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¿Por qué maté a mis hijos?: Donde comienza la traición

¿Por qué maté a mis hijos?: Donde comienza la traición

Hacía poco que un hombre había llegado a aquellas costas. Su misión debía llevarlo algo más lejos, allá donde se cuenta que, colgado de un árbol consagrado al dios Ares, se encuentra custodiado por un dragón el legendario vellocino de oro, la piel del carnero que ayudó a Frixo a escapar de la mano de su madrastra, Ino.

Hipsípila sabía que ese hombre se marcharía, que solo era un descanso en la travesía hacia su destino; pero en sus manos conservaba la esperanza de que no la dejaría sola, de que la salvaría de aquellas mujeres que eran sus súbditas, de que se la llevaría con él.

La nave con la que un mes antes había atracado en Lemnos estaba preñada de hombres. Las mujeres de la isla, sedientas de varón, se abalanzaron sobre ellos y consiguieron lo que tanto añoraban: el calor de un abrazo sin amor, el sudor de las sábanas empapadas en las noches de pasión; en definitiva, volver a sentirse deseadas. Parecía que aquellos no sentían su maldición…

"Las mujeres de Lemnos ya no hacían sacrificios ante los altares de la diosa Afrodita y habían descuidado sus templos. Así que la diosa del amor carnal y del deseo las maldijo"

Mucho tiempo había pasado desde que asesinaron a sus maridos y vivían en comunidad femenina, deseando bajo su pecho la compañía de un hombre. Sí, los asesinaron a todos: hombres jóvenes, niños, ancianos; a sus propios hijos, maridos y padres. Solo quedó uno con vida, aquel por el que Hipsípila se había granjeado el odio y el rencor de las demás: su padre. ¿Por qué tanta sangre? ¿A qué se debió tanto asesinato? A la impiedad.

Las mujeres de Lemnos ya no hacían sacrificios ante los altares de la diosa Afrodita y habían descuidado sus templos. Así que la diosa del amor carnal y del deseo las maldijo. Comenzó como un leve olor a podrido que pronto se extendió por la ciudad, convirtiendo el aire en algo hediondo y nauseabundo. Ese olor fétido no salía de otra parte que de las bocas y las partes íntimas de las mujeres lemnias. Ellas no lo percibían; para los hombres se convirtió en un verdadero suplicio, hasta el punto de no querer ni besar ni yacer con sus propias esposas. Las excusas eran muchas y las mujeres las toleraban estoicamente, porque sabían que, aunque no quisieran yacer con sus legítimas compañeras, tampoco lo harían con cualquier otra de la isla, ya que la pestilencia acompañaba a todas. Pero peor fue la traición.

Los hombres, hartos de tanta abstinencia, buscaron compañía femenina en otro lugar y trajeron nuevas esposas, nuevas amantes de Tracia con las que saciar su necesidad. Las mujeres no resistieron aquella infidelidad y tramaron su venganza.

"Jasón pone un dedo en sus labios. No es la primera vez que su nueva amante se lo suplica; no quiere volver a escuchar sus lamentos"

Una noche en que la luna se escondía en su cueva, reposando tras los veintiocho días de peregrinación celestial, las lemnias, enloquecidas, mataron a cuantos hombres, ancianos y niños se les pusieron en el camino. Pero solo una rompió el pacto: aquella que ahora abraza a un extranjero, la que, aborrecida por las demás, ha encontrado refugio en Jasón.

—Soy consciente de que pronto partirás, pero solo te pido una cosa…

Jasón pone un dedo en sus labios. No es la primera vez que su nueva amante se lo suplica; no quiere volver a escuchar sus lamentos. No tiene ganas de otra tragedia que sumar a la suya propia. Prefiere no decirle la verdad; prefiere callarla con un beso.

