Ganadora del Premio de Narrativa Elisa Mújica 2024, esta novela gótica-vampírica-tropical habla de una niña feroz que nació con los colmillos largos y que tiene que ser entrenada por su abuela para heredar el trono de una estirpe que se alimenta de sangre y poder.
En este Making Of, Claudia Amador explica cómo escribió Altasangre (Alianza).
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Nací en una ciudad atravesada por el carnaval, donde la sensación térmica alcanza los 32 grados centígrados. Aquí no existen las estaciones: pasamos del solazo insoportable a la tormenta tropical. Descubrí muy pronto una particularidad del calor: con altas temperaturas no se puede pensar con claridad; la mente se confunde, se desespera, delira en el fogaje.
A veces hay que alejarse para poder volver.
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Fui lectora de terror desde el colegio: Poe, Lovecraft, y más adelante Violet Paget (alias Vernon Lee), entre otros. El terror me fascinaba, pero no sentía que dialogara directamente con mi contexto. No fue sino hasta 2020, en plena pandemia, cuando Altasangre empezó a nacer como un ejercicio universitario, en una materia llamada Terror y sociedad. Allí, aparte de demostrarnos que el terror refleja todas las esferas de la vida humana, nos propusieron pensar un arquetipo del terror desde nuestra ciudad.
Tuve que reconciliarme con el carnaval como fuerza narrativa y cultural: ritual, medio fantasmagórico, pero también pilar de la sociedad. Entender el carnaval como esa grieta en el tiempo entre lo sagrado y lo profano, que permite el desborde, el desfogue, el trastocamiento del orden para, paradójicamente, poder restablecerlo. Un mecanismo de control, sí, pero también un mecanismo ritual antiquísimo, presente en múltiples culturas. La lectura de Bajtín y su idea de lo carnavalesco me ayudó a comprender esta ambivalencia.
Esa comprensión, sumada a la búsqueda de un terror desde lo local y a la lectura de autoras que en los últimos años han trabajado en esa línea, terminó de concretar Altasangre como una posibilidad antropológica, epistemológica y, sobre todo, estética.
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La pregunta inicial fue qué tenían en común mi contexto barranquillero, costeño, caribeño, con los vampiros, y qué elementos me servían para adaptar el mito. Aparecieron las castas, las familias que se enquilosan en el poder, el canibalismo simbólico a través del control de un grupo de personas y las dinámicas casi medievales que aún persisten en ciudades pequeñas.
También sabía que, en una costa tan rítmica, musical, rumbera y chistosa, si existieran vampiros, muchas personas querrían aspirar a serlo, trepar socialmente, incluso morir en el intento. Esa imposibilidad de pertenecer a una clase que nunca termina de aceptarte dialogaba muy bien con el vampirismo. Pero mis vampiros debían sobrevivir al sol. Eso me llevó a imaginar un mecanismo de mestizaje: vampiros adaptados al territorio, provenientes de linajes colonizadores y mezclados con el contexto. No eran vampiros europeos, sino criaturas atravesadas por la esencia del Caribe: la mezcla, el mestizaje, la música, las dinámicas completas y cambiantes del poder.
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La búsqueda de la eternidad, la perduración, la estética del cuerpo y de la piel son centrales en la novela. Volver al fondo del mito vampírico me permitió apropiármelo. Pensé también en la esfera privada que se vuelve pública, en cómo el carnaval y el chisme funcionan como dispositivos para exponer lo íntimo. Altasangre parte de un drama doméstico —una nieta que se rebela— y lo escala hasta lo monstruoso y sangriento. La abuela y la familia como posibles monstruos: una inversión necesaria.
La novela empezó a construirse por fragmentos. Vengo del cuento, y durante casi cinco años exploré escenas, voces, ensayos en torno al carnaval y el hambre, distintos narradores. Esa estructura fragmentaria replicaba la lógica del chisme: historias armadas por pedazos, versiones parciales, voces múltiples. La polifonía es profundamente caribeña; sin ella la novela no se sostendría.
Investigar sobre el gótico y su esencia, así como su carácter adaptativo fue clave: la barbarie, como representación de un pasado que atormenta y vuelve me dio las claves para ese pasado colonial con tentáculos en el presente de la novela. El carnaval, en su eterno jolgorio, permite el trastocamiento de poderes por un periodo de tiempo corto. Se acaba el carnaval y se restaura el orden. El tambaleo de los poderes es una trampa que se celebra por la gente. Que atormenta en medio de la fiesta.
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El lenguaje fue un trabajo arduo de prueba y error. Busqué una materialidad densa, evocadora, atmosférica. No se puede escribir una novela atravesada por el carnaval y el gótico con un lenguaje neutro. La atmósfera también se construye desde la palabra. Jugué con registros orales, cambios de narrador, imágenes oníricas que ralentizan el tiempo de la acción. La historia no transcurre en un periodo largo, pero el lenguaje estira y espesa el tiempo.
La música es fundamental. Atraviesa la novela como un personaje más: canciones del carnaval, referencias al diablo, al pecado, a lo pagano. La música funciona como ritual y como trance; cuenta otra capa de la historia. Cada canción está elegida según el momento: duelo, lucha, pacto, mezcla. La cumbia, la salsa, los cantos que coquetean con fuerzas más grandes que los personajes.
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Altasangre nace de obsesiones, de lejanías y regresos. De irme, renegando de mi contexto, y volver a él de forma crítica, pero también nostálgica. Del deseo de explorar las ambivalencias del carnaval, del poder, del hambre, del miedo y de la eternidad. Solo espero que quienes entren a la novela se dejen llevar por las tamboras, por la música del Éxtasis, por el chisme de las malas lenguas, y lleguen, sin contratiempos, a El Pegue de estos Mundos.
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Autora: Claudia Amador. Título: Altasangre. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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