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Zenobia Camprubí, por Margarita Nelken

Zenobia Camprubí, por Margarita Nelken

La Fundación Santander ha publicado La vida y las mujeres, una recopilación de artículos de la política, ensayista y columnista Margarita Nelken. Entre los textos recuperados, figura este en el que la autora reflexiona sobre la doble condición de Zenobia Camprubí, como prestigiosa traductora de la obra de Tagore en España y mujer del poeta Juan Ramón Jiménez.

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Zenobia Camprubí: así la conocen todos, todos los que, a través de ella, han podido extasiarse en el fervor de Rabindranath Tagore; pero para mí es, ante todo, la mujer de Juan Ramón Jiménez.

No es que carezca de personalidad; su obra —­ese don que ha hecho a España de una de las obras más maravillosas del mundo— habla por ella. Es que, dentro de esta obra, sabe ser, como ninguna otra mujer sabe serlo, la mujer del poeta.

Para las gentes es, sencillamente, la traductora de Tagore; y a las gentes ya les parece hermoso que alguien —­una mujer— tenga en sí mismo bastante belleza para dar íntegramente la belleza de otro, para ir hacia ella y para atraerla después. Y, sin embargo, esta traducción de Tagore es tan solo la apariencia de Zenobia Camprubí. Es un exterior que responde a una intimidad; y la belleza íntima de esta mujer de poeta es precisamente el ser «hermana» de la obra de su marido.

" Nos hemos avergonzado; no, no era posible decir de la mujer de Juan Ramón Jiménez lo que ella nos sugiere y que sugiere tan sinceramente"

Fuimos hacia ella con ignorancia; pensábamos en la entrevista con la mujer que escribe y que es además mujer de un hombre célebre; queríamos ese absurdo que se llama una interviú. Luego…, luego ya no hemos podido. La interviú se nos ha parecido más absurda que nunca: frívola, exterior, «imposible». ¿Cómo hablar de apariencias donde todo es profundo? ¿Cómo hacer preguntas sobre lo que solo se debe sugerir? Nos hemos avergonzado; no, no era posible decir de la mujer de Juan Ramón Jiménez lo que ella nos sugiere y que sugiere tan sinceramente, con tanta confianza y tanta naturalidad que bien prueba que es para nosotros solos, para los que nos acercamos a su amistad y a su recogimiento. Y nos hemos arrepentido; de esta mujer no se pueden decir esas «apariencias» que se dicen de las que se ofrecen enteramente en su aspecto, porque su aspecto —­siendo único y tan sencillo— es la figura de toda una manera de vivir y de entender la vida.

Después de haberme acercado a la mujer de Juan Ramón Jiménez con el deseo de muchas preguntas y la esperanza de muchas respuestas «de interés», solo quiero decir, como alabanza máxima y definición concreta, que la traductora de Tagore es verdaderamente como debía ser la que era llamada a traernos la ofrenda insuperable de aquel libro excelso entre todos los libros.

"Traducir solamente es obra vulgar; traducir con tanta devoción que la obra traducida, lejos de disminuirse, reciba una emoción nueva es crear belleza"

Zenobia Camprubí nos tradujo La luna nueva. Lo hizo «impersonalmente», firmando su trabajo solo con iniciales; quería solamente que otros participaran del entusiasmo que le producía la obra del místico (¿no son místicos todos los poetas?) indio. Quería, también, exteriorizar su entusiasmo. El éxito —­y qué mal nos hace hablar de «éxito» ante un trabajo tan recogido— fue mayor de lo esperado; no es que la obra de Tagore se difundiese entre el vulgo; pero todos los que en España son en espíritu hermanos de Tagore tuvieron en seguida el mismo entusiasmo que Zenobia Camprubí. Entonces ella, sin la vanidad ni el materialismo del traductor de profesión, decidió traducir todas las obras de Tagore, y así, poco a poco, sin precipitación ninguna, «según lo siente», nos va dando como un regalo de esencia única toda la producción del que Henry Davray llamó «el elegido inspirado».

Traducir solamente es obra vulgar; traducir con tanta devoción que la obra traducida, lejos de disminuirse, reciba una emoción nueva es crear belleza, lo mismo que al idear, intencionadamente, una belleza nueva, un traductor vulgar no podría traducir a Tagore; mejor dicho, no se le hubiera ocurrido. La comprensión sola es fría; era necesario sentir completamente los mismos sentimientos de Rabindranath; era necesario ser poeta también.

Ignoro si Zenobia Camprubí hace versos y es poeta «efectivo»; pero sé que la emoción que ella siente es la emoción insuperablemente pura y grande de la obra de Juan Ramón Jiménez. Por eso ha ido en busca de Tagore, y por eso también Tagore, a través de ella, se nos aparece como la luz que, según la frase del mismo Tagore, llena el mundo.

En vez de la interviú posible, estas líneas son un comentario a modo de acción de gracias a quien nos trajo un nuevo paraíso; en lugar de las respuestas «de interés» obligadas en toda interviú publicaremos un fragmento inédito del nuevo libro de Tagore, traducido por Zenobia Camprubí.

El jardinero

Mi corazón, pájaro del desierto, ha encontrado su cielo en tus ojos, ¡en tus ojos, cuna de la aurora, imperio de las estrellas, cuya profundidad se lleva mis canciones!

¡Déjame que me abisme en ese cielo, en esa solitaria inmensidad! ¡Déjame que me entre por tus nubes, que se abran mis alas en tu sol!

Entonces acaba ya tu última canción, y vamos. ¡Y olvida esta noche, cuando esta noche pase!…

Pero ¿a quién voy a tener entre mis brazos? ¿Pueden acaso los sueños ser nuestros cautivos?

… ¡Y aprieto con brazos ansiosos mi corazón contra el vacío que lo hiere!

Y puesto que la emoción de estas traducciones vibra con la emotividad de los sueños de Juan Ramón Jiménez, puesto que juntas deben formar una sola realidad, he aquí, como disculpa de esta interviú malograda, los últimos versos —­más vibrantes por ser más recientes— del poeta cuya pureza hoy día se asemeja solo a la pureza extática de Tagore:

(Del libro inédito Eternidades)

Plenitud de hoy es

ramita en flor de mañana.

Mi alma ha de volver a hacer

el mundo como mi alma.

¿El lucero del alba?

¿O es el grito

del claro despertar de nuestro amor?

¡No corras, ve despacio,

que adonde tienes que ir es a ti solo!

¡Ve despacio, no corras,

que el niño de tu yo, recién nacido

eterno,

no te puede seguir!

Cierra, cierra la puerta,

como a ella le gustaba…

¡Que se encuentre a su agrado su recuerdo!

Tu corazón y el mío

son dos prados en flor

que une el arco iris.

Mi corazón y el tuyo

son dos niños dormidos

que une la vía láctea.

Tu corazón y el mío

son dos rosas que une

el mirar complacido de lo eterno.

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Artículo publicado en El Día el 9 de febrero de 1917 bajo el título “La mujer del poeta: Zenobia Camprubí de Jiménez”.

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