—No es momento de confesiones, amor. Sigamos en la lucha; ya habrá tiempo. Aún no debo partir. Es invierno y las tormentas pueden hacer zozobrar mi barco y hundir mis aspiraciones con un solo soplo. Es mejor esperar a la primavera, y para eso aún queda tiempo. Es más seguro seguir las estrellas en un cielo despejado que en uno cubierto de nubes.

Hipsípila calla. No confía del todo en él; aún no le ha dado motivos para ello. Pero el beso la ha descolocado y prefiere dar por zanjada la conversación y comenzar otra batalla carnal. Sin embargo, en la cabeza de Jasón revolotean ya los preparativos para su futura marcha.

"Él se incorpora y comienza a desperezarse; los músculos se le han entumecido después de tantos meses de asueto"

Una mañana el cielo se cubre de aves. Regresan después de muchos meses y, con ellas, el olor a tierra mojada y a polen se esparce por la ciudad y llega hasta la almohada donde una Hipsípila resplandeciente duerme. A su lado ronca Jasón.

La conversación que pospuso hace unos meses la ha rondado en sueños. En su fuero interno sabe que la va a abandonar, pero aún le queda una esperanza: ese corazón que late en sus entrañas. Se despierta como si algo desde dentro la empujara. Está empapada en sudor.

—Jasón —lo despierta.

—¿Qué pasa, mujer? ¿Qué hora es?

—La hora de que hablemos, Jasón.

Él se incorpora y comienza a desperezarse; los músculos se le han entumecido después de tantos meses de asueto. Se sienta en el borde de la cama y gira la cabeza hacia Hipsípila, que permanece reclinada sobre el lecho.

—¿De qué, si se puede saber?

—Llevo posponiendo esta conversación mucho tiempo, pero ya es hora. La primavera ha llegado. Debes saber que estoy embarazada.

—¿Cómo? ¿Desde cuándo?

La revelación deja sin defensas al héroe. ¡Un hijo! El fruto de su propio ser. ¿Cómo renunciar a eso? Sus planes comienzan a desvanecerse, empujados por los pensamientos de un futuro diferente, con una familia. Mueve la cabeza para disiparlos. No, su futuro es otro. Pero esa mujer le va a dar un hijo, su primer hijo. ¿Qué decirle?

—Lo sé desde hace un mes, pero no he sido capaz de decírtelo antes. Sé que tu destino es otro, pero quiero ser partícipe de él. Debes llevarme contigo, como esposa legítima o como amante; me da igual. Solo quiero que me saques de aquí. El odio corroe los corazones de las que en otro tiempo fueron mis amigas. No me perdonan que dejara libre a mi padre. Solo quiero salir con él de aquí. Temo que ellas hagan lo que yo no fui capaz de hacer. Sé por ellas que muchos de los hombres que llegaron contigo no volverán a partir. Han estrechado lazos en esta isla y también su semilla ha fructificado. Yo sé que tú no te quedarás: perseguirás tu destino, y yo tampoco puedo pedirte que lo hagas ni por mí ni por nuestro hijo. Así que lo que te pido es que me lleves contigo, que no me dejes vendida a merced del rencor y la envidia de estas mujeres.

El corazón de Jasón se encoge ante sus súplicas. Debe darle una respuesta.

—Hipsípila, la noticia que me has dado me alegra el corazón. Me has hecho el hombre más feliz del mundo. Te prometo —mejor, te juro— que siempre te amaré y que protegeré a ti y a nuestro hijo, que ahora toma forma en tu vientre.

Hipsípila respira aliviada. La tensión que durante tanto tiempo la ha atenazado comienza a deshacerse y todos sus músculos se destensan. Confía en las palabras de su amado. ¡Insensata! Jamás la llevará con él, jamás será su esposa, jamás volverá a verlo una vez que parta en pos de su destino y una su vida a la de Medea. Jasón siempre será un hombre traicionero.

Medea, sentada en la playa junto a su fiel perro, recoge trocitos de cristal; quiere probar una nueva técnica. En la lontananza, una nave comienza a aflorar desde el anchuroso mar… Su destino se acerca.

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