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La medida de las palabras

Hace siglos alguien advirtió que siempre hay tiempo para enviar la palabra, pero nunca para recuperarla. Y que a menos palabras, menos pleitos. Hoy lo hemos olvidado.

Hoy hablar se ha convertido en una forma de presencia. Se opina antes de entender, se juzga antes de mirar. Todo empuja a la reacción inmediata, como si el silencio fuese una forma de desaparición.

El ruido no procede tanto de lo que ocurre como de la necesidad constante de pronunciarse sobre ello. Todo invita a la reacción inmediata, a la justificación, al análisis rápido. Se habla para no desaparecer, como si la presencia dependiera de pronunciarse y el silencio equivaliera a quedar fuera. Sin embargo, rara vez tantas palabras habían servido para tan poco.

"Baltasar Gracián escribió para otro mundo y, sin embargo, parece describir este"

Baltasar Gracián escribió para otro mundo y, sin embargo, parece describir este. Aconsejaba hablar “como en testamento”, porque la palabra compromete, desgasta y, cuando sobra, termina volviéndose contra quien la pronuncia.

No se trataba solo de hablar poco, sino de algo más difícil: no dejarse arrastrar por la urgencia del momento. Gracián desconfiaba del hombre que se descompone, que necesita responder a todo y convierte cada estímulo en una reacción. La palabra precipitada desgasta, y la agitación acaba confundiendo el juicio.

En una época que premia la exposición constante, esa contención empieza a resultar extraña.

Por eso Gracián insistía en la medida. Hay momentos en los que la prisa decide por nosotros antes de que hayamos entendido lo que ocurre. La indignación inmediata da la impresión de claridad, pero casi siempre deja después un poso de cansancio.

La prudencia no era retirada ni tibieza. Era una forma de permanecer sin dejarse arrastrar. Algunas palabras ganan fuerza cuando esperan; otras solo se comprenden cuando dejan de discutirse.

"Con el tiempo uno descubre que muchas discusiones se apagan solas cuando dejan de alimentarse"

Hay una forma de libertad discreta que consiste en no reaccionar a todo. Pero esa libertad no equivale a callar siempre: a veces el silencio nace del miedo, no de la prudencia. Hay momentos en los que la palabra resulta necesaria, y retrasarla demasiado acaba siendo otra forma de renuncia. El silencio es error cuando evita lo que debe decirse. La dificultad —y ahí estaba la inteligencia de Gracián— no consistía en elegir entre hablar o callar, sino en saber que cada asunto tiene su momento.

Con el tiempo uno descubre que muchas discusiones se apagan solas cuando dejan de alimentarse. Lo que parecía urgente pierde importancia al cabo de unos días, y aquello que realmente importa rara vez necesita ser dicho deprisa.

En medio del ruido, esa espera empieza a parecer extraña. Porque cada vez quedan menos lugares donde el silencio no sea sospechoso.

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