con condescendencia. Podía imaginar su sonrisa ladina, perversa. ¿Qué demonios está pasando? El terror apretó sus manos contra mi garganta y me dejó sin respiración. Sentí la cabeza dando vueltas, no como si me marease, sino como si yo mismo estuviese en la piel de Regan, la niña de El Exorcista. El desmayo me sobrevino por la falta de aire, pero también por esa nueva publicación en la revista digital.
Lo ha hecho sin esconderse. Mientras yo observo. Leo la primera frase y me reconozco. Me digo que no puede ser. Sin embargo, es. La entrada de hoy empieza así: «Llevaba un año sin sentarme frente al ordenador».


